Autor: Santamaría Ansa, Carlos. 
   Euskadi, confederación foral     
 
 El País.    27/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 27. 

EL PAÍS, sábado 27 de agosto de 1977.

Euskadi, confederación foral

CARLOS SANTAMARÍA ANSA

Estrabón aplicaba a las tribus pirenaicas el calificativo de disepimyktoi, es decir, «difíciles de mezclar».

No es solamente que estas tribus se resistan a la penetración extranjera —precisa el griego—, sino que tampoco se funden entre sí, ni se aglutinan para formar repúblicas comunes.

Si el viejo geógrafo volviera a nacer hoy, asistiría complacido a las discusiones entre los vascos actuales -sobre si Navarra es o no Euskadi, etcétera— viendo en ellas una confirmación de su tesis de hace 2.000 años. Convengamos en que —pese a los cambios y mutaciones— los vascos de hoy seguimos siendo terriblemente disepimyktoi.

La prehistoria no es un mero pretérito, obscuramente conocido y definitivamente muerto, sino una realidad viva, que sigue viviendo en nosotros como conciencia soterraña de cada pueblo, y, en Vasconia, más quizá que en otras partes. Así las primitivas estructuras tribales se proyectan a lo largo de muchos siglos sobre la organización social del pueblo vasco y llegan de esta suerte hasta nosotros mismos.

«No es difícil identificar el valle —anteiglesia, universidad o hermandad— con la antigua tribu; ni rastrear el origen de las juntas generales en los consejos de los grupos tribales», —escribe «Ortzi», Francisco Letamendia, diputado de Euskadiko Eskerra.»

El propio reino de Navarra era una monarquía federativa en la que vivían en la mayor libertad valles y comunidades que todavía perduran hoy de alguna manera.

Anselmo Carretero y Jiménez afirma que este mismo espíritu fue comunicado por los vascos a la primitiva Castilla y que el naciente Estado castellano fue —en contraposición al centralismo neogótico— un conjunto de comunidades autónomas en su administración y gobierno.

En Vasconia, cada región, cada valle, cada comuna, cada vecindad y hasta —si se me apura— cada caserío, ha aspirado siempre a conservar su identidad y a mantener incólume su «parcela de soberanía».

Sin embargo, los vascos no han sido nunca insociables, ni lo son. Se han unido muchas veces entre sí o con otros pueblos para grandes empresas-históricas comunes, y nadie puede decir que hayan fracasado en estos empeños.

Parece pues que hay una contradicción en lo que venimos diciendo. Tratemos de explicarla, porque tiene su importancia.

Toda una «teoría de Euskadi» podría ser construida a partir de la idea de Estrabón de la «resistencia a la mezcla», del mismo modo que Ortega construyera su «teoría de Andalucía» a partir del «ideal vegetativo», pero en sentido contrario. En efecto, Andalucía sería un pueblo que se deja «conquistar blandamente» para conquistar después a sus conquistadores. Euskadi, en cambio, «un pueblo difícil de mezclar».

Piénsese, por ejemplo, en figuras como las de Lope de Aguirre o el cura Santa Cruz, o los indómitos luchadores de ETA, o en Unamuno y Baroja, grandes irreductibles del espíritu y de la carne. El denominador común de todos estos hombres no es otro que este: disepimyktoi.

Ahora bien, esta cualidad no debe ser vista como un defecto, sino como un signo de personalidad, y personalidad significa, precisamente, sociabilidad: el concepto de persona, en oposición al de individuo, implica esencialmente la idea de comunicación. De aquí la aparente contradicción que hemos señalado.

La explicación de la misma consiste en que cuanta más personalidad se tiene menos se deja uno mezclar o masificar.

El vasco es sociable, pero no acepta el tener que disolverse. No quiere que le arranquen su personalidad. Como Unamuno, no quiere mezclarse, no quiere morir.

Asociación, pero con autonomía; comunicación, pero sin disolución. Este principio aplicado al análisis de la vida interna del pueblo vasco es quizá la más segura clave para entender sus estructuras forales.

Lo que los vascos han vivido durante siglos ha sido una especie de federalismo avant la lettre, entendida esta palabra en su sentido moderno, como «un sistema articulado de autonomías solidarias».

Yo quisiera que los políticos, al ir a estructurar las autonomías, tuvieran muy en cuenta esta definición.

Es cierto que la palabra federalismo es hoy mal acogida por muchísimos españoles, quizá —entre otras razones— porque evoca inevitablemente los desastres de la Primera República.

El ministro para las Regiones ha declarado recientemente que la diferencia entre federalismo y autonomía no es más que una cuestión semántica. También ha manifestado con posterioridad que: «El Gobierno entiende como autonomía el reconocimiento de la personalidad de un pueblo.»

De esta suerte todo aparece claro y no nos quedaría sino aplaudir tan excelentes propósitos. Retírese pues la palabra, si conviene, para salvar la sustancia de su contenido.

Pero, de acuerdo con todas estas ideas, yo me pregunto: ¿cuál debe ser la forma o figura constitucional de la futura región autónoma vasca? ¿De qué modo se logrará respetar mejor la esencial diversidad interna de este pueblo?

Mi amigo Ramón Labayen, en un trabajo suyo que, según creo, aún permanece inédito, emplea una expresión que me parece felicísima y que es la que me haservido para encabezar este artículo. Labayen dice que Euskadi es, o debe ser, una «confederación foral».

Pienso que mi amigo tiene toda la razón y que a su idea le estaría reservado un gran futuro.

Algunos se empeñan en ver la cosa foral solamente desde el lado disepimyktoi. Pero la foralidad nunca debe servir para separar a las cuatro provincias forales, sino para relacionarlas mejor que lo han estado bajo el centralismo.

El foralismo aparecería así bajo una nueva iluminación; alcanzaría una dimensión nueva. De la estructura foral cerrada se habría pasado a la estructura foral abierta. Nadie puede ignorar las enormes ventajas que este modo de entenderla podría traer hoy a las cuatro provincias forales.

Los manes de Estrabón no dejarían de felicitarse de ello.

 

< Volver