Autor: Azaola, José Miguel de. 
 El 3 de abril en el País Vasco. 
 ¿Otro susto ?     
 
 El País.    29/03/1979.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, jueves 29 de marzo de 1979

OPINIÓN

El 3 de abril en el País Vasco

¿Otro susto?

Pese a que las legislativas apenas si todavía están digeridas, se habla ya mucho de las próximas elecciones municipales y no hay duda de que el tema lo merece.

Se habla, en cambio, bastante menos de la elección de las juntas generales, como si éstas tuvieran menos importancia que los ayuntamientos, lo cual —como ya dije en mi artículo precedente sobre el tema— no es cierto.

Y lo más asombroso es que la falta de interés por la elección de las juntas generales se advierte no solamente en el público, entre los ciudadanos corrientes y molientes, sino en los medios informativos y hasta en los propios partidos políticos y, muy especialmente, en las formaciones que o bien son secciones locales de partidos implantados en toda España, o bien se encuentran más o menos vinculadas a éstos. Es posible que, en la «recta final» de la campaña, las cosas se presenten de otro modo; pero, hasta la fecha, diríase que los grandes partidos españoles no han acabado de cerciorarse de la importancia que, en materia de elecciones locales, reviste —como en tantas otras materias— la singularidad de las provincias vascas.

En otro artículo, aparecido en estas columnas poco antes de las elecciones del primero de marzo, encarecí la necesidad de que los partidos políticos vascos tengan una «estrategia española» y añadí que la otra cara de esta indispensable medalla es la necesidad de que tengan una «estrategia vasca» los partidos políticos españoles (los cuales son igualmente partidos vascos, en la medida en que consiguen electores y elegidos en las provincias vascas). Y hay que decir que la insuficiencia de esa «estrategia vasca» se echa singularmente de ver en estas antevísperas de la elección de las juntas generales de las Vascongadas, contrastando con lo que ocurre en Navarra, donde las principales fuerzas políticas locales, que al propio tiempo se hallan implantadas en el resto de España o vinculadas a partidos políticos españoles, tienen unas estrategias adoptadas en función de los problemas políticos locales de más trascendencia. Podremos estar o no de acuerdo con esas estrategias; pero es imposible negar que existen y que corresponden a corrientes de opinión autóctonas y bien definidas.

Sobre todo, en Guipúzcoa y en Vizcaya parece como si, dejando aparte unos pocos municipios, donde esperan obtener resultados interesantes en la elección de los ayuntamientos respectivos, ni el PSOE, ni la UCD, ni la Unión Foral (miembro de la Coalición Democrática), ni el PC, considerasen que la jornada del 3 de abril merece gran atención. Y no hay más remedio que preguntarse: ¿Acaso las juntas generales los tienen sin cuidado?

Pues ándense con ojo: no vaya a ser que, en la noche del 3 al 4 y conforme vayan enterándose de los resultados del escrutinio, se lleven un susto tal que deje en mantillas al que les produjo, en la noche del 1 al 2 de marzo, la espectacular irrupción electoral de Herri Batasuna.

Los ucedistas alegarán que bastante hacen con preparar el funcionamiento del Gobierno y de las Cortes durante los cuatro peliagudos años que, salvo accidente, van a permanecer en el poder, montando y ajustando para ello las innumerables y, a menudo, delicadas piezas y piececillas de un complejo mecanismo, de cuyo rendimiento habrán de dar cuenta a cada paso y cuyo manejo estará sometido a la mirada fiscalizadora y exigente de sus actuales adversarios y potenciales sucesores. Pero, vamos a ver, ¿se trata por ventura de perpetuar el Estado centralizado o bien de estructurar una España nueva a partir de las comunidades autónomas? Si esto segundo es cierto —y lo es—, no hay que dejarse sorber el seso por la atención que requieren los órganos centrales de gobierno, sino que debe dedicarse también a los órganos locales toda la que éstos merecen, que es muchísima, y tanto mayor cuanto más importante sea el papel que están llamado a desempeñar. Y el de las Juntas Generales de las Vascongadas, importante ya hoy, será importantísimo si el futuro Estatuto instituye un régimen muy descentralizado en el interior de la comunidad autónoma, justificando así el que la elección de esas juntas me parezca tener carácter no sólo administrativo, sino además legislativo y constituyente.

Los socialistas alegarán que bastante hacen con restañar sus heridas tras el vapuleo electoral que acaban de recibir en tierra vasca. Y pues UCD tiene mayoría casi absoluta en el Congreso y más que absoluta en el Senado, y el PNV la tiene en la Asamblea de Parlamentarios Vascos, lo que conviene al PSOE es dejar que aquélla y éste se quemen ahora mientras él, apoltronado en la pasividad, repone sus malparadas fuerzas. Pero, vamos a ver, ¿se trata por ventura de anteponer una vez más la conveniencia del partido al interés del país? En horas críticas como la presente, en que se está determinando el futuro para mucho tiempo, ni a los socialistas ni a nadie le es lícito marcharse de vacaciones a la confortable irresponsabilidad de una oposición meramente pasiva o meramente negativa. Si el PSOE cree que puede aportar algo —y, si no lo cree, se equivoca, pues puede aportar muchísimo— a la construcción de una España democrática y, en el seno de ésta, a la estructuración de una comunidad autónoma vasca viable, capaz de consolidarse sin demasiadas dificultades, está en la obligación de esforzarse para mejorar, con su propia/aportación, la labor de las demás fuerzas políticas. A menos que éstas rechacen semejante aportación, en cuyo caso debe denunciar ese rechazo y dar a conocer las soluciones que propone para los problemas. Pues, si ahora permanece callado y cruzado de brazos, o si se limita a decir que no a cuanto hagan o quieran hacer los demás, perderá el derecho a protestar y censurar la gestión ajena.

Los de Unión Foral alegarán el estado ruinoso de sus finanzas después del descalabro del primero de marzo, lo cual tiene mal remedio. Tal es también el caso del PC, cuya estrategia nunca se confía a la improvisación; pero que el gran público conoce mal.

Otras alegaciones, más preocupantes y más aceptables, y que permiten poner en tela de juicio la sinceridad de las elecciones en algunos sitios, se refieren al clima de terror que reina en ciertos puntos de Guipúzcoa y de Vizcaya. Esté asunto merece consideración aparte y, de todos modos, no puede ser pretexto para que los partidos se abstengan de hacer públicas sus intenciones en lo que a la futura organización política del País Vasco se refiere; proponiendo soluciones concretas en el marco de un programa coherente, no limitándose a repetir fórmulas vagas, declaraciones que no comprometen a nada, porque pueden significar cualquier cosa, a gusto del consumidor.

Los electores vascos tenemos derecho a que se nos ofrezca no una opción única, sin alternativas, que no haya más remedio que aceptar, sino la pluralidad de opciones que corresponde a toda sociedad democrática, sin perjuicio de que —una vez elegidas las juntas generales— se llegue entre las fuerzas democráticas a un acuerdo libremente pactado que garantice la estabilidad política y refleje la voluntad expresada por el pueblo en la votación. Con ese fin, es imprescindible que todos los partidos nos informen amplia y lealmente y hagan cuanto puedan para llevar a las urnas el mayor número posible de ciudadanos, despertando y avivando su interés por lo que en la elección está en juego, que es mucho.

Es alarmante el que varios de ellos —y no de los menos importantes— estén tardando tanto en cumplir ese cometido. ¿O es que desean llevarse, otra vez, un susto morrocotudo? ¿O es que piensan, con candidez increíble, que después del susto todo va a volver a ser como antes? Tendrían merecido lo que parece que se están buscando, si fueran ellos los únicos en sufrirlo; pero lo triste es que, si persisten en su incuria, en su egoísmo o en su error, la víctima principal de su actitud será el país al que tienen la obligación de servir.

JOSÉ MIGUEL DE AZAOLA

 

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