Autor: Carrascal Rodríguez, José María. 
 Ecos internacionales de la dimisión. El "premier" español pertenecía a la "era Carter". 
 En USA se considera "natural" el desgaste de Suárez     
 
 ABC.    31/01/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

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El «premier» español pertenecía a la «era Cárter»

En USA se considera «natural» el desgaste de Suárez

NUEVA YORK (J. M. Carrascal, corresponsal). «Inesperada» es el adjetivo unánime que aquí

se aplica a la dimisión de Adolfo Suárez. Por eso, si alguien les dice que en el Departamento

de Estado, al menos a nivel de sección española, se sabia, pueden estar seguros que les está

contando un cuento. Se sabia del desgaste de Suárez, se sabía de la crisis interna de su

partido, pero que el presidente español iba a dimitir ahora, en vísperas de la venida del Rey, es

una sorpresa.

Los comentaristas coinciden en que tiene que haber algo detrás, de lo que «la emocional

despedida de Suárez dio pocas pistas» (James Markham, «New York Times».) Y recogen

rumores de que «altos jefes militares pidieran hace poco al Rey que despidiera a su primer

ministro» (Markham), lo mismo que «personas de grupos conservadores que se oponen a las

alegadas renegociaciones entre el Gobierno Suárez y la ETA» (Tom Burs, «Washington Post».)

Como sucesores, se limitan a apuntar los nombres que por ahí deben circular: Calvo-Sotelo y

Rodríguez Sahagún. Markham apunta también que «pocos creen que Suárez se retirará

definitivamente de la política, y algunos esperan que, tras un período alejado de los focos, su

partido puede sentir la necesidad de volverle a llamar en más o menos un año».

La información se da, como digo, con sorpresa, pero sin alarma. Sorpresa, sobre todo, por el

momento. Sin alarma (el «Times» la publica en la página tercera, el «Washington Post» en la

22) porque se conocía y hasta se encontraba natural el desgaste de Suárez tras cinco años en

el timón del Gobierno.

Y ahora un comentario ya a título exclusivamente personal. Es curioso que Suárez haya dejado

el Poder a la semana de perderlo Cárter, con quien tan bien se entendía —«qué inteligente

primer ministro tiene», dijo el presidente de Estados Unidos al Rey Don Juan Carlos— y del

que recibió aquel abrazo en Barajas que a mi amigo Cándido maravilló por la largura.

LA INCIDENCIA DE UN NUEVO LIBRETO

No estoy ni remotamente insinuando que los americanos hayan tenido arte ni parte en el

asunto, sino algo mucho más sutil: el cambio de decorado, actores e incluso libreto en

Washington va a incidir en todas las capitales del mundo. Ya está incidiendo. Y en muchas

cosas, Suárez pertenecía a la «era Cárter».

Ambos tenían una inmensa capacidad de trabajo, un indudable encanto personal, un saber

encajar como pocos, un exterior abierto y un interior hermético, una tendencia a rodearse de

colaboradores más leales que capaces.

Pero les unía, sobre todo, la conciencia de pecado anterior en sus respectivos países, que

marcó sus mandatos en su afán de borrarlo. Suárez gobernó lastrado por la sombra del

franquismo, y Cárter, por la de Vietnam y el Watergate. Ese sentimiento de culpa les hizo ser

reformadores acelerados, por una parte, y por la otra, blandos permisivos, dispuestos a

aguantarlo casi todo, de dentro o de fuera, como si fuera la penitencia que había que pagar por

el pecado original de sus presidencias e incluso de sus países.

Ambos cumplieron su cometido con honestidad y rigor que se aproximaba al sacrificio. Pero los

tiempos han cambiado. Lo que hoy urge no son más experimentos políticos, nacionales;

internacionales, sino revitalizar las medio derrumbadas economías, consolidar el país, devolver

la confianza en sí mismo a sus habitantes. Y para eso, ni Adolfo Suárez ni Jimmy Cárter eran

los hombres.

 

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