Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
   Un signo     
 
 Diario 16.    28/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Un signo

Alejandro Muñoz Alonso

Los últimos asesinatos del bandidismo etarra exigen que el Estado demuestre, sin complejos, que sigue

existiendo. Toda sociedad civilizada se basa en una idea hecha realidad: la asunción por el poder político,

por el Estado, del monopolio de la coacción y de la violencia. Si sistemática y organizadamente este

monopolio es desafiado, el Estado queda en entredicho y pierde su propia razón de ser. No es ésta

todavía, por fortuna, nuestra situación. Pero si el Estado no hace pronto un signo, sin trasnochadas malas

conciencias, de su propia voluntad de poder, este viejo país puede precipitarse por los despeñaderos de la

historia.

En ninguna sociedad medianamente seria serían concebibles las provocadoras chulerías de Telesforo

Monzón transgrediendo a ojos vistas el Código Penal en la más absoluta impunidad. Tampoco se entiende

que sigan saliendo de la cárcel miembros de ETA que volverán a la metralleta o a sus misiones

«informativas». Tampoco se entiende que los líderes vascos democráticos «moderen» sus tardías

condenas a ETA con cantos a lo que esta organización fue en tiempos pasados y a su decisiva aportación

a la causa «nacional» vasca. Situados en este plano, es ETA mucho más coherente que ellos.

El Estado de derecho en que consiste la democracia no sólo significa la garantía frente a la arbitrariedad.

Supone también la aplicación de la ley a todo el que se pone fuera de ella. No (\) vale el pretexto

de que sancionar a los culpables «creará héroes o víctimas»: cuando una causa no cuenta con más héroes

que un puñado de alevosos asesinos, ella misma se da la calificación histórica que merece.

Hay un conocido aforismo romano, salus populi suprema lex esto, que, imperativamente, recuerda a los

gobernantes que la salvación del pueblo es la suprema ley o, lo que es lo mismo, que el derecho es un

instrumento al servicio de los intereses colectivos. Que nadie quede desvalido ante el poder, pero que

nadie tampoco encuentre en las propias leyes pretextos para burlar los supremos valores de toda vida

colectiva civilizada. Que el Estado actúe, pero que actúe ya. Ante coyunturas excepcionales sobran

promesas y amenazas. Con amagos no se hace la historia.

 

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