Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   La empresa política de Adolfo Suárez: perspectiva histórica     
 
 ABC.    05/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA EMPRESA POLÍTICA DE ADOLFO SUAREZ:

PERSPECTIVA HISTÓRICA

NUNCA he militado en las filas de UCD; no he cambiado jamás una palabra con Adolfo Suárez;

tampoco hemos sostenido correspondencia epistolar. A lo largo de los últimos cinco anos,

deliberadamente, me he abstenido de hacer referencia alguna en la Prensa a la personal labor

política del Presidente a fin de que mis palabras no se pudieran interpretar como interesada

lisonja al Poder. Porque, desgraciadamente, en nuestro país es difícil que los gestos limpios

«se entiendan» en su auténtica dimensión. El gesto limpio, en mi caso, habría obedecido a una

convicción arraigada: la de que una «política de centro» sigue siendo la última alternativa

civilizada a los feroces enfrentamientos entre antagonismos inmisericordes, siempre proclives

—en España— a la guerra civil.

Me he ocupado, sí. de la gestión de gobierno de Suárez (hasta f978) en dos obras de síntesis

histórica. Subrayo la fecha límite: 1978. Porque, al menos, parece haber acuerdo entre tirios y

troyanos para conceder un «visto bueno» a la etapa política que, abierta en 1976, culmina en la

Constitución de la Monarquía. Subrayar el mérito del gobernante que cubrió ese dificilísimo

tramo histórico no respondía, pues, a una postura excepcional; reflejaba un juicio generalizado

(si dejamos al margen a los «irreconciliables por definición»).

Pero, llegado el momento en que el Presidente ha sabido coronar su obra con un gesto de

indudable elegancia, nadie podrá decir que «me apunto» al triunfador. Es, Dties, ahora cuando

quiero hacer unas consideraciones sobre lo que esos cinco años escasos en que Suárez ha

permanecido al frente del Poder representan en una panorámica de la más reciente historia de

España.

Bastará recordar —muchos lo han olvidado— en qué condiciones recibió Suárez, de manos del

Rey, el encargo de formar Gobierno: atascado el carro de la reforma, enfrentado el que había

pretendido ponerla en marcha con la oposición cerrada de los «rupturistas»; recientes aún los

desastres de Vitoria y de Montejurra, y alborotado el «bunker» en las últimas Cortes

franquistas. No mereció el nuevo Presidente, a su advenimiento al Poder, benevolencia alguna

de la «vieja» y de la «nueva» clase política: el Gabinete formado en julio de 1976 fue

considerado, de forma casi unánime, como un «inmenso error». Armándose de paciencia —su

mejor cualidad— Suárez descongeló una situación que parecía ya insuperable, abrió caminos

al diálogo con la famosa «platajunta» el reducto de los rupturistas—, consiguió que la legalidad

del Régimen anterior abriera paso a la Reforma política —cosa que se apresuraron a olvidar

frívolamente cuantos juego han hablado de «traiciones»— y propició la «devolución de España

a los españoles», según la feliz expresión acuñada por Julián Marías.

Bastaba, para contemplar el proceso del «deshielo», iras el clamoroso «referéndum» de

diciembre de 1976, resolver el difícil problema planteado por la legalización del PCE: algo

impensable para el «bunker»; algo indispensable para cuantos se integraban en la

«platajunta», y que creían, muy justamente, que la libertad es indivisible en un régimen

democrático. Dar el paso decisivo era lo mismo que cruzar la línea divisoria entre el ayer

fenecido y el futuro insoslayable; era, contra los que algunos creían, el carpetazo final de la

guerra civil: el gesto que dejaba atrás los viejos fantasmas del odio para posibilitar una

«reconciliación» entre las dos Españas de 1936... y de 1975. La audaz iniciativa de Suárez

desvaneció las reservas de los demócratas de uno y otro color ante las anunciadas elecciones

a Cortes. E impulsó la configuración de UCD en torno a la jefatura del propio Suárez.

Las Cortes reunidas en 1977 fueron las Cortes del «consenso». UCD tenía su propio proyecto

constitucional, pero lo dejó a un lado para abrir camino a un texto que reflejase el acuerdo entre

todos los núcleos políticos refrendados por las elecciones. Culminaba así el programa expuesto

por el propio Rey, ante las últimas Cortes del franquismo, en su primer acto como Soberano:

«Que todos entiendan con generosidad y alteza de miras que nuestro futuro se basará en un

efectivo "consenso" de concordia nacional...» Sólo era posible desplegar ese plan consensual

desde una posición de centro, con absoluta voluntad integradora: la voluntad integradora es la

mejor definición del centrismo. También resulta lógico que desde posiciones maximalistas

brotasen las resistencias o las ironías contra el «consenso», convertido en sinónimo del

«pasteleo», de lo «poco claro». (Los historiadores sabemos que el fracaso de un intento de

«consenso» —el Estatuto de 1834— abrió paso a la primera de nuestras grandes guerras

civiles; que el logro de un «sistema de centro» pactado —el «Pacto de El Pardo»— hizo posible

la más larga etapa de paz civil vivida en nuestra época contemporánea; y que, por el contrario,

la «intransigencia» proclamada como norma —el rechazo de alternativas de «centro» a una

izquierda rupturista— despeñó la República en el abismo de la última y más feroz de nuestras

contiendas internas.) La labor política desplegada entre 1976 y 1978 difícilmente podrá hallar

parangón a lo largo de siglo y medio de turbulencias y de colapsos de la libertad.

Pero esta delicada labor tropezó con dificultades crecientes a partir de su momento de plenitud.

Las elecciones de 1979 no cristalizaron en una mayoría absoluta dentro del Parlamento.

Cualquier paso adelante por parte de una minoría mayoritaria sólo podía darse desdibujándolo

entre concesiones: porque el consenso estaba roto. Y las dificultades se manifestaron en un

doble plano: el que creaban las oposiciones de izquierda y derecha en algo tan esencial como

el desarrollo orgánico de los principios constitucionales —fundamentalmente, la articulación del

«Estado de las autonomías»—, y el que tenía su origen en (as diferencias intestinas respecto a

la «dirección» de las concesiones, inevitables, para seguir avanzando.

Comprendo, desde luego, como cosa lógica —y legítima— el juego de acusaciones y

reacciones desplegado por la oposición izquierdista, aunque en muchos casos el ataque

responda a simple táctica que encierra una ciara contradicción —todos hemos contemplado el

cuadro de reservas y recelos desplegados en las Cortes cada vez que a éstas llegaba un plan

de acción contra el terrorismo; no deja de ser chusco que los mismos sectores políticos que po-

nían obstáculos al Gobierno en ese terreno le acusaran luego de escasa eficacia o, incluso,

rizando el rizo, de «beneficiarse» de la situación que el terrorismo generaba (¡..!)—. Y algo

parecido cabría decir de la «toma de posiciones» frente a la configuración de las autonomías —

respecto al ritmo y al alcance de los diversos procesos autonómicos—.

Pero, en fin, repito que esa táctica o esa propaganda «desde» la oposición siempre resultará

legítima. En cambio, si se puede comprender ia crisis intestina en la propia UCD, no por ello

dejará de ser condenable la manera de actuar grupos y grupúsculos en el «gran partido» del

Centro. Puesto que se trata de «familias ideológicas» integradas bajo un denominador común

—la equidistancia de los extremos—, no parece legítima la confrontación entre ellas en nombre

de principios que las polarizan hacia posiciones mantenidas, desde fuera, por la oposición

derechista o por la oposición izquierdista. En cualquier caso, la credibilidad de una política de

centro depende de su «apertura» a la izquierda mucho más que de su supeditación a la

derecha. El «centro» hubiera dejado de serlo sumándose a los resistentes a la legalización del

PCE; o dando luz verde al estado de excepción en Euskadi; o desvirtuando la reforma fiscal

que a tantos ha lanzado al campo de la pura reacción. En la tensión que en torno a esa

alternativa —«apertura» a la izquierda; «apertura» a la derecha— ha desencadenado la actual

crisis de UCD juega, por añadidura, el turbio poso de las pequeñas ambiciones desplegadas en

el empeño de una posible «eliminación» de Suárez, de su liderazgo «absorbente».

Así se entiende perfectamente el gesto del Presidente. Su oportuna retirada mantiene intacta

su propia noción del centrismo, pero evita, de momento, una ruptura en el seno del partido. La

decisión de Suárez se ha producido cuando e! endurecimiento de los sectores divergentes,

dentro de UCD, amenazaba con un desplazamiento de la moderación por el extremismo. De la

moderación dijo Azaña —el mejor Azaña—: «La moderación, la prudencia de que yo hablo,

estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad; es decir, en la

exactitud...» Del extremismo escribió Ortega: «Texto extremismo... consiste en excluir, en

negar, menos un punto, todo el resto de la realidad vital. Pero este resto, como no deja de ser

real porque le neguemos, vuelve, vuelve siempre, y se nos impone, queramos o no. La historia

de todo extremismo es de una monotonía verdaderamente triste: consiste en tener que ir

pactando con todo lo que había pretendido eliminar.» La moderación, el equilibrio, son

sinónimos de autenticidad. (En la ocasión cenital de su triunfo en las elecciones de 1977,

«L´Express» subtituló la fotografía de «premier» español con un texto de Esquilo perfecto para

el personaje: «La medida —"mesure"— es el bien supremo.»)

Suárez nos dijo, en su despedida televisada, que ha permanecido en el Poder durante más

tiempo que cualquier otro jefe de Gobierno a lo largo de ciento cincuenta años de vida española

—en situaciones liberales—. Me permitiré, como historiado corregir ese dato. Dos etapas

políticas e régimen parlamentario superaron —e meses— el récord de Suárez. La primer —el

Gobierno O´Donnell, de 1858 a 1863-dio el primer esquema de una política «> centro» (la

Unión Liberal); la segunda — Gobierno Sagasta, de 1885 a 1890— permitió la definitiva

conversión de la Reste ración canovista en un plano de convergencia de las dos Españas

separadas por revolución de 1868. O´Donnell cayó con consecuencia de la polarización, a

derecha e izquierda, de sus seguidores; Sagas presionado por las maniobras sucias de

«impacientes»: los que se sentían crecientemente desazonados por su prolongado disfrute del

Poder. Inevitablemente, la tutoría se repite.

Carlos SECO SERRANO

 

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