Autor: Garay, Salvador de. 
   So el arbol de Guernica     
 
 ABC.    20/12/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 89. 

«SO EL ÁRBOL DE GUERNICA»

CONTRA lo que escribió Voltaire, somos algo más los vascos que un pueblo que salta junto al Pirineo. El péndulo de la Historia y de nuestra tradición nos trae de un glorioso pasado a un incierto presente, confuso, caótico, donde no sólo se niega nuestra españolidad, indiscutible, sino que se ofende al pueblo español e, impunemente creemos, se atenta a nuestra legalidad constitucional: el «landakari» Leizaola ha transferido poderes —simbólicos o no— al «lendakari» Garaicoechea el pasado 16 de diciembre de 1979 en la foral Guernica, «so el árbol santo», ante la complacencia de un Gobierno del Estado español.

El miembro más destacado del partido de Unión de Centro Democrático en el País Vasco, señor Viana, declaraba esa misma fecha: «No reconocemos la legitimidad histórica que encarna este Gobierno vasco...»

Legitimidad. Esa es la palabra. El «lendakari» Leizaola pudiera tener algún poder emanado de un Estatuto concedido en otoño de 1936 por el Gobierno de la II República, y, paradójicamente, nuestra forma política de Estado es la Monarquía parlamentaria (art. 1.3 de la Constitución de 1978), con lo cual, dentro de nuestra actual configuración de forma de Estado, se ha consentido una transferencia de poderes por otra forma de Estado con gran aparato informativo en los medios de comunicación del propio Estado (Televisón Española, Radio Nacional...), olvidándose que es el Gobierno quien «dirige» la política interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado, ejerciendo la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y con las leyes. ¿Se ha ejercido función ejecutiva alguna

en este sentido? ¿Se ha defendido, autorizando dicho acto, nuestra actual forma de Estado recogida en la Constitución?

El Estatuto de Autonomía vasco no estaba el 16 de diciembre de 1979 sancionado por nuestro REY DE ESPAÑA Y SEÑOR DE VIZCAYA, QUE DIOS GUARDE. Despreciando los formulismos del artículo 91 de nuestra Constitución, que ya es conceder, los señores «lendakaris» bien pudieran haber esperado dos días o tres, salvo que sus múltiples ocupaciones les impidieran este detalle de cortesía. Aun así, con el Estatuto vasco en la mano, en su artículo 33, el presidente del Gobierno vasco o «lendakari», designado entre sus miembros por el Parlamento vasco, ha de ser nombrado por el Rey. El «lendakari» Leizaola se ha arrogado facultades, ha transferido poderes (no sabemos cuáles), que no son suyos, menospreciando a otras fuerzas políticas y al propio Rey, con olvido de la Constitución, norma institucional básica del propio Estatuto vasco. Reiteramos que con condescendencia del Gobierno del Estado español, que nada ha hecho por defender nuestra Constitución ni nuestro propio Estatuto.

Supongamos que esa transferencia haya sido «simbólica». ¿De qué? ¿De nuestros derechos históricos, tradición y foralidad? Mentira. Un partido mayoritario, por mucha mayoría que tenga, no puede arrogarse ningún atributo que faculte a su presidente, mientras quedemos algún vizcaíno —español por ser vizcaíno— que nos sintamos identificados con esos derechos, franquicias y libertades, que «so el árbol de Guernica» —y tras los juramentos en los lugares tradicionales— nos son salvaguardados por nuestro Señor de Vizcaya. Ese personalismo, esa entrega de testigo histórico, no puede hacerse por ningún «lendakari» a otro, puesto que nuestra foralidad es común y nuestra vizcainia ningún colectivo político puede disponerla por sí y por otros.

Grave afrenta a los vizcaínos que sentimos la foralidad, magno insulto a los españoles que acatamos nuestra Constitución de 1978 y gran desprecio a los vascos que refrendaron el Estatuto.

Nuestra lealtad a la Monarquía, nuestra fidelidad al Señorío de Vizcaya, nuestro sentido democrático de acatamiento y respeto a la Constitución nos obliga a recordar no sólo a quien nos lea, sino a todos los españoles, que existen artículos en la misma que, si los señores parlamentarios desean pueden estudiarlos a fondo, si se piensa que alguien o algunos no hubiesen hecho lo suficiente por defender nuestra actual forma de Estado con el rigor preciso, autorizando el acto de Guernica.

Ya nada digamos en la negativa al gobernador de Vizcaya durante el propio acto de Guernica en izar la insignia nacional o retirar la llamada «ikurriña». La promesa del representante del Gobierno en Vizcaya de enviar a las fuerzas de la Guardia Civil para desalojar la Casa de Juntas si no se izaba una o se arriaba la otra, en transgresión formal a lo que establece la Constitución y el Estatuto, no fue cumplida. Dichas fuerzas no aparecieron.

Entre tanto rezo como mis abuelos:

MIKEL, MIKEL, MIKELARENA, ZAINDU, ZAINDU, EUSKALERRIA.

Y a España.

Salvador de GARAY

 

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