Autor: Sierra, Ramón. 
 El problema vasco. 
 Las soluciones políticas     
 
 ABC.    23/08/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

23 DE AGOSTO DE 1978. PAG. 3

EL PROBLEMA VASCO

LAS SOLUCIONES POLÍTICAS

Los líderes de casi todos los partidos y los más prestigiosos comentaristas, creen que el problema vasco tiene unas raíces históricas profundas y que sólo se puede encauzar con un nuevo y adecuado tratamiento político. Opinan, asimismo, que la llave de este problema la tiene el P. N. V., partido al que, tanto el Gobierno como la mayoría de los parlamentarios, le han concedido, en la práctica, la representación de todos los vascos; y coinciden, también, en el supuesto de que, desamparados por los demás partidos y .por la opinión pública, los extremistas de Euzkadico-Ezkerra pasarán a ser una anémica minoría, inoperante, y los terroristas de la E. T. A., sin apoyo popular, se verán obligados a disolverse porque les será ya muy difícil librarse del acoso de las Fuerzas de Orden Público, reforzada la eficacia de éstas por las disposiciones de la ley antiterrorista.

Me da cierto rubor discrepar de tan autorizadas opiniones, o, por lo menos, enfocar este problema desde otros puntos de vista, aunque, naturalmente, coincide en algo elemental: un problema político sólo puede y debe resolverse con medidas políticas, siempre que éstas abarquen desde la satisfacción de aquellas pretensiones que sean justas, hasta la aprobación de unas leyes que puedan hacer frente a todo tipo de posibles subversiones, violentas o «pacíficas».

A mi juicio, apoyado principalmente en una larga experiencia, muchas de esas opiniones se basan en un grave error: identifican a las tradicionales reivindicaciones torales de los alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos y navarros, defendidas no «sólo», otro error, por los carlitas y tradicionalistas, sino por casi todos los demás partidos que han existido en Vasconia, con las exigidas por los nacionalistas vascos. Las reivindicaciones tradicionales, por ásperas y apasionadas que fuesen y aunque estuvieran grabadas en las banderas de los batallones carlistas, jamás se propusieron atentar contra la unidad de España y nunca entendieron que los Fueros supusieran la vigencia de un Estado vasco, soberano e independiente, y de una Nación vasca, que justificaba el reconocimiento de ese Estado. El P. N. V., como siempre, juega en los dos paños. Reivindica la «nacionalidad», y, al propio tiempo, reclama sus Fueros, entendiendo que éstos consagran ambos derechos, la autonomía y la secesión. (Así interpreta los Fueros el señor Arzalluz.) Y de este modo pueden ensamblar ambos conceptos políticos, y «cubrirse», como en los frontones, por si naufraga uno de ellos. Por otra parte, es muy probable que los demás fueristas, que no pertenecen al P. N. V. y que no han sido deslumhrados por las masivas y frenéticas propagandas de los nacionalistas, se conformasen con las formas forales, los conciertos económicos y unas pertinentes descentralizaciones. .Unas formas forales que resucitasen, en cada provincia, sus peculiares sistemas de representación; un concierto económico, sin privilegios, con unas Diputaciones que serían —lo tradicional— excelentes recaudadoras de los impuestos reservados a la Hacienda Pública, y unas descentralizaciones que no exigiesen el montaje de una desmesurada burocracia.

Otro error es el de diferenciar al Partido Nacionalista Vasco y al Euzkadiko Ezkerra, basándose en estas cuatro divergencias: el P. N. V. no es separatista; repudia la violencia, no es marxista y, por último, en sus filas hay muchos vascos que no son extremistas, que aceptan la Monarquía, la Constitución y la economía libre. Es cierto que el P. N. V. no quiere —sin renunciar «definitivamente» a la autodeterminación,

esencial en su ideología—, separarse, de un modo absoluto de los otros pueblos del Estado español. (De España y de la Patria española sí, porque su Patria es Euzkadi.) Una vez conseguida la fundación de una confederación de todos los pueblos libres de la antigua España, serían los primeros en abrazar a los castellanos, andaluces, murcianos... que lleguen a Euzkadi y de tomarse unas copas, fraternizando con los andaluces, en Sevilla. También es verdad que repudian la violencia, aunque el término «ghandismo» ha sido recordado por el presidente del Euzkadi-buru-baztar, una elegante manera de referirse a la desobediencia civil, gravísima posibilidad, que sería mucho más temible que los antiguos «vetos forales». En primer lugar, porque las fricciones entre el Gobierno de Madrid y el de Euzkadi, con un aparato autonómico tan complejo, pueden ser el pan nuestro de cada día, y, en segundo lugar, porque se corre el riesgo de que ese «ghandismo» sea imitado por todos los demás entes autonómicos, salvo en Cataluña, mientras Tarradellas presida la Generalidad.

Tampoco es marxista el P. N. V., pero ya no será posible, en las Vascongadas y Navarra, aliar a todas las fuerzas antimarxistas vascas para enfrentarse con el P. S. O. E. y el P. C. o con un nuevo y posible Frente Popular Vasco, porque no será factible meter, en un mismo saco, a los que pertenecen a patrias distintas. Y, desde luego, es cierto que a muchos de los seguidores del P. N. V. no les gusta el radicalismo de sus líderes, pero creen que se trata de un simple juego posibilista. Envueltos en continuas ambigüedades, no se dan cuenta de que la unidad de España es incompatible con las utópicas aspiraciones de los líderes del P. N. V..

Por último, es un error y un agravio para los vascos que no votaron al P. N. V., ni al P. S. O. E. el 15 de junio, y que en el marco electoral de las Vascongadas y Navarra lograron más sufragios que el P. S. O. E. y el P. N. V., dar por sentado que, para resolver el problema vasco no es preciso contar con ellos, es decir, con los españoles vascos antimarxistas.

Todo lo cual quiere decir que no hay más soluciones políticas que estas dos: o la de ceder a todas las pretensiones del P. N. V., y prácticamente, a las de la E. T. A. —la que hasta ahora se va siguiendo— en la confianza absurda de que un «consenso» entre este partido, el P. S. O. E. y la U. C. D. va a pacificar a las Vascongadas y a Navarra; o la política de mantener, sin debilidades, las leyes que defiendan la unidad de España. Esta última política no apaciguaría, a corto plazo, a esas provincias, pero permitiría que reaccionasen las derechas que nunca han coqueteado con las ambigüedades del P. N. V.; reacción que se vería muy favorecida por el desengaño de muchos vascos cuando comprueben cómo una autonomía montada sobre utópicas demagogias y propagandas delirantes, desarticula las estructuras religiosas (jerárquicas) económicas, sociales y culturales de su país.

En cuanto a Euzkadiko Ezkerra, no queda tampoco otra posibilidad —y de esto creo que ya se han enterado todos los españoles, «incluso» los líderes de los partidos— que la aplicación, sin diálogos estériles, de las leyes que estén en vigor. Y respecto a la, E. T. A., no cabe otra política que la de desarticular pacientemente, al amparo de las leyes antiterroristas, su red de cómplices y encubridores. Repetimos: ni el E. E. ni la E. T. A. pueden renunciar a sus principios ni seguir una política posibilista.— Ramón SIERRA.

 

< Volver