Autor: Martínez Bande, José Manuel. 
   Una nación inventada     
 
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Una nación inventada

Por José Manuel MARTÍNEZ BANDE

EL pasado mes pronunció una conferencia en Madrid el miembro del Consejo Genera! Vasco don José María Benegas. El señor Benegas no pertenece al Partido Nacionalista Vasco, sino al Partido Socialista de Euzkadi, lo que da al hecho mayor significación. Porque en la conferencia sentenció, según la Prensa: Los sofofistas entendemos que Euzkadi es una nacionalidad en construcción, cuyo proceso dinámico de estructuración Jurídico-institudonal comíenza ahora.

He aquí, pues, una pretendida nación que se quiere alumbrar por acuerdo de unos hombres, en frío, intelectual pero artificialmente, izándola sobre una nada histórica. ¿Hemos iniciado así un camino inédito? ¿Vamos a sustituir los procesos naturales, que lo mismo dan origen a los individuos que a las colectividades humanas, por otros artificiosos? Con todo, hay que agradecer al señor Benegas sus palabras por lo que clarifican; pues la verdad siempre tiene algo de consoladora, de remediadora, aunque duela, aunque encierre un explosivo. Sin ella o contra ella sólo se consiguen caídas y escalabradoras; con ella a nuestro lado pueden evitarse catástrofes.

Hace ya más de dos años y medio que publiqué en estas mismas páginas de A B C un trabajo al que traté de dar un título expresivo: «La invención de Euzkadi.» Allí decía que Euzkadi no existió nunca y que, por eso, no había tenido jamás un Gobierno propio, una bandera distinta, una moneda particular, una representación diplomática o un Ejército. Euzkadi se había «inventado», dando a esta palabra el sentido de imaginar hechos no reales.

¿Y a qué se debía esta invención? A las circunstancias, nada Más. Porque en aquellos momentos España se encontraba «sin pulso», como escribió Francisco Silvela; en postración decadente, como afirmaban las voces del «98»; dañada de cuerpo y alma, propicia a sufrir todas las enfermedades, entre ellas las secesionista. Muchos años, siglos quizá, de pasividad, de luchas internas, de empobrecimiento y evasión, de incordia consigo mismo, llevaban a esta realidad triste.

La causa auténtica del nacimiento y expansión del nacionalismo vasco no fue la supresión de fueros, de derechos antiguos y formas orgánicas vetustas, como se dijo en su tiempo quizá con buena fe y ahora se sigue insistiendo con buena fe dudosa. Pues los cambios en las estructuras políticas han sido y son constantes y ellos en sí no representan fatalmente un atasco, un retroceso o un error, sino, sencillamente, el producto lógico de la evolución que provoca en los pueblos el simple paso de ios días. Otra cosa es ciego inmovilismo.

El concepto de nación no es sino la adaptación revolucionaria y romántica de la vieja idea de patria. Mas si San Agustín dijo que sólo Dios debía ser amado

sobre la patria, y Cánovas que con ésta se estaba siempre, con razón o sin ella, «como se estaba con la madre», es porque veían aquí algo más que un pleito toral, que una disputa de bienes que se ventila ante un juez de distrito.

El nacionalismo vasco, con esa patria o nación por él inventada, es hija no de las cuestiones forales, sino de una cizaña sembrada. Las cuestiones aquellas podían y pueden tener solución; pero es muy difícil que se alcance la paz si antes se propaga odio, que es guerra. Y Sabino de Arana y Goiri echa un día en los surcos semillas que dicen —y pongo sólo dos ejemplos— que España es la farza más vil y despreciable de Europa y que tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada.

Con e! amor todo es distinto y fácil. En la España goda, mientras aún los dominadores bárbaros no se han fundido totalmente con la sociedad hispano romana, cuando abundan conflictos y roces raciales. San Isidoro, la figura más eminente de entonces, situándose por encima de la circunstancia y atalayando el porvenir, canta a España «como la más hermosa de todas las tierras del Occidente».

La invasión árabe será aquí funesta, al romper el proceso ascendente y unificador cuyo éxito final ya presentía San Isidoro. Invadida la Península, la reacción contra el extranjero nacerá acá y allá, en los refugios pirenaicos y cantábricos, sin un plan común, porque éste no es aún posible. Desde las alturas se bajará a la meseta y luego al llano, en cierto modo cada uno por su cuenta, pero con un recuerdo y un deseo: la unidad. Y no será obstáculo el que, a la vez que Alfonso X, reunen Jaime I de Aragón, Alfonso III de Portugal y Teobaldo II de Navarra, para que el Rey Sabio cante de nuevo a España y diga que está «cerrada en derredor» por el mar y los Pirineos. Los reinos varios son cosa accidental y pasajera, y si Vizcaya y Álava están con Castilla, Guipúzcoa lo está con Navarra. •Esta España que para renacer necesita repoblar, otorgando derechos atractivos sobre tierras «quemadas», y que a la vez tiene una estructura política propia de entonces, pero sólo de entonces, es la España de los fueros. Nada más.

El 25 de noviembre de 1903 moría Sabino de Arana y Goiri en Sukarrieta, hoy Pedernales. Los que se preparan a echar las campanas a vuelo —campanas con crespones negros— ante el setenta y cinco aniversario del fallecimiento del fundador del mito de Euzkadi, y a recordar el hombre, su vida, sus palabras y sus escritos, deben tener honestidad suficiente para recordar también la postrer singladura política del muerto.

Porque Sabino de Arana en sus últimos días vio claro y comprendió que su idea era demencia! y podía llevar a la catástrofe. Ya no hablaba de «Euzkadi», sino del País —el País Vasco— y pedía a todos sus fieles que se integrasen en una «Liga de Vascos Españolistas», destinada a conseguir la mayor felicidad posible para su amadísimo pueblo, pero siempre dentro de España. Su órgano oficial, «La Patria», así lo proclamó en varios números, y «La Gaceta del Norte», diario bilbaíno, confirmó estas sugerencias y recomendaciones de Arana en una entrevista famosa.

Pero aunque parece ser que sus inmediatos y más cercanos seguidores le hicieron caso, los demás- dieron la vuelta a la hoja y sobre la memoria de sus últimos consejos arrojaron esa lápida de silencio con que los españoles ocultamos lo que no queremos oír o ver.

Mas la Historia es imprevisible y los caminos que el hombre emprende se tuercen en curvas inverosímiles, sin que aquél lo quiera. Del P. N. V. se ha derivado la E. T. A. ¡Extraño y triste legado! Ahora, precisamente ahora y más que nunca, cuando se exalte la figura de Arana no debe olvidarse su último mensaje. Lo pide la verdad y el decoro político. El había abiertos unos surcos y echado una simiente separatista y antiespañola; pero también había rechazado, al final de su vida, la siembra hecha. Siembra cuyos frutos más destacados recogen otros, precisamente otros. Unos frutos de sangre, dolor y destrucción.

El señor Benegas, consejero de Interior vasco, tiene razón: estamos construyendo ahora una nación. No estaba construida porque no existía, porque no existió jamás. Sólo que el edificio nos está saliendo a todos a un precio demasiado alto.

 

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