Por el bien de España     
 
 ABC.    30/01/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

POr el bien a e España

La dimisión del presidente Suárez ha culminado, como resultante, una serie de tensiones internas,

producidas en el seno de su partido, la UCD, que no eran, a su vez, sino reflejo de una política titubeante,

con errores palmarios, que llegó a crear no sólo una atmósfera contraria, en los distintos ámbitos del país,

sino, además, una situación general de desencanto.

Partiendo de esta premisa, que reduce dramatismo a un acto espectacular por su novedad, pero

perfectamente lógico y democrático, dentro de la Constitución, que se produzca el recambio del

presidente del Gobierno no significa, en definitiva, sino que Adolfo Suárez ha interpretado, al cabo, tanto

las críticas hacia su forma de gobierno como las reacciones de quienes, dentro de su partido, procuraban

separar, en la medida de lo posible, con modos más o menos discutibles o acertados, la responsabilidad

gubernamental de la puramente partidaria. Unión de Centro Democrático ganó las pasadas elecciones.

Con Adolfo Suárez al frente, pero con un programa y unos objetivos que la política del presidente había

cambiado, en opinión de buena parte de sus partidarios. El partido sigue siendo ganador de aquella

elección. Y al partido Corresponde, ahora, reformar la ejecutoria práctica de su programa para conectar de

nuevo con la realidad de España, con sus problemas y sus anhelos.

Nadie puede negar que Adolfo Suárez ha escrito una página singular de la historia política del país.

Suárez ha sido presidente del Gobierno en la difícil etapa de la transición política, en el cambio de un

régimen autoritario a otro de libertades democráticas. El honor de la capitanía durante tal tiempo de

responsabilidad no va a discutírselo nadie. Sin embargo, tampoco puede nadie negar que, dada la

situación por la que España atravesaba, con un Gobierno sin timón firme y, por tanto, sin rumbo

asimismo claro y decidido, había otra solución que no significase la dimisión del presidente. Al

desgobierno que padecíamos todos se unía la ausencia de una sólida base parlamentarias que permitiese

un pleno ejercicio de la autoridad, una postura firme ante determinados problemas de la nación.

La Monarquía, dada nuestra Constitución, que en ella se fundamenta, asegura la continuidad democrática

del sistema. En ella residen la confianza y la esperanza de que cualquier cambio que se produzca en la

línea ejecutiva discurra por cauces estrictamente democráticos. El Rey consultará con los distintos grupos

políticos parlamentariamente representados y, oídos que sean, propondrá al Congreso un candidato a la

Presidencia del Gobierno. Lógicamente, este candidato será el que presente el partido ganador en la

última confrontación electoral, es decir, UCD. No hace falta jugar a ser augur para predecir tal paso. Y

tampoco cabe adivinar que el próximo Gobierno estará, muy probablemente, asistido por los votos de

otros grupos próximos a UCD, dentro de las alianzas naturales que fines e ideología próximos permiten.

Una ampliación de las fuerzas parlamentarias representadas en el Gobierno daría a éste un grado de

estabilidad que no ha conocido desde la ya lejana fecha de marzo de 1979.

Porque quien ha dimitido ha sido don Adolfo Suárez, y no la UCD, puede afirmarse que España está a

punto de iniciar otra etapa democrática que, superada la inicial, dé asentamiento de las instituciones

democráticas, abra horizontes nuevos para el sistema de gobierno que, mayoritariamente, hemos elegido

los españoles. El hasta ahora presidente Suárez sustituyó en su día, en julio de 1976, al entonces

presidente Arias, porque el país quería caminar hacia nuevos rumbos de libertades y responsabilidades.

Con Suárez, como ya hemos recordado, vivimos todos momentos difíciles y esperanzados, en los cuales

su conocimiento y talento político brillaron con luz propia. Pero, una vez acabada esa primera fase, con la

Constitución aprobada por el Parlamento y el pueblo español, Suárez vio declinar su estrella. Ya no

sintonizaba con sus votantes —y no haría falta recurrir a las encuestas de opinión para constatarlo— y,

como lógica derivación, tampoco logra la lógica y deseable sintonía con los miembros de su partido.

Todos los hombres, por grandes que sean, no son igualmente válidos para todos los momentos. Quizá no

esté fuera de tono recordar que un pueblo tan profundamente democrático como el británico, en el

momento de la paz, tras la victoria, rehusó seguir concediendo su confianza al hombre —Churchill— que

la habían gobernado en los días más difíciles de la contienda, cuando sólo cabía ofrecer sangre, sudor y

lágrimas.

Adolfo Suárez se marcha, consciente —de ello estamos seguros— de que así abre una nueva página en

ese libro de la Historia que le tuvo por amanuense en la anterior y la presente. Suárez, en definitiva, acaba

de rendir un nuevo servicio a su país y a su partido. Así, sinceramente, creemos que debe entenderse su

dimisión. Como político, Suárez ha luchado denodadamente por recuperar el ritmo perdido, por enderezar

un rumbo que se veía erróneo. Y como hombre de Estado, y como español, ha abandonado, evitando una

crisis abierta, un rompimiento de su partido y una prolongación del desencanto que a tantos españoles

había afectado.

«Tenemos que mantenernos en la esperanza —dijo en su intervención televisada el dimitido presidente—,

convencidos de que las circunstancias seguirán siendo difíciles durante algún tiempo, pero con la

seguridad de que, si no desfallecemos, vamos a seguir adelante. Algo muy importante tiene que cambiar

en nuestras actitudes y comportamientos. Y yo quiero contribuir, con mi renuncia, a que este cambio sea

realmente posible e inmediato.»

Si, para un político, son vitales saber llegar y saber prevalecer, Adolfo Suárez ha aprobado que la tercera

virtud, la de saber retirarse, es la que concede auténtica dimensión al ejercicio noble de la política.

 

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