Autor: Azaola, José Miguel de. 
 Regiones. 
 El terrorismo en Vasconia/1     
 
 El País.    25/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, sábado 25 de noviembre de 1978

REGIONES

TRIBUNA LIBRE

El terrorismo en Vasconia II

JOSÉ MIGUEL DE AZAOLA

Cuándo uno echa cuentas y comprueba que (además de las explosiones y los tiroteos que no han causado, a lo sumo, sino daños materiales y heridas) ETA ha dado muerte en el pasado octubre a una docena de personas y a más de media docena en la primera mitad de noviembre, y que a tan siniestra lista se suma la de quienes han caído bajo las balas de las fuerzas de orden público, no tiene uno más remedio que decir que ciertas declaraciones teñidas de color de rosa como, por ejemplo, las del diputado Viana, elegido por Álava, según las cuales «al País Vasco le sobra dramatismo en los medios de comunicación social», y «hay que ser plenamente optimista» (diario Ya del 25 de octubre), se ajustan mucho menos a la realidad que otras de muy distinto color, como las del ex consejero del Gobierno autónomo vasco Monzón Olaso, cuando decía (en la Hoja del Lunes, de Bilbao, del 18 de septiembre): «Si se continúa así, lo que puede pasar es algo terrible y preocupante»; añadiendo, sin duda para darnos ánimos: «Dentro de dos o tres años, más terrible y preocupante todavía.»

Si al País Vasco le sobra hoy dramatismo, no es en los textos que imprimen o transmiten los medios de comunicación social, sino en la realidad cotidiana, sin excluir esos mismos medios, los cuales han sido varias veces víctimas del terrorismo de diversos colores (pues ETA no es la única que lo practica, aunque sí la que más, con mucha diferencia, y la que más desprecio muestra hacia la vida humana), y han tenido sus muertos y sus heridos, así como daños materiales nada despreciables, amén de las amenazas —formales o veladas, pero frecuentísimas— con que se trata de intimidarlos.

Optimismo injustificado.

La realidad vasca en materia de orden público es tan dramática que su reflejo en los medios de comunicación social no tiene más remedio que serlo, a su vez, mucho. Y

este reflejo me parece corresponder a la situación actual bastante más fielmente que la afirmación de que hay que ser plenamente optimistas: afirmación que me gustaría dar por buena, pero que —desgraciadamente— su autor formula sin apoyarla en argumentos lo bastante sólidos para sostenerla. Por grande que sea la confianza que inspire un plan de apaciguamiento y restauración del orden (sean los «quince puntos» del ministro Martin Villa o los del PNV, sea cualquier otra receta), hay que ser muy ingenuo para creer que acabará en poco tiempo con la dramática situación actual. ¿Y cuánto podrá todavía durar ésta sin provocar una catástrofe?

Verdad es que las apocalípticas profecías del ex consejero Monzón tampoco se apoyan sino en una información que él dice poseer, sin dar pruebas de ello ni acreditar la veracidad de las fuentes que se la han suministrado; pero basta abrir los ojos para darse cuenta de que el terrorismo que devasta Vasconia (y del cual dice Viana, y en esto lleva razón, que es «el problema más urgente») cada día que pasa resulta más mortífero, está mejor organizado, mejor dirigido, más omnipresente, parece contar con mayores medios en material y en personal adiestrado, y causa en las fuerzas policiales que lo combaten una sensación creciente de impotencia, de desproporción constante entre los esfuerzos que se hacen para contrarrestarlo y los magros resultados que se obtienen: sensación que, como es archisabido, ha empezado a producir desaliento, desesperación y —lo que es aún peor— un desconcierto y una exasperación cuyas consecuencias comienzan a ser graves y pueden llegar a ser gravísimas.

La realidad es esa, por más que muchos ciudadanos prefieran no mirarla de frente y pensar, en cambio, en el fútbol, o en el bingo, o en la cría del gusano de seda. Cada cual piensa en lo que quiere; pero, después, a cada cual no le sucede lo que quiere, sino lo que le toca en la lotería de la vida, que puede ser algo muy distinto de lo que él esperaba. Incluso quienes, dejándose de frivolidades, ocupan su tiempo en trabajos tan serios, tan necesarios y tan cargados de responsabilidad como la solución de los problemas económicos o la aprobación de la nueva Constitución, quizá estén perdiéndolo lamentablemente, y no por su culpa.

Bien sabe Dios que la labor de los técnicos de la economía y las finanzas es indispensable, y a nadie se le ocurrirá pedir que se interrumpa; pero cuando la crisis de las empresas y de los trabajadores se agrava a consecuencia de hechos que no son económicos, sino psicológicos, y obedecen a un clima de amedrentamiento general, esa labor resulta punto menos que estéril.

Bien sabe Dios que es indispensable el trabajo de quienes se esfuerzan por dar al país una Constitución; pero cuando la crisis del país se agrava a consecuencia de hechos que los poderes legales y los partidos políticos han sido hasta ahora incapaces de suprimir, de contener y de controlar, ese trabajo resulta punto menos que inútil.

Ignoro si los documentos «secretos» atribuidos a ETA y recogidos por la revista Cambio 16 en sus números de las pasadas semanas son o no auténticos, por lo que me guardaré mucho de decir: «Mirad lo que se nos prepara.» Pero es que, aun cuando no se nos prepare nada más grave que lo que ya ocurre, aun cuando no se nos planteen problemas más serios que los ya planteados, bastará con que lo que ocurre siga sucediendo, y con que esos problemas sigan sin resolverse, para que la situación acabe haciéndose insostenible. Y, por ahora, ni el Gobierno central, ni las fuerzas policiales, ni los partidos con representación parlamentaria, ni el Consejo General Vasco han dado muestras de eficacia frente a los problemas que plantea el terrorismo en la parte española de Vasconia.

Creo que el caso del Gobierno y el de la policía están a la vista. Se dirá que los partidos que no participan en el Poder no pueden hacer nada. Esto no es exacto: por de pronto, todo partido que tiene representantes en el Parlamento dispone, por ese solo hecho, de una parcela de Poder; además, los partidos pueden inyectar al pueblo un espíritu cívico sano, democrático, activo y animoso, y no lo consiguen. Se dirá que el Consejo General Vasco carece de posibilidades de acción. Tampoco es exacto: puede dar ejemplo de coherencia, de unidad, de energía, de solidaridad ciudadana y abandono de rencillas sectarias y maniobras partidistas, y no consigue dar ese ejemplo (si es que, por ventura y como supongo, quiere darlo). De modo que, aun cuando los acontecimientos no se agravasen, bastaría que fueran igual de graves que ahora, y que continuaran produciéndose en medio de la ineficacia del Gobierno central, de la policía, de los partidos con representación parlamentaria y del Consejo General Vasco, para que la situación empeorase muy seriamente en las semanas y los meses venideros. Y si, además, resultaran ser ciertos los malos agüeros implícitos en los documentos que Cambio 16 ha revelado, ¿adonde iríamos a parar? Pues a lo mismo; sólo que más aprisa.

Siempre es peligroso, y a menudo ridículo, jugar a profeta. Pero no podemos limitarnos a considerar el presente. Al comprobar que el problema del terrorismo vasco no se resuelve, sería una operación provechosa la de imaginar lo que podría reservarnos el futuro si el problema continúa sin resolverse. Quizá este esfuerzo de imaginación inspire tal empeño en resolverlo que quienes pueden hacerlo lo consigan y logren así que el temible futuro imaginado no se convierta en realidad.

 

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