Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El parto de los montes     
 
 ABC.    28/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABO. DOMINGO. 28 DE OCTUBRE DE 197». PAG. 3.

ESCENAS POLÍTICAS

El parto de los montes

Tendré que echarle la culpa al ministro Pérez Llorca. Tanto se ha hablado y escrito estos días del Enteres

del ministro en que este libro no se publicase, que me ha entrado el hambre galopante de leerlo. Total, que

me he bebido en una noche, las cuatrocientas páginas de la biografía, o así, de Adolfo Suárez, escrita por

Gregorio Moran, con el subtitulo de «Historia de una ambición». Su editor, naturalmente, es José Manuel

Lara, casi el único editor español que ha sabido convertir el libro —algún libro, aunque sea éste— en una

criatura de actualidad y escándalo entre españoles.

De muchacho había oído yo contar alguna maravilla acerca de libros que alguien compraba para que no

los leyeran los demás. Contaban por aquellos años que don Juan March había comprado no sé cuántas

ediciones integras de «El último pirata del Mediterráneo», libro que yo no ha llegado a tener en mi

biblioteca, y también contaban que los jesuítas compraban sistemáticamente todos los ejemplares que se

editaban del «A. M. D. G.», de don Ramón Pérez de Ayala, aunque éste sí que logré encontrarlo.

Recuerdo que fue un confesor Jesuíta también, quien entonces hizo los oficios que ahora ha querido hacer

al ministro Pérez Llorca y pretendió arrebatarme el libro de las manos pecadoras y de los jóvenes ojos

ávidos. Naturalmente, aquel riguroso padre «S. J.» no tuvo la ocurrencia de ofrecerme siquiera una

milésima de lo que dicen que le han ofrecido a Gregorio Morán por su libro. Pero, ¿será verdad esa

historia de los millones y de las presiones políticas para abortar este alumbramiento? En esa historia sí

que podría haber un «best seller».

Si ésta es la primera bomba atómica en esa guerra de los «dossiers» que anunciaba mi amigo Pedro

Rodríguez, pueden los políticos dormir tranquilos. Como ha dicho en estas mismas páginas de A B C

Ricardo de la Cierva, esto es el parto de los montes. (Por cierto, que el otro día preguntaba Rodrigo Royo

en una de sus crónicas qué clase de criatura sería la que nació en el parto de los montes. Pues ahí la tiene,

y además en latín: «ridículus mus».) Nos habían anunciado un monstruo y ha salido un pequeño e

insignificante ratón. Si a los grandes hombres también hay que descubrirles por sus grandes pasiones, sus

grandes vicios y sus grandes errores, ahi, en ese libro, don Adolfo Suárez no pasa de ser eso que dice él

de sí mismo: un hombre normal. Cuando se pueda escribir la verdadera biografía de Suárez, todo lo que

se lee en el libro se podrá compendiar en un par de breves capítulos. La biografía del personaje Suárez

empieza casi donde el libro termina. El resto se expresa en cuatro renglones. Todo cuanto se escriba más,

no es un mazazo político: es casi un halago a la vanidad.

Insinúa Ricardo de la Cierva que, al ser Gregorio Morán militante o similar del PC, el libro podría ser un

primer torpedo carrillista contra Suárez. No sé, no sé. En este país, los torpedos en forma de libro no

abren brechas mortales. Y en los políticos, menos. Yo no conozco a nadie que haya huido de este país

perseguido por un libro, ni por un epigrama, ni por una caricatura. Todo eso viene después, para justificar

la expulsión o la orden de destierro. A los políticos no se les aplasta con su propia biografía, sino en el

momento en que ya están fuera de combate. Lo normal entre nosotros es que ni las biografías

descalifiquen, ni las memorias salven. A la única persona que le he oído decir —y eso, de referencias—

que se irá de España si se publica un libro, o sea, las memorias de su suegro, es al marqués de Villaverde.

En cambio, su suegro se quedaba tan tranquilo cuando le disparaban libros, y aguantó tan ricamente los

versos de Neruda, enviándole a los infiernos, o las bromas de Picasso, que los dos fueron comunistas,

pero que, indudablemente, no eran Gregorio Moran. Vamos, en este país, con un libro, no echamos ni a

Santiago Carrillo. Más o menos, todos nos conocemos la biografia, y en lo más que nos equivocamos es

en lo mismo que se equivoca Moran: en sí Osorto es yerno de Arburúa, o de Areilza o de Iturmendl. Pero

lodos sabemos que por ahí van los tiros.

Escribir en este país las supuestas miserias, las supuestas vergüenzas o los supuestos errores de un

político, es como escribir las coplas da Calaínos. Lo único que se consigue es que el personal te tome

simpatía, si es que no se la tiene ya. En cambio, lo peor que se puede decir de alguien es, por ejemplo, que

tiene dinero, porque eso~ya es algo envidiable, y aquí ! lo que hace estragos no es el escándalo í de los

puritanos, sino el reconcomio de los envidiosos. A don Santiago Carrillo casi todos le hemos perdonado

ya lo de Paracuellos. Se le recuerda, y él y los demás nos quedamos tan frescos. En cambio, algunos han

empezado a no perdonarle que tenga un piso decorosamente habitable no sé dónde y que lleve una cartera

de piel de cocodrilo.

Dicen que don Adolfo Suárez ha hablado un par de horas con su biógrafo. No debió de andar muy

inspirado el señor presidente en asa conversación. De otra forma, se hubiese inventado algo para que su

vida resultara más apasionante. No sé, algo a lo Kennedy con Carmencita Diez de Rivera, un Lilo que

tomara heroína, una cuenta en Suiza como los «grapos», un servicio de espionaje con Pinochet o una

conspiración contra don Camilo. No sé, algo, aunque sólo fuese un mal examen de Derecho Politico con

don Enrique Tierno Galván. Pero no. Por lo visto, su gran pecado consiste en que se ha hecho una casa en

Avila, o sea, en su pueblo, en cuanto ha tenido cuatro reales.

Cuenta Gregorio Moran que don Adolfo Suárez Jamás ha leído un libro entero y que se salió de un palco

de la ópera para ir a ver por televisión un partido de fútbol. ¡Ay!, querido e ingenuo Moran, ¿sabe usted lo

que vale esa revelación en este país? Pues no menos de un millón de votos, y seguramente me quedo

corto. Si en este pais se puede llegar a presidente del Gobierno sin leer un libro, ¿qué pretenderá usted

alcanzar con el suyo? Por cierto, que a ver si lee alguno sobre Galileo, que ni fue Copérnico ni murió a

manos del Santo Oficio. Se retractó de rodillas, dijo aquello de «y, sin embargo, se mueve», y se quedó a

morirse en un rinconcito cerca de Florencia. Claro que aprender eso no nos va a servir de mucho ni a

usted ni a mi. Porque usted escribirá libros, se retractará de ellos, buscará verdades, encontrará mentiras;

pero los políticos, «sin embargo, se mueven».— Jaime CAMPMANY.

 

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