Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Castañas pilongas     
 
 ABC.    15/11/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC/JUEVES. 15 DE NOVIEMBRE DE 1979. PAO. S.

ESCENAS POLÍTICAS

Castañas pilongas

Mire usted, Ferlosio: he leído con la atención que guardo siempre para todas sus letras ese artículo suyo,

en el que tantas travesuras hace usted conmigo. Me mete usted en las tabernas, me hace hablar con

lenguaje de disputas de matones, me pinta usted galleando, dejando a mis adversarios callados y corridos

a fuerza de desplantes retóricos, de retruécanos hueros, de corrimientos semánticos y de mala fe verbal.

Y, además, me convierte usted en ese Tío Cayetano que sacan los Quintero en «Las de Caín» y que repite

una y otra vez —según usted— una muletilla como argumento irrebatible: «Pero digo yo: ¿consultó usted

a su padre para subir al balcón?» Todo esto lo trae usted a cuento para salir en defensa de don Juan María

Bandrés, que en estos días se ha hecho famoso con el tema de las torturas. A sus alcances, todo ese estilo

de disputar lo habría gastado yo en convertir al señor Bandrés de acusador en acusado, y también me

parece que insinúa, entre dientes, escondiendo la boca y bajando la mirada para que no se le entienda muy

claro, que al escribir eso que escribí estaba defendiendo al Gobierno como periodista de «campaña» y de

«politización». Vamos, en plan de pluma de alquiler o de escribiente al dictado.

Ay, Ferlosio, que me parece que no sabe usted quién es el señor Bandrés, ni quién soy yo, ni siquiera

quién es el Tío Cayetano. Y, encima, cree usted que los matones están ahora en la taberna, que parece que

vive usted en el tiempo de los hermanos Alvarez Quintero, porque hoy en día se los encuentra uno en

donde menos se piensa y en donde menos debieran estar, y lo mismo se quitan la toca de abogado para

departir con los de la metralleta —es un suponer, como lo de las torturas, que es otra suponer—, o dejan

la metralleta para irse al Parlamento.

Mire usted, Ferlosio: cuando yo dtje que eso de las torturas .del señor Bandrés había que probarlo antes

de rasgarnos las vestiduras, es que ya he visto más de una vez por dónde venia Su Señoría el diputado. Y

mire usted qué pronto se le .ha quedado viejo y ocioso su artículo, como si a los argumentos les hubiese

entrado el paralís. Porque mientras usted abría la boca en el corro del señor Bandrés, los amigos politicos

del señor Bandrés ya estaban inventando una nueva fechoría para conseguir del Estado no que deje de

torturar a los detenidos, sino que los ponga en la calle. Pero, hombre, Ferlosio, si algo hay aquí que a uno

le choque no es que se torture a los detenidos, sino que a los condenados se les ponga en Suècia con un

par de millones en el bolsillo."Con esos precedentes uno comprende que el pasar unos días en la cárcel de

Soria o unas horas en la Comisaria resulte una tortura. Y esto, naturalmente, es un retruécano. ¡Caramba,

Ferlosio, no quiera usted cargarse el poder sintético de fa retórica! Eso si que hay que dejarlo para los

matones del lenguaje.

Mire usted, Fertosio: ni los hermanos Alvarez Quintero, que en paz descansen, ni siquiera los hermanos

Abril Martorell, cuya vida guarde Dios muchos años, se van a creer eso de que yo me recreo en

corrimientos semánticos para apoyar al Gobierno en algo qu« no me parezca bien. Ay, que me parece que

me lee usted poco. Vamos, que no me frecuenta, y que alguien le habrá pasado el recorte, porque ni

siquiera ha aprendido a escribir correctamente mi apellido, y que no le tengo en cuenta ninguna de las dos

cosas, ni me voy a poner a acusarle de corrimientos ortográficos. Ya ve usted, Ferlosio, que no le tomo

nada a mal, y que extremo la humildad en este punto, porque ni siquiera le digo eso, que sería muy del

Tío Cayetano, de que «usted no sabe con quién está hablando», ni aquello otro, que sería muy de Cela, de

que no se da cuenta con qué clase de sujeto se está usted fugando los cuartos.

Y volvamos, si quiere, a lo de las torturas, que es lo que le desazona. Mire usted, Ferlosío: a mí me

parece, y usted dígame si me equivoco en mucho, que las gentes de este país no andan por ahí temerosas

y acobardadas por si la Policía les coge y fes tortura. Algún miedo, desde luego, tiene la gente. Pero ese

miedo no es a que le torturen tos guardias, sino a que le pille la bomba de Barajas, la de Atocha o la de

California-47, o sea, esas bromas —ya que a usted le molesta que yo las llame torturas— que nos gastan

los amigos políticos del señor Bandrés. Mire usted que yo creo que esos amigos políticos del señor

Bandrés son unos lagartos, y que, para hacerse perdonar de usted el que ellos matan, nos vienen diciendo

que los guardias les ponen avispas eléctricas en las ingles y les dan con la guía telefónica en la cabeza.

Puede usted creer, Ferlosio, que yo no soy partidario de que le pongan a nadie nada en las ingles, como no

sea polvos de talco, ni que le sacudan en la crisma con la guía de teléfonos. Lo único que se debe poner

en la cabeza de los delincuentes es el Código Penal. Primero dicen lo de lat torturas y después secuestran

a ese muchacho de la UCD, Javier Rupérez, que resulta ser un predicador de los derechos humanos desde

que era un adolescente. Esos lagartos, Ferlosio, de derechos humanos, nada.

Mire usted, Ferlosio T en «Las de Caín» —que también se le ha ocurrido a usted ir a buen sitio a buscar

un personaje— sale un señor llamado Emilio, que ha escrito un saínete. Se titula «Castañas pilongas».

Pues en eso me parece que se ha quedado lo que usted me dice. Castañas pilongas, Ferlosío, castañas

pilongas. Respective —y esto me pasa por haberme metido usted en el saínete— a lo de que yo vaya por

ahí preguntándole a la gente si le ha pedido a su padre permiso para subir al balcón, no se lo voy a

preguntar ni siquiera a usted. Pero, hombre, Ferlosio, que las deja usted como se las ponían a Femando

Vil.

Mire usted, Ferlosio, no haga usted demasiado caso de los que por ahi escandalizan y luego no prueban

nada. Algunos políticos no se gritan verdades. Se gritan conveniencias, coartadas y señuelos. Cuando oiga

gritar a un político como el señor Bandrés, desconfíe, aunque después repitan el grito los cor relindes y

los tiracantos. Y, a propósito, Ferlosio: ustedes, los Sánchez Mazas, tienen palacios e Influencias en

Coria. ¿Podría decirle usted al Bobo que no grite tanto?

A mandar, Ferlosio. Cuando me encuentre en una taberna pida un vaso. Está Invitado.—Jaime

CAMPMANY.

 

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