Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   En la ardiente oscuridad     
 
 ABC.    02/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ARTES, 2 DE OCTUBRE P E 1979. PAG. 8

ESCENAS POLÍTICAS

En la ardiente oscuridad

Quizá sea conveniente hablar un poco más acerca del gravísimo problema del terrorismo de ETA, ahora

que ya todos estamos un poco más .sosegados. He leído atentamente los comentarios y las informaciones

de estos días sobre este tema tan largamente sangriento y tan amenazante con nuestra democracia. (Hace

ya muchos meses que se dijo en el Congreso: «O la democracia acaba con el terrorismo, o el terrorismo

acaba con la democracia.» Así de sencillo; así de acuciante.) En todos esos comentarios y en todas esas

informaciones lo primero que se echa de ver es que nadie sabe por dónde se anda nadie.

No sabemos lo que hace, lo que piensa, lo que planea, lo que pide el Gobierno. Tampoco sabemos a

ciencia cierta lo qué opina, lo que exige, lo que ayuda, lo que ofrece la oposición ante el más grave

peligro de nuestra transición. Los dirigentes políticos de la izquierda se contradicen entre si, se

contradicen incluso a sí mismos, no brindan una colaboración clara a la hora de legislar, ni a la hora de

enjuiciar parlamentariamente la actuación de la fuerza pública, ni a la hora de adoptar unas medidas

políticas para Euzkadi. La derecha, por boca, sobre todo, de don Manuel Fraga, critica al Gobierno (en

realidad, todos criticamos al Gobierno, yo creo que hasta el propio Gobierno cuando no está reunido el

gabinete) y en ocasiones ha ofrecido un recetario de medidas más o menos abstractas o algo más

concretas. Pero todo lo que huela a derecha debe ser rechazado sistemáticamente, y parece qua viniese

invalidado desde su origen. Los argumentos más escuchados contra el señor Fraga se basan en el recuerdo

de que, cuando él era ministro de la Gobernación, también se cometieron actos terroristas.

Desconocemos igualmente lo que piensan los vascos —la ¡inmensa mayoría de los vascos— ante el

fenómeno terrorista, que ellos sufren más dolorosamerrte que nadie. La mayoría vasca se ha convertido en

una mayoría absolutamente silenciosa. Los que apoyan, de una manera u otra, al terror, si que gritan, si

que se manifiestan y sí que arman la de San Quintín cada vez que la fuerza pública dispara, hiera o mata,

a no ser que dispare, hiera o mate, por error, sobre otros Cuerpos de vigilancia del orden, como ha

sucedido • ahora con la Guardia Civil al disparar sobre un grupo de policías. Los demás callan. No

sabemos hasta qué punto ese silencio responde a un sentimiento de resignación, de cautelosa espera o,

mucho más probablemente, de miedo. Y cuando los líderes políticos vascos creen que tienen que hablar,

que no pueden permanecer con la boca cerrada, sus declaraciones son aún más contradictorias, más

confusas y más desconcertantes que las de sus compañeros del Partido Comunista o del Partido Socialista.

Habría que poner en una cuartilla, a punto y seguido, lo que han dicho sobre la ETA Carlos Garaicoechea,

Javier Arzallus, Marcos Vizcaya, Txiqui Benegas o Enrique Múgica, para tener conciencia de hasta dónde

llega el galimatías. El único que dijo algo inteligible y valiente fue don Ramón Rubial, presidente del

Partido Socialista y, además, vasco. A los que si se les entiende todo es a los otros, a los etarras verbales

don Telesforo Monzón, don Francisco Letamendía o el senador Castells. Esos hablan con toda claridad,

con permanente coherencia.

O sea, que estamos todos en este tema como estaban los personajes de aquella obra de Buero Vallejo: en

la ardiente oscuridad. Cuando empezamos a tener alguna información sobre uno u otro aspecto del

terrorismo de ETA, de repente se rompe el hilo de la información. Rumores o noticias, que nadie

responsable se encarga de desmentir o confirmar, nos indican, a veces, dónde compran las armas, dónde

tienen sus campos de entrenamiento, dónde buscamos apoyos y colaboraciones para combatirles, qué

intereses o qué servicios de inteligencia extranjeros pueden estar detrás de ellos, quiénes pagan el

impuesto revolucionario... Pero nadie, desde una responsabilidad política, y mucho menos oficial, nos

aclara uno solo de esos extremos. Sobre la ETA, de verdad, sabemos menos que de la Malta o del Ku-

Klux-Klan. Parece que nuestros políticos hubiesen hecho del tema de la ETA materia para ejercitarse en

una especie de «ornarla», en la que, por temor o por cierto sentido de solidaridad, todos permanecen con

los labios sellados.

Nadie puede negar que el terrorismo ha crecido. Y no sólo porque sean más frecuentes y descarados los

actos terroristas, sino porque se ha extendido la jactancia, el apoyo público, los gritos y las pancartas de

aliento a los terroristas, las manifestaciones de sus cómplices y simpatizantes. Alguien puede pensar, con

alguna razón, que las libertades democráticas, en lo referente al País Vasco, han sido conquistadas y

escritas para ellos, sólo para ellos. Muchos de los demás ni siquiera usan la libertad de votar. Ellos son los

que nos informan de sus planes, de sus intenciones, de sus condiciones, de sus programas de asesinatos.

La apología del terrorismo es un delito notorio, visible cada día, que se comete en la tribuna política, en la

oratoria de pulpito, en las noticias de Prensa, en las algaradas callejeras, en el mismísimo Parlamento, y

nadie nos dice, en serio, lo que se esta haciendo —si es que algo se hace— para reprimirlo y castigarlo.

Ni siquiera nos enteramos del destino de los etarras que caen en manos de la justicia. Sus nombres

aparecen una vez en las páginas de los periódicos —a veces, como quien echa un poco de agua al fuego—

y luego desaparecen de la circulación. ¿Se les condena? ¿A qué se les condena? ¿Cuántos meses, o quizá

años, transcurren desde su captura a la vista del proceso? ¿De qué se les acusa? ¿Con qué argumentos se

les defiende? A la calle salen, retadoramente, los que piden para ellos amnistia. Pero, ¿se informa

suficientemente de las imputaciones y las penas para que las condenas cumplan su función de

ejemplaridad? Y si los componentes de un comando terrorista pueden comprar su libertad condicional por

cincuenta mil pesetas, ¿qué es lo que falla en nuestro sistema penal o procesal: las leyes o su aplicación?

Todas éstas y muchas más son preguntas que se hace constantemente el hombre de la calle, el español que

no es terrorista, y que tampoco es golpista, nostálgico ni espera nada de la catástrofe.

Observamos síntomas preocupantes de falta de coordinación entre las fuerzas del* orden. Tenemos los

oídos llenos de apologías, de rumores, de sospechas, de adivinaciones, de susurros, de verdades a medias

y tal vez de mentiras. Vivimos todos en una ardiente oscuridad.—Jaime C AM PM AN Y.

 

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