Incendio y chamusquina     
 
 Diario 16.    18/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Incendio y chamusquina

Parece que estamos condenados a que alrededor de dos fechas —el 18-J y el 20-N— los augures de turno

aceleren la presión catastrofista y que todo dé la impresión de venirse abajo. Desde cierta óptica

periodística, estos días que preceden a la primera de las fechas citadas, son idóneos para poner todo su

peso en el platillo de la desestabilización. Y si las circunstancias ayudan, aún más.

Por ejemplo, la campaña sostenida por la prensa franquista sobre la hipótesis de «intencionalidad» en el

incendio del hotel Corona de Aragón, en Zaragoza, alcanza cotas casi inverosímiles. Nadie pone en duda

que tal hipótesis es posible. Pero eso quien únicamente tiene que decirlo es un informe técnico, que ha de

hacerse cuidadosamente y tras una exhaustiva inspección «in situ». Que sepamos, tal investigación se está

haciendo, pese a que todos los indicios previos apuntan hacia el carácter fortuito del suceso.

Lo ético, que es también lo mínimamente razonable, es esperar a que la investigación dé fin y se hagan

públicas las conclusiones a que llegue. Pero si una investigación de esta especie requiere tiempo y rechaza

todo apresuramiento, en cambio, la interpretación política ultraderechista del incendio tiene prisa. El 18-J

está encima y hay que caldear como sea el ambiente, ya que no con otros hoteles, sí con panfletos y

actitudes que huelen a chamusquina.

Cuando menos, el suceso del Corona de Aragón se ha convertido en un curioso «test» político, en el que

cada quién saca su plumero más o menos involuntariamente. No digamos los franquistas nostálgicos,

como ese columnista de «El Alcázar», que lanza todas las sospechas imaginables y unas pocas más sobre

la tragedia zaragozana, y asegura que no le impedirá proclamar sus sospechas «la tiranía democrática bajo

cuya inaudita lascivia de poder perece España» (sic). O aquel otro que emplea el cálculo de

probabilidades para inducir la balanza del suceso hacia la hipótesis del atentado, y que de paso nos

informa de que «en toda la historia de la humanidad nunca se ha incendiado una churrería» (sic).

Que estos colegas digan lo que dicen está dentro de la lógica de las cosas: son modestos incendiarios

ideológicos de papel prensa, que se limitan a cumplir con su encargo de herir con sus armas específicas a

la democracia. Están fuera de juego, no por decisión propia sino de los votos del pueblo español, y buscan

la manera de acabar con tan lamentable para ellos sistema decisorio. Pero que otras personas instaladas en

plena democracia, como el señor Fraga Iribarne, colaboren en esta operación es un poco más preocupante.

Y su siniestro chiste de que la explicación del incendio «le parece un churro» (sic), merece cuando menos

entrar en la mejor antología de lo grosero.

Emilio Romero, por su parte, en un comentario editado ayer en «Informaciones», soplaba a favor del aire

caliente cuando aseguraba que, se diga lo que se diga sobre el Corona de Aragón, «no se lo van a creer».

Y es cierto. Pero ¿quién no se lo va a creer? Sólo aquellos que no les interesa la verdad y que se apresuran

a adelantarse a ella, porque les corre prisa, ante la inminencia del 18J, que haya incendios, muertes,

bombas como la de Malasaña, temor e incredulidad. Sólo esos.

Los otros, los que no tienen ningún interés político puesto en que tal suceso o tal otro esté firmado por

ninguna sigla, el ciudadano común, que compone el 99 por 100 de los españole^ creerá lo que le digan los

técnicos, que estudian, sin interés político alguno, las causas de la catástrofe.. Y esperan el informe, sin

prisas conmemorativas. Nada tienen que conmemorar el 18-J y para nada necesitan caldear sus ánimos

ante una fecha que ya ni les va ni les viene.

 

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