Responder con inteligencia     
 
 Diario 16.    30/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Responder con inteligencia

La intencionalidad política de ETA (m) es clarísima: su enemigo no es el Ejército, contra el que están atentando ahora. Ni la Policía (y Guardia Civil), contra la que lo han hecho siempre. Su enemigo es el Estado español. No quieren «españoles» en Euskadi.

Y unirse a los «enemigos de tus enemigos» es una vieja práctica. La elucubración de ETA es que las cosas sigan igual que hace cuarenta años: que el enemigo de los españoles sigue siendo su propio Ejército. Si entonces se sublevó ante «el desorden y la anarquía» de la II República (según la versión oficial), ¿Por qué no va a hacerlo ahora?

Las consecuencias serían desgraciadas para España, pero beneficiosas en la estrategia global de ETA (m). El país quedaría colapsado social y económicamente. No habría actuación unitaria para oponerse al independentismo vasco. Los militares quedarían completamente marginados en su lucha en Euskadi. Incluso podrían dejar de producirse las presiones internacionales que impiden el desmembramiento de los Estados existentes: El desprestigio de España sería absoluto.

El Ejército se convertiría, inadvertidamente, en el mejor aliado de los «gudaris». Sería una alianza fortuita de la que los etnólogos citan abundantes ejemplos en el reino animal. «Líbrame de mis enemigos, que yo te libraré de los tuyos», parece decirle el pajarraco al gran mamífero.

No es seguro que las fuerzas políticas de izquierdas, que pasarían de la oposición a la clandestinidad, apoyasen a ETA. Pero sí lucharían contra el mismo enemigo. Y las posibilidades de los independentistas vascos serían mucho mayores. Y otro efecto importante: el PNV y todas las demás fuerzas democráticas, de derechas o de izquierdas, del País Vasco quedarían destruidas. ETA podría asumir la representación de todo el cuerpo social de Euskadi. Cualquier «españolista» quedaría eliminado por las propias presiones sociales de su entorno.

Sin embargo, ha habido una sorpresa. Dentro del dramatismo de las circunstancias, una sorpresa agradable: el Ejército (todas las Fuerzas Armadas) ha respondido a la provocación con inteligencia. A pesar de que los cuatro vociferantes de siempre han intentado capitalizar los asesinatos de sus compañeros, la Institución Militar ha comprendido, o intuido, por donde van los tiros.

Ha comprendido que no existe solución puramente militar. Que no lo es enviar la Legión al País Vasco, como pidieron algunos (siempre de incógnito) en la prensa sensacionalista de derechas. Ni ocupar con un Ejército de 100 o 200.000 hombres aquel rincón de España. Quizá no haya quedado tan lejos la experiencia de Cuba, cuando un tal Weyler, y unos cuantos más, se rompieron los cuernos para nada. No es este el sitio de exponer soluciones. Sabemos que pasan por la aprobación del Estatuto, con un amplio consenso. Que pasan por una verdadera democratización de todas las instituciones políticas.

Que pasan por una inteligente acción policial. Que pasan por una actuación mesurada del poder judicial. Hay que lograr la reconciliación con el País Vasco; pero para eso hay que conquistar sus corazones. Borrar el recuerdo de 1936, Y el recuerdo del consejo de guerra de Burgos. Y el del Txiqui. Y tantos otros.

La prensa responsable, y los políticos, han llamado estos días a los militares, a la responsabilidad y a la serenidad. Labor innecesaria bien que prudente. La saga de los militares golpistas está en almoneda. Los de ahora saben que «no es eso, no es eso», tampoco. Que ellos no son esos «enemigos de España» solicitados por ETA.

 

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