Autor: Tusell, Javier. 
   Normalidad para el Estatuto Vasco     
 
 Diario 16.    28/06/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Normalidad para el Estatuto

Vasco

Javier Tusell (*)

En los próximos días la democracia española va a enfrentarse con el problema real (es decir, no creado por la clase política) más grave que sin duda tiene: el regional o de las nacionalidades. Para todos los españoles España es un Estado; para la mayoría es, además, Estado y Nación; pero para importantes minorías es un Estado pero no una Nación. Este hecho no es desde luego nuevo; se ha dado en muchos otros países y en todos ellos ha constituido un importante obstáculo para la convivencia pacífica y democrática. Tenemos, por ejemplo, el caso de Yugoslavia. Allí desde luego el peso relativo de cada nacionalidad ha sido diferente, pero al mismo tiempo más semejante, comparado con lo sucedido en España; por otro lado la unidad bajo un Estado común históricamente ha sido menos duradera. Pero el hecho de que existan estas diferencias no nos puede hacer olvidar que existe también una identidad fundamental en el destino de los dos países: ambos han pasado por largas temporadas de autoritarismo. Lo que los españoles nos jugamos en este momento no es, por tanto, resolver uno más de los muchos problemas que tenemos sino que la misma posibilidad de la democracia.

La dictadura del general Franco, los errores del Gobierno y la oposición, unidos al terrorismo de ETA han hecho que la solución se ponga en estos momentos difícil. Es muy probable que la más dura herencia del franquismo sea precisamente ésta. Durante el régimen desaparecido no sólo no se hizo nada para resolver el problema vasco sino que se le enconó inútilmente aceptando esa espiral de «acción-reacción-acción» que ha caracterizado toda la táctica de los terroristas. La verdad es que en este terreno el Gobierno ha demostrado poca sagacidad y escaso espíritu de iniciativa, mientras que la oposición socialista ha exhibido con frecuencia una grave irresponsabilidad. El resultado a la vista está: el pueblo español se manifiesta desorientado, escéptico e irritado a la sola mención del problema vasco. Lo malo de los últimos graves incidentes en Rentería es que ya no tienen siquiera un aire trágico, sino más bien tragicómico. Nos estamos acostumbrando a vivir con esta perpetua llaga, sin esperanzas de conseguir curarla algún día.

En estas condiciones quizá la amenaza más directa y evidente para la vida política española en el momento en que se inicia la discusión de los Estatutos es la tentación de la anormalidad. Existe la sensación de que el problema vasco no se resolverá a corto plazo —sentimiento que se corresponde, desde luego, con la realidad y éste favorece un ilimitado deseo de experimentación de fórmulas no previstas en el texto constitucional. Conviene recordaren estas circunstancias que aquello en lo que la democracia consiste es precisamente en un procedimiento para resolver los problemas de una sociedad. Saltarse esas fórmulas, tratar de evitarles o recurrir a «procedimientos excepcionales» supone necesariamente ponerla en peligro.

Las tentaciones

La primera tentación de anormalidad para el tratamiento del Estatuto Vasco consiste en concluir por aceptar su contenido sin más. El hastío ha llegado hasta esos límites y, por otro lado, las amenazas de los nacionalistas se han hecho tan tremendas que ésa parece incluso una buena solución. Hay que decirlo claramente: no lo es en absoluto. Si se acepta sin más el Estatuto Vasco se, incumple la Constitución a medio plazo se hace, imposible la democracia y se adopta un precedente que habrá de tener como consecuencia no sólo la desvertebración de España como unidad política, sino como unidad social. Todos los grupos sociales adoptarán una actitud de considerarse como un problema al margen de los demás y pretenderán una solución exclusivista. El resultado será el caos.

Nos convendría, por tanto, recordar unas palabras de un gran político español, quizá quien más hizo en la práctica por la convivencia democrática de esas minorías nacionalistas. «Claro es —dijo en 1932—que estando ya delimitada en la Constitución votada por nosotros la estructura a la que deben ajustarse los Estatutos regionales cuando venga uno que se acomode al marco constitucional será permitido rogar su aprobación sin que parezca que vamos a cercenar la obra de los siglos en España, puesto que la Constitución votada por nosotros ha considerado prudentemente hasta donde se puede llegar y hasta donde no». ¿Qué peligroso reaccionario fue quien pronunció estas palabras? Nada menos que don Manuel Azaña. Y consecuentemente con su postura el Estatuto Catalán fue debatido hasta extremos que llegaron a anunciar la ruptura por parte de los catalanistas. Sin embargo finalmente se llegó a un acuerdo que ha sido el único que a lo largo de la Historia de España ha podido ser definido como una verdadera fórmula de convivencia.

En otra tentación del momento presente ha caído de bruces «Publius»(o, mejor dicho, la mayoría de sus miembros) al proponer nada menos que una Comisión Regia para el estudio del problema vasco. Eso ya no es una idea; más bien parece una extravagancia. Contiene todas las características para merecer tan dura calificación: es inoportuna en este momento cuando quizá hubiera sido útil en otras circunstancias; perjudica a casi todos los implicados en el tema (al Gobierno porque aparece desautorizado, al Rey porque se le obsequia con un embolado gratuito y al sistema democrático porque se le considera incapaz de funcionar de forma correcta) complica innecesariamente ,el tema, al introducir todavía una componente más en la negociación y destinatarios principales de la Comisión vayan a ver en ella elemento alguno de carácter positivo.

Con ocasión de la discusión de la problemática catalana en las Cortes de 1931 Ortega acuñó una frase que describe muy" bien los términos en que se estaba y está planteado el tema de regiones y nacionalidades en España: no es posible solucionarlo, sino tan sólo «conllevarnos dolidamente en nuestro común destino». Pero para ello es necesario que discutan y negocien quienes fueron respaldados para ello por el voto en las pasadas elecciones. Si habla tan sólo uno de los que se tienen que sentar en la mesa de negociación o si se introducen contertulios inesperados o improcedentes, vamos por el camino de hacer imposible también la fórmula orteguiana.

(*) Catedrático de Historia. Militante de UCO.

 

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