Autor: Urbano, Pilar. 
 Dimisión de Adolfo Suárez.. 
 El "gesto ético"     
 
 ABC.    30/01/1981.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

VIERNES 30-1 –81

Dimisión de Adolfo Suárez

Hilo directo

El «gesto ético»

La noticia sonó como un pistoletazo seco. «Ha dimitido.» Los Consejos de Ministros convocados

urgentemente a primera hora de la tarde, ya lo vamos viendo, son Consejos de dimisión. La memoria del

periodista se pone a funcionar como una turbina acelerada. Retazos de frases, como piezas de un

inverosímil «puzzle» que empieza a encajar. Dejémoslo en un «Impromptu» personal de Adolfo Suárez.

Dejémoslo en una tensión de embestidas y criticas imparables, de «descalificaciones» contumaces de

reveses políticos incontenibles, de contestación a todos los niveles y de acorralamiento sin tregua: ¿no

hay causa suficiente para tirar la toalla?

• La noche del viernes 23, Felipe González me hablaba de «la baza del tiempo». Yo le había

preguntado: «¿Crees que Suárez hará en el II Congreso de ÜCD "el gesto ético" que tú hiciste en el

"XXVIII" del PSOE?» «Le gustaría poder hacerlo..., pero tiene un sentido mayor de la utilidad del que

tengo yo... No lo creo... Sé que, suceda lo que suceda, habrá "maquillaje final", porque para "pasteleos"

ya no hay tiempo. En este Congreso, los centristas tienen un problema de tiempos Suárez ya no tiene

tiempo para desprenderse de la Presidencia del Gobierno. Esa hubiese sido su salida mejor, después de la

moción de censura, cuando en el partido no estaba tan criticado. Así, reelegido presidente de UCD,

alejado del tremendo desgaste de gobernar, podría recuperarse y hacerse fuerte, entre hoy y el ochenta y

tres. Pero creo que esa oportunidad pasó... En cuanto a los "críticos", tampoco disponen de tiempo para

hacer la sustitución sobre la marcha, en el Congreso. Lavilla no ha tenido margen de lanzamiento.» Con

todo, Alfonso Guerra había «olfateado» este gesto: «Suárez tiene el "síndrome de Felipe" metido en el

cuerpo... Yo no sé cómo lo hará, pero en el "II" de UCD pasará algo muy parecido al "XXVIII" nuestro.»

Se ha equivocado Guerra, por unos días. Pero ha acertado en el hecho.

• ¿Qué ha ocurrido aquí? Ha ocurrido lo de siempre. Las grandes guerras se ganan o se pierden con la

última bala de la última batalla. Las grandes epopeyas se cuentan con palabras pequeñas. Los hechos

menudos desencadenan imponentes tensiones. Así nos lo enseña la Historia reciente. Hemos visto temblar

el Estado francés, por unas «inocentes» barricadas de estudiantes, en el mayo del 68. Hemos visto

desplomarse el prestigio de la Casa Blanca, en los Estados Unidos, porque dos periodistas inquietos se

empeñaron en seguir las pistas de un oscuro «Watergate». Hemos visto resquebrajarse el monolítico

Gobierno dictatorial de Polonia, porque una obrerita, cierta mañana de verano, no fue admitida a

trabajar en los astilleros Lenin.

• El domingo 25 Adolfo Suárez ya había tomado la decisión de dimitir. A cuatro días del II Congreso

pensaba, sin duda, anunciar su retirada antes de comenzar los debates de la «cumbre» centrista. Iba a ser,

pues, más que un «ponerse en cabeza de la manifestación», un «ponerse en la cola». Repetir, sin esperar a

ser vapuleado por el voto blanco de castigo, el «gesto ótico» de Felipe González aquel mediodía de

domingo, en febrero del 79. Pero el aplazamiento del Congreso le forzó a plantear su dimisión en Consejo

de Ministros y en Madrid. Cuando los ministros llegaron a la Moncloa, ayer antes de las cinco dé la tarde,

Suárez estaba terminando de grabar el «corto» televisivo que TVE emitirla a las diecisiete cincuenta. Así

se enteraron. Y con ese sobresalto en el cuerpo entraron en la sala de Consejos. «No ha dado razones

humanas, personales, de su decisión —me decía un ministro—. Sólo nos ha explicado que dimite "con

carácter irrevocable". Y se apreciaba que, en su Interior, era un hecho maduro y sin vuelta atrás. También

adujo necesidades de que la tolerancia y el entendimiento en el partido volvieran a reinar entre unos y

otros, para conseguir un fortalecimiento de UCD. Nos dijo que dimitía de las dos presidencias, la del

Gobierno y la del partido, y que, a partir de ese momento, comenzarían a funcionar los mecanismos

constitucionales para su sustitución.» Eso fue todo. Inmediatamente, Adolfo Suárez entró con algunos

colaboradores no ministros en su despacho, recientemente renovado y modernizado en el mobiliario y

decoración, que los maliciosos ya habían calificado «nuevo estilo, ciento siete años», y que, o mucho me

equivoco en fecha de hoy o..., el mismo Adolfo Suárez volverá a ocupar un nuevo día. Y pronto.

• Los ministros miraron el reloj. Faltaba casi una hora para que se reuniese la Ejecutiva de UCD.

Empezaron los murmullos, tos bisbiseos, los comentarios en voz baja. «Sigue el Gobierno..., seguimos...,

con presidencia vacante... ¿Gutiérrez Mellado, como vicepresidente primero?» «El Rey puede comenzar

las consultas con los representantes parlamentarios hoy mismo...» «No creo..., esperará a regresar de! País

Vasco y a que UCD haya celebrado su Congreso.» «Ahora, ¿quién gobierna el partido?» «Según los

Estatutos vigentes, Rafael Calvo, como secretario general.» «¿Puede el Consejo Político de UCD generar

una propuesta de "hombre" para la sustitución?» «En todo caso, el Rey ha de oír a los portavoces de las

fuerzas parlamentarlas antes de canalizar la designación..., y después la votación de investidura...» «UCD

tiene que ponerse de acuerdo en un hombre, y que ese hombre tenga el respaldo de la Cámara.» Y en ese

punto empezaron a saltar los nombres. Prácticamente todos los presentes coincidían en que «ha de ser

alguien que no se haya mojado en estos debates precongresales..., un hombre "au dessus de la malee",

Leopoldo Calvo-Sotelo, "Rodríguez Sahagún...».

A las ocho menos diez, un Suárez de expresión dura, de mirada dramáticamente triste, de mandíbulas

tensas y manos prietamente entrelazadas sobre su mesa de despacho, utilizaba «con fuerza moral» la

tribuna pública que la oposición encarnizadamente le regateó tanto tiempo porque sabía que era su mejor

baza: el discurso contundente, escueto, cargado de razones; el mensaje directo a la fibra sensitiva del

pueblo. «Me voy porque las palabras ya parecen no ser suficientes... No me voy por cansancio ni por

temor al futuro... Me voy sin que nadie me lo haya pedido...» A las ocho de la tarde, Adolfo

Suárez,(portentosamente!, y desde e) foso del hombre abatido, decía adiós..., pero dejaba la puerta abierta

por dentro. «Ha valido la pena», dijo. Fue su mejor discurso.

—Pilar URBANO.

 

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