Autor: Tomás y Valiente, Francisco. 
   A favor del estatuto de Guernica     
 
 Diario 16.    23/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

23-octubre-79/Diario16

OPINIÓN

El nacionalismo vasco, desde antes de nacer, estuvo —y continúa estando— lleno dé contradicciones. A los españoles no vascos les cuesta mucho comprender la historia de tan complejo y confuso procesó y está por ver si abundan mucho los vascos con clara memoria de cuáles fueron las raíces de su nacionalismo y las encrucijadas por las que éste ha atravesado.

Una de ellas ha consistido en la opción entre fuerismo, independencia o autonomía, que se examinan en el presente trabajo, que concluirá mañana con el estudio de los principales escollos con que se encuentra el Estatuto de Guernica.

A favor del Estatuto de Guernica (\)

Francisco Tomás y Valiente (*)

En su prehistoria, el nacionalismo vasco adoptó la defensa del fuerismo, esto es, de la conservación o de la vuelta a una realidad foral, propia del Estado absolutista del Antiguo Régimen. En ese sentido, el carlismo —con su carga integrista y reaccionaria— marcó con su sello las primeras luchas "contra el Estado liberal desde el País Vasco.

La ley de 25 de octubre de 1839 puso fin a la primera guerra carlista; su artículo 1.° confirmaba los «Fueros de las provincias vascongadas y de Navarra, sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Aquella ley, en cuya memoria se celebra el referéndum del Estatuto de Guernica un 25 de octubre, ha sido interpretada por el nacionalismo vasco, sobre todo á partir de Sabino Arana, como el punto terminal de la foralidad vasca. En realidad, lo decisivo en aquel texto fue la declaración de que por encima de los Fueros —que se confirmaban, aunque anunciando próximas modificaciones de los mismos— estaba la unidad constitucional.

Los progresistas, con el apoyo de parte de la burguesía vasca y muy en especial de la donostiarra, lograron explicitar en la ley de 1839 la lógica superioridad de la Constitución española de 1837 sobre los Fueros de Navarra, o los de Álava, o los de Guipúzcoa, o los de Vizcaya.

Entre 1839 y 1876 el fuerismo fue defendido no sólo ni principalmente por los carlistas, sino más bien por los liberales moderados. Se trataba de conservar unos residuos de la foralidad que los moderados consideraban compatibles con la Constitución y que los «jauntxos» y la pequeña nobleza rural vasca supieron administrar en beneficio propio. El carlismo fue perdiendo arraigo y la conservación de lo que quedaba de los Fueros empezó a ser considerada como vía posible dentro del Estad» liberal.

Sin embargo, la última guerra carlista y la subsiguiente ley de Cánovas del Castillo de 21 de julio de 1876 extinguió esa posibilidad. Después de aquella contienda, la burguesía vizcaína apoyó la primera etapa de la industrialización del País sobre unos pactos concertados con los Gobiernos conservadores o liberales, basados en muy sustanciosas protecciones arancelarias y especialmente en el muy beneficioso régimen fiscal para el País Vasco contenido en los conciertos económicos iniciados en 1878 y renovados ininterrumpidamente hasta la II República. Esa alta burguesía, dueña del capital y de las industrias de base, no quiso desde entonces perder tan importantes ventajas, que nada tenían que ver por cierto con el pasado foral.

Independencia o autonomía

La derrota de 1876, la industrialización creciente con la presencia progresiva de una mano de obra proletaria y no vasca produjo, como reacción apasionada frente a una temida pérdida de la personalidad colectiva, la aparición del nacionalismo independentista de Sabino Arana, quien en el último cuarto del siglo XIX predicó el racismo vasco, la difusión de la lengua, el más intransigente antiespañolismo y el independentismo.

Según Arana, había que lograr la «reintegración foral, esto es, la derogación de la ley de 25 de octubre de 1839, pero no para reinstaurar el mismo régimen foral entonces existente,

sino para «recuperar» lo que él denominaba «la perdida soberanía de Euskadi», es decir, la plena independencia respecto a España. Las clases medias burguesas del País se adhirieron al nacionalismo del PNV, pese al lastre de irracionalidad y de nulificación que contenía. Pero no era éste el único tipo de nacionalismo en el País Vasco. Otros grupos, de procedencia navarra, aceptaban de buen grado su pertenencia a España y buscaban cómo compatibilizar su españolismo con la conser

como pueblo dotado de innegables peculiaridades. Se trataba de encontrar una fórmula jurídica que pudiera resolver esa dualidad conflictiva, pero no antagónica, entré españolismo y vasquismo. Aunque entonces no se denominara así, el nacionalismo de los «euskaros» y, después, de otros grupos burgueses, nacionalistas y liberales postulaban como solución fórmulas autonómicas de convivencia.

El «viraje» de Arana

Sólo en sus últimos tiempos admitió Sabino Arana, en su «viraje españolista», la compatibilidad entre nacionalismo vasco y vinculación política de Euskadi a España. La temprana muerte de Arana en 1903 dejó al PNV sumido en una tensa contradicción interna: por un lado, la ortodoxia petrificada de los independentistas radicales; por otro, los partidarios de ahondar en la búsqueda de fórmulas autonomistas y legales, aunque sin renunciar a una futura y remota posibilidad de independencia, relegada al terreno de los «principios , irrenunciables», pero nunca postulada para un futuro cercano. Con serias dificultades internas, el PNV se inclinó mayoritariamente hacia la fórmula estatutaria, esto es, a la elaboración de un Estatuto de autonomía para el País Vasco dentro de España y debajo de una Constitución española.

(*) Catedrático de Historia del Derecho. Salamanca.

 

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