Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Adolfo contra Leopoldo     
 
 Diario 16.    02/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Adolfo contra Leopoldo

AYER acudió por primera vez, tras sus vacaciones tropicales, al hemiciclo del Congreso de los Diputados

del duque de Suárez, luciendo un envidiable y saludable color de rico. Contó el duque numerosas

anécdotas a un copioso corrillo de correligionarios, pero el ambiente «interior» en el grupo parlamentario

centrista era otro muy distinto. «La gente está un poco inquieta con su regreso», comentaría un conocido

dirigente de UCD. Y es que Suárez, como IQS viejos rockeros, nunca mueren. O sea, que vuelve con

ganas de dar guerra, y ya la está dando. Por ejemplo: el extenso reportaje publicado en «El Pais» el

pasado martes por Pablo Sebastián —buena exclusiva, Pablito—, producto de largas conversaciones con

el duque, encierra inquietantes claves. Así, el texto señala con toda claridad que ha preparado y prepara

minuciosamente su resurrección política «a medio plazo».

Critica de forma sutil y submarina las recientes decisiones de Calvo-Sotelo sobre el País Vasco -Suárez

asegura que él nunca permitiría la entrada del Ejército en Euskadi— y señala que. él nunca reunió con el

Rey al Consejo Superior del Ejército. Y lo más llamativo y hasta un poco sangrante es que las

espectaculares acciones de Calvo-Sotelo tras su acceso a la presidencia —visitas al País Vasco, a los luga-

res más castigados por la sequía, etcétera—, tan bien recibidas por la opinión, son para el duque de Suárez

un «fácil recurso de su sucesor». Y después deja colgando en el aire un interrogante cargado de mala uva:

¿Quién invitó a Haig a venir a Madrid?

Finalmente, disfraza su decidida voluntad de regresar a la «meleé» con la túnica ideológica: «Yo defiendo

y defenderé un partido de centro-céntro.»

Es decir, critica abiertamente las acciones de Calvo-Sotelo, tildándolas de gestuales, resalta la existencia

de una cierta «involución» tras el 23-F y critica ya abiertamente la política antiterrorista y militar tomada

por el jefe de Gobierno. Y lo de que Suárez «ya sabía que (Leopoldo) sería un gran presidente de

Gobierno» es un simple detalle de personas educadas. Demasiado, aunque aún hay más. Rafael Arias-

Salgado, ex ministro de la Presidencia y hombre de absoluta fidelidad a Suárez, está intentando vertebrar

a su alrededor un colectivo de 50 diputados «de centro-céntro» —ya ha hablado con varios— que en otros

sectores centristas presumen que estarían al servicio político del duque. Tal operación la realiza Rafael

desde sus viejas y desempolvadas convicciones socialdemócratas, y en el partido —donde cuenta con el

apoyo del secretario general, Rafael Calvo Ortega— se estima que detrás de todo ello se intenta constituir

una nueva facción que, unida a las ya existentes de hecho, produciría una inevitable dinámica de

centrifugación difícil de contener.

QUE tendrá ése dichoso palacio de la Moncloa que ejerce tan maléficas influencias —como si de un

castillo encantado se tratara— sobre algunos de sus habitantes? Porque en el encantador «entourage» del

presidente Calvo-Sotelo ya se empiezan a detectar algunos de los hermetismos, silencios y bloqueos

informativos que hicieron tan tristemente famosos entre los periodistas a la sin par" cuadrilla de

«fontaneros» suaristas. Habrá que esperar, colegas, que se trate de una falsa alarma.. como estoy lanzado,

y con ganas de escribir, les voy a hablar de un curioso triángulo, el famoso contencioso Garcia-SER-

Cabanillas. Todo empezó en 1978, cuando la lengua incendiaria de José Mari dijo aquello de que Benito

Castejón y Pío eran tal y cual y posteriormente añadió lo de «payaso» referido al ministro. Aquello

provocó una querella de ambos contra García. Y en el último «Hora 25» Gurda volvió a utilizar otra vez

la circense alusión. Pero no fue esa palabra —«páyasete»— la más conflictiva, sino otras. Concretamente,

aludiendo a la condición de político insumergible de Pío, dijo, poco más o menos, que era capaz de ser

ministro con Franco, con la democracia y hasta con la República. Tan antimonárquica alusión inquietó a

Pío,-que llamó a un vicepresidente de la SER, amigo y gallego él, llamado Vicente Várela. Várela, según

fuentes del Gobierno, hizo alardes de una irritación muy superior a la del propio ministro. Y eso fue todo.

 

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