Interlocutores vascos     
 
 Diario 16.    23/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Interlocutores Vascos

Se está convirtiendo en una especie de inconfesable costumbre escurrir el bulto a la hora de enfrentarse con el problema del terrorismo en el País Vasco. No nos referimos sólo a las habituales medias tintas, a las declaraciones ambiguas, a la tendencia a la abstracción y a no nombrar la soga en casa del ahorcado, sino a algo más preciso y más grave: a que se elude por parte de los políticos acudir personalmente allí, a enfrentarse con ojos propios con la realidad del avispero.

Si se recapitulan algunas conductas en este extremo, la cosa resulta sorprendente, y esto hablando con dulces palabras. De entrada, que recordemos, el presidente Suárez ha ido una sola vez al País Vasco durante su mandato, y esta visita, por llamarla así, fue de horas, sin previo aviso, casi clandestina y... por motivos electorales. En rigor, el presidente del Gobierno en su condición de tal no ha aparecido nunca en el escenario material de uno de sus mayores problemas de gobierno.

Pero en otras partes también cuecen habas. Felipe González, que pretende hacer y hace no sólo política de partido sino también de Estado, tampoco puede gloriarse de haber acudido a Euskadi con la presteza, frecuencia y oportunidad conveniente para su ambición de estadista. Y así, por ejemplo, nos parece un tanto desadecuada su ausencia de la clausura del congreso del Partido Socialista vasco, justificada por su presencia en Lisboa para ayudar electoralmente a sus correligionarios portugueses. Por muy necesitados que se encuentren éstos de su presencia, más lo están los muchos socialistas vascos de su apoyo personal.

Por su parte, Carrillo sigue sin tener pelos en la lengua a la hora de hablar del terrorismo vasco, pero raras veces suelta sus andanadas in situ. Prefiere, pongamos por caso, irse a Bucarest para desde allí asegurar que a ETA la fundó la CÍA.

Por su parte, Fraga opina que la U.R.S.S. ayuda a ETA, y el mejor pretexto que encuentra para decir tal cosa es la venida a Madrid de Gromyko. El pretexto es válido, pero el señor Fraga los tiene a casi diario y más fundados si echa una ojeada por Bilbao o San Sebastián antes que por los pasillos de nuestra cancillería.

¿Y don Blas Pinar? ¿No es el adalid de la más férrea unidad de la España imperial e histórica? ¿Por qué entonces no preside una concentración pública de sus partidarios vascos en un «aparte», bien fácil de hacer, del 20-N?

Y, sin embargo, estos políticos no están «solos» en Euskadi. Hasta para la más vasquista de las computadoras está claro que, números en mano, todos los abertzales juntos no llegan al nivel de los «españolistas» incondicionales que allí viven. Las urnas cantan y su letra es clara. Y estos incondicionales «españolistas» se sienten abandonados por sus líderes. La queja no es nuestra, sino de ellos. Y desde este periódico, como desde otros, nos hemos limitado a captar su llamada.

Hace unos años, el Gobierno cometió el error de pretender entenderse con los vascos haciendo caso omiso del PNV. Hoy, en cambio, logrado un acuerdo con éste, parece no haber más interlocutor válido para el Gobierno que dicho partido. Pero ni aquello ni esto. Ni sin el PNV ni sólo con él. Hay otros oídos en Vizcaya, Álava, y Guipúzcoa a quienes nadie parece querer decir en vivo lo que de verdad quieren y tienen derecho a oír.

 

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