Autor: PUBLIUS. 
   Un estatuto para siempre     
 
 ABC.    13/07/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

UN ESTATUTO PARA SIEMPRE

Las últimas jornadas vienen proporcionando la excelente noticia de que la VCD y el PNY —interlocutores naturales en el diálogo sobre la autonomía vasca— están acercándose a un acuerdo global, con visos, de definitivo. En medio de la sucesión de tensiones que desgraciadamente .configuran nuestra actualidad cotidiana, la consumación de este entendimiento puede traer consigo un aliviante viento de optimismo. Si del Parlamento sale un Estatuto aceptable para los vascos y respetuoso a la vez con los grandes principios constitucionales, no sólo habremos resuelto el más grave de todos los problemas estructurales de la transición, sino que posiblemente habremos establecido una plataforma psicológica desde la que será más sencillo afrontar con convicción los restantes problemas.

Paralelamente al avance en las negociaciones ha cobrado, sin embargo, fuerza en algunos ambientes la idea de que ¡1 Estatuto Vasco a punto de cristalizar no debe considerarse sino como un peldaño mas en el contexto de un proceso que conduce al intento de secesión en toda, regla. Curiosamente coinciden en esta interpretación la autodenominada «derecha nacional» y la autodenominada «izquierda abertzale», copartícipes de un común y radical integrismo. El motor de ambos bloques es la desconfianza y la sospecha. Los primeros recelan de los nacionalistas vascos; los segundos continúan pensando que un pacto con Madrid sólo es válido desde una perspectiva instrumental que más tiene que ver con la figura de la tregua para el rearme que con la de la reconciliación.

Por el contrario da la impresión que la UCD y el PNV, representantes de esa sociología de la moderación que implica a la mayoría de ios españoles, están haciendo un esfuerzo real y serio para creer en la buena voluntad, en la recta intención mutua. Suárez y Garaicoechea, dos hombres con poco más de cuarenta años, parecen dispuesto a cerrar de una vez por todas las viejas heridas abiertas en Euskalherría y a dar paso a una nueva etapa de comprensión y concordia.

Frente a quienes conciben el Estatuto vasco como el marco jurídico de una situación transitoria, Publius desea fervientemente que lo que se apruebe en referéndum sea un «Estatuto para siempre». Eso no significa que el techo autonómico sea inamovible —el gradualismo debe ser lógicamente uno de los principales elementos de flexibilidad en la negociación—, pero sí que su planteamiento sea correcto, satisfactorio y, por lo tanto, definitivo.

La redacción de un «Estatuto para siempre» requiere abordar de frente y por derecho el reconocimiento de los derechos históricos del pueblo vasco y su plasmación a través de aquellas fórmulas que tradicionalmente le han mantenido de forma satisfactoria en el seno del Estado español. Este es el único camino para dejar limpios de polvo y paja los meandros del articulado del proyecto de Guernica que de lo contrario —tal y como ocurriera con la versión final de la Constitución— podrían seguir escondiendo peligrosas frustraciones residuales.

Sólo una vuelta a las raíces de la Historia de España de la Historia de la Monarquía española —tal y como sugieren los últimos rumores que se pretende— podrá proporcionarnos un «Estatuto para siempre» cuyos cimientos queden sólida e inamoviblemente establecidos y cuyo techo no tensa otra movilidad que la que emana del histórico derecho al «amejoramiento foral». Si lo que hiciéramos fuera simplemente un Estatuto de «mínimos», vendible en el País Vasco en función de que supone un punto de partida tácticamente aprovechable, habríamos caído de bruces en la trampa de quienes predican la correcta interrelación de las acciones terroristas y la presión político.

Que no olviden las políticos, ahora que están a punto de culminar uno de los más importantes abrazos de nuestra singladura como Nación, con mayúscula, que en ese abrazo hay que implicar también al pueblo y que lo que puede motivar al pueblo vasco no son los tecnicismos de las competencias traspasadas, sino la satisfacción sentimental que se desprende de toda reparación histórica.—PUBLIUS.

 

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