Autor: Jiménez de Parga y Cabrera, Manuel (SECONDAT). 
   Nueva luz sobre el desastre de UCD     
 
 Diario 16.    17/06/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA

Catedrático de Derecho Político

Nueva luz sobre el desastre de UCD

Los espectaculares resultados de las elecciones británicas permiten una aproximación inédita al desastre

centrista español. Hay muchos datos semejantes entre la catástrofe del laborismo inglés y la de la difunta

UCD.

El electorado del Reino Unido ha puesto de manifiesto que en las sociedades europeas las posiciones

extremistas sólo cuentan con adhesiones minoritarias. Son opciones con un «techo» insuperable. La

espectacular victoria de los conservadores (no obstante, haber recogido un 1,5 por 100 de votos menos

que en 1979) se debe a la radicalización del Labour Party, que el 10 de noviembre de 1980 cambió a!

moderado centroizquierdista James Callaghan por el socialista Michael Foot en la cúspide de la

organización.

Y aquí empieza el paralelismo entre laboristas ingleses y ucedistas españoles. A los primeros, bajo el

liderazgo de Callaghan se les decía: «Estáis haciendo una política de derechas con los votos de la

izquierda.» A la UCD, desde que apareció en escena en 1977, se le reprocha: «Hacéis una política de

izquierdas con el voto de la derecha.»

Iguales escisiones

Tanto e! Partido Laborista como la UCD se defendieron de esas acusaciones. Pero cuando el adversario es

tenaz y cuenta con instrumentos eficaces de difusión de ideas, puede conseguir que sus criticas

infundadas calen en las filas de los militantes del partido atacado y, sobre todo, en los votantes del mismo.

Algunos socialistas británicos llegaron a creérselo: «Realmente —pesaron— este Callaghan es un hombre

de la derecha.» Por eso se echaron en los brazos de Foot, cuya identidad izquierdista no ofrecía la menor

duda. Muchos ucedistas españoles estaban convencidos, a partir de 1979/1981, que Adolfo Suárez era de

izquierdas. Por eso acogieron con satisfacción el nombramiento de Leopoldo Calvo-Sotelo.

El paralelismo Labour Party-UCD continúa. El 24 de enero de 1981, en el congreso de Wembley, el

sector centroizquierda del laborismo no acepta la orientación oficial del partido, claramente escorado a la

izquierda, y esta disensión interna termina en la creación del Social Democratic Party, que concurriría a

las elecciones del 8 de junio formando alianza con los liberales. Por las mismas fechas en España van

consumándose, uno a uno, los abandonos de la UCD por parte de quienes defendían el centroizquierda: la

maquinaría oficial del partido se escora a la derecha y así se presenta a las elecciones del 28 de octubre.

Los laboristas han perdido entre 1979 y 1983 el 9,3 por 100 de su electorado, lo que es una cantidad

extraordinaria dado el sistema peculiar de los partidos en Gran Bretaña. El Labour se ha salvado de la

«débácle» que padeció UCD gracias a una ley electoral, de inspiración mayoritaria, que protege a los ya

instalados. Pero, la alianza liberales-socialdemócratas se ha quedado detrás del Labour Party por

solamente tres puntos, de 24,6 por 100 a 27,6 por 100, lo que demuestra que no era cierto que los

electores de Callaghan deseasen una gestión más izquierdista.

En España, después del 28-0, nadie se ha atrevido a repetir que UCD hizo una política de izquierdas con

el voto de la derecha: una parte considerable de los electores centristas en 1977 y 1979 han apoyado al

PSOE en 1982.

Los votos prestados a! PSOE son ese amplio centroizquierda español que el 28-0 rechaza a una UCD

derechizada, como el centroizquierda británico ha rechazado el 8-J un laborismo izquierdeado.

Lamentos tardíos

Se va viendo todo más claro. Si UCD hubiese optado por conservar el electorado más a su izquierda, hoy

sería —pienso— el partido dominante.

La mayoría absoluta de los socialistas se consigue precisamente con la incorporación de los votantes a su

derecha, (Más o menos los mismos que UCD infravaloró.) Si el Labour Party hubiese reemplazado a

Callaghan por otro líder de su misma significación política y los radicales socialistas no hubiesen

prosperado en el congreso de Wembley, la señora Thatcher probablemente no estaría hoy en el número 10

de Downing Street. (Los laboristas y la alianza socialdemócrata-liberal han sumado el 52,2 por 100 de los

votos, frente a sólo el 42,4 por 100 de los conservadores.)

Una última coincidencia: los socialistas británicos lamentan ahora haberse equivocado con su campaña

anti-Callaghan y se han dado cuenta tarde de que aquella política, de apariencia derechista con el voto de

la izquierda, era oportuna y conveniente. En España son muchos los que añoran —o deberían añorar,

supongo— la inicial política de «izquierdas» de la UCD con el voto de la «derecha». Pero ya es tarde,

tanto aquí como allí, para los miopes.

 

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