El partido del Gobierno     
 
 El País.    04/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El partido del Gobierno

EL ABANDONO de UCD del diputado Díaz-Pinés para ingresar en Alianza Popular y la baja de un

grupo de diputados y senadores —cuyo número rebasa ya la quincena— bajo el liderazgo de Francisco

Fernández Ordóñez para constituir un grupo parlamentario independiente parecen anunciar la próxima y

posible liquidación por derribo del partido del Gobierno.

Falta perspectiva aún para formular un diagnóstico seguro acerca de las causas que explican el deterioro

de UCD. La prolongada crisis del centrismo comenzó con las derrotas electorales en Andalucía, Cataluña

y el País Vasco en febrero-marzo de 1980, prosiguió con la moción de censura socialista de esa

primavera, continuó con las maniobras para forzar la dimisión de Suárez, se hibernó con el golpe del 23

de febrero y rebrota ahora, con fuerza todavía mayor, tras el homicidio masivo de los aceites tóxicos, la

debilidad gubernamental frente a la contraofensiva de los golpistas, el relevo en RTVE y la hecatombe en

las urnas gallegas.

La salida de UCD de lo más significativo y honesto del grupo socialdemócrata ha deparado, por lo pronto,

a Agustín Rodríguez Sahagún una nueva oportunidad para columpiarse. Mientras los comunicados acerca

de la reunión del Comité Ejecutivo centrista anunciaban una nueva tregua, descartaban la convocatoria de

un congreso extraordinario y arengaban en favor del sosiego. Rodríguez Sahagún enseñaba el camino de

la puerta a los discrepantes, corno si dudara de que fueran a tomarlo. Sin embargo, Fernández Ordóñez y

su grupo, en el que ya no figuran quienes disfrutan de los favores del poder o quienes arden en deseos de

disfrutarlo en breve, han decidido irse.

Su decisión paralela de apoyar parlamentariamente al presidente Calvo Sotelo y no desestabilizar así al

Gobierno echa por tierra las acusaciones indiscriminadas de irresponsabilidad. Parece como si en la vida

pública española algunos pretendieran mover ellos solos las piezas del tablero y les consume la santa

indignación cuando el adversario responde con su propia jugada desde su propia conciencia. La tendencia

socialdemócrata dentro de UCD ha sido hostigada por unos y por otros y acosada por esa extraña alianza

que los martinvillistas y los liberales de anteayer están forjando para ofrecer su apoyo al presidente

Leopoldo Calvo Sotelo, un conservador cada día más evidentemente alejado del liberalismo. No resulta

sorprendente que Fernández Ordóñez y sus seguidores hayan elegido la salida del partido, y antes del

Gobierno, como una opción preferible a seguir desempeñando el papel de chivo expiatorio de las

debilidades y carencias del poder.

El futuro de ese pequeño grupo, que no ha buscado hasta ahora su propio espacio electoral, dependerá de

muchos factores; entre otros, de su capacidad para convertirse en un aglutinante de esa serpiente de las

cuatro estaciones que es el proyecto de un partido-bisagra. No parece imposible que exista una base social

y un potencial de votantes para una plataforma política situada entre el PSOE, por la izquierda, y lo que

resulté de la agonizante UCD, por la derecha. Sin embargo, ni la ley electoral, ni la desgana para la

participación ciudadana, ni las dificultades de financiación, ni los celos, rivalidades y maniobras dentro de

la clase política hoy desempleada pueden mover a un exagerado optimismo a quienes consideren su deber

y derecho intentar esa aventura. La oferta del PSOE de integrar independientes en sus listas electorales

para los próximos comicios parece, en cualquier caso, una oportunidad para los socialdemócratas si

fracasan en su tentativa de conquistar un lugar al sol propio en el panorama político español.

La cuestión más importante ahora es averiguar cuál va a ser la respuesta del presidente del Gobierno, que

tiene en sus manos los poderosos resortes del poder estatal. Las elecciones gallegas pueden ser

interpretadas como una derrota de Leopoldo Calvo Sotelo, al igual que lo fue para Adolfo Suárez el

adverso resultado de las urnas en Andalucía, Cataluña y el País Vasco durante el primer trimestre de

1980, y como una demostración de que, puestos a elegir entre dos opciones apenas distinguibles, los

ciudadanos pueden sentirse más atraídos por la contundencia de un Fraga que por la frialdad del actual

presidente del Gobierno. La plataforma moderada y parte del actual equipo gubernamental apuntan, sin

embargo, hacia la hipótesis de que, a diferencia del Cid, Adolfo Suárez sigue perdiendo batallas aun

después de su muerte política, con el corolario de que es necesario borrar hasta el último rastro de su

memoria en UCD. La primera interpretación llevaría a una especie de rearme suarista del centrismo,

mientras que la segunda abocaría inevitablemente a una gran derecha cada día más controlada quizá por

Manuel Fraga.

La desaparición de Francisco Fernández Ordóñez del escenario de UCD permitirá a esas tendencias

enfrentadas llevar hasta el límite su conflicto. Pero la tentación posible de disolver las Cámaras y

adelantar las elecciones generales debe ser ahuyentada. El Gobierno no va a ser debilitado en el

Parlamento, y no es conveniente ni deseable aumentar ahora la inestabilidad política. Nadie obligó a

Calvo Sotelo a asumir la jefatura del Gobierno. Debe llevar la carga hasta el final de la legislatura si es

posible, y no repetir la audacia imperdonable de su predecesor, que facilitó sin duda la intentona golpista

de febrero.

 

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