Dimisión de Adolfo Suárez.. 
 Una economía de transición política     
 
 ABC.    30/01/1981.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

NACIONAL

VIERNES 30-1-81

Dimisión de Adolfo Suárez

Una economía de transición política

MADRID.

La acentuación progresiva de la gravedad de la crisis energética ha constituido el telón de fondo en el que

se ha movido la política económica de los diversos Gobiernos del ex presidente Suárez, hasta culminar en

1979 con la que se ha dado en llamar la segunda crisis del petróleo, OPEP II, que supuso un nuevo y duro

golpe a los primeros síntomas de recuperación.

En general, la respuesta de la política económica de Suárez para afrontar la gravedad de la crisis se ha

considerado endeble y, en todo caso, supeditada a los condicionamientos políticos de una etapa difícil de

transición democrática.

Pero, con todo, en un balance a vuelapluma no es posible dejar de anotar en el haber de esta política

económica la implantación de la reforma fiscal, que con todas sus imperfecciones y críticas a su

oportunidad y extensión, ha supuesto uno de los pilares fundamentales para la nueva convivencia.

En la misma línea cabe consignar la firma de los Pactos de la Moncloa, en los que los partidos políticos

afrontaron con responsabilidad la dramática situación del momento. De allí salió el Programa de

Saneamiento y Reforma de la Economía de Fuentes Quintana como primera respuesta concreta para

afrontar la grave situación económica que hasta entonces había discurrido por derroteros de dejación y

abandono. Indudablemente, el Programa se quedó con los éxitos indiscutibles del saneamiento en lo que

"se refiere a la drástica reducción de la tasa de - inflación y mejora del sector exterior, y no alcanzó al

objetivo reformador que llevaba implícito en su formulación. Quizá el peso abrumador de la acción

política impidió afrontar el reto de las decisiones estrictamente económicas.

La llegada del Plan Económico del Gobierno, el famoso PEG de Abril Martorell, sin abandonar el norte

de la lucha contra !a inflación, introdujo un repertorio de directrices generales con los primeros conceptos

de liberalización que después han alcanzado su cota máxima de intensidad en la política desarrollada por

el último Gobierno de Suárez.

Pero cinco años de esfuerzo contra la crisis ha echado un enorme jarro de agua fría: tenemos un millón de

parados más. El trabajo de todos no ha servido para acoger en las fábricas y los tajos a un millón y medio

de trabajadores que llenan ahora las largas relaciones de desempleados. Estamos en una tasa cercana al 12

por 100, a la cabeza de los índices de desempleo de la OCDE.

España ha sufrido la crisis económica cuando los países europeos han cerrado la puerta de la emigración y

cuando la estructura de los sectores productivos más adictos se ha mostrado inadecuada. No ha habido

tiempo de remediar la dramática situación de las zonas más deprimidas del país como Andalucía,

Extremadura o Canarias, antes de que nos cogiera el toro de la depresión económica. Tampoco lo hubo

para proteger lo necesario la economía de tas regiones que mayor mano de obra exterior utilizaban —

aunque todo no ha sido la crisis— como el País Vasco, hoy encima de la media de desempleo de toda la

nación. La agricultura, tradicional generador de desempleados, no ha encontrado tampoco su solución. Y,

entre tanto, la crisis azotando las empresas, obligándolas a cerrar o a reducir por todos los medios posibles

sus plantillas. Las consecuencias, trabajadores maduros que han perdido su puesto de trabajo y más de

medio millón de jóvenes que buscan, sin lograrlo, su primera oportunidad en e! mundo laboral. No

crecemos lo suficiente para dar empleo a todos. No hemos encontrado la fórmula para que no sean más

los que cada día quedan inactivos. Tampoco una estrategia que aúne tos esfuerzos de todas las esferas

sociales para afrontar la dramática sangría. Porque, además, la solución tiene que sedimentarse a medio

plazo. Y la crisis no da un respiro.

 

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