Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Noticias para el desánimo     
 
 ABC.    13/11/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

MARTE S, 13 DE NOVIEMBRE DE 1979. PAG. 3.

ESCENAS POLÍTICAS

Noticias para el desánimo

Es triste. Esto es ya una larga historia triste. La mejor manera de acertar en la profecía de este tiempo de

España es la de predecir desgracias. Las canciones de vida y esperanza suenan a música celestial. Quizá

dentro de poco el orgullo español por haber protagonizado una transición pacífica quedará convertido en

una pre-sunción sin sentido. Hay que evitar que crezca esta pirámide de muertos. Y hay que evitar que la

violencia siga triunfan-do sobre la ley. Tal vez hemos consegui-do la libertad, pero estamos lejos de la

igualdad, la fraternidad y la justicia. Y a cada momento que pasa esa libertad se convierte en libertad para

el más fuerte, para el más rebelde, para el más violento.

No se puede vivir siempre en medio de esta inquietud constante, de este susto prolongado, de este

sobresalto que no cesa. Se acaba la paciencia y se desmaya el ánimo. Casi ya no quedan profetas de la

catástrofe, ni golpistas exaltados, ni vo-ces apocalípticas. Y esto seria bueno si no fuese porque todo eso

ha sido susti-tuido por algo seguramente peor: por un evidente desaliento, por un generat desa-nimo. Las

gentes de este pais están fatiga-das de recibir malas noticias, de com-probar la manifiesta mala fe de

algunos políticos, la inmensa perplejidad de otros, el deterioro sucesivo de los pilares en que debe

fundamentarse el Estado, cualquier Estado, el grado creciente de indefensión en que se encuentra la

sociedad ante tan-ta violencia. Ya casi nadie reacciona con ira, y esto sería también bueno, si no fue-se

porque reaccionan con un síntoma aún más preocupante: la pasividad, el desen-tendimiento.

Ya no son los hechos, con ser los he-chos graves y numerosos. Son también las circunstancias que los

rodean, las reac-ciones que les acompañan, la incapacidad para que no sigan produciéndose en cade-na, el

ejemplo que cunde. Y, sobre todo, lo que más desalienta es que nadie se pone en serio a ordenar la

relación de esos hechos, a estudiar sus causas y sus orígenes, a ver la manera de preverlos, a estudiar la

forma de evitarlos y corregir-los. Ha llegado un momento en que parece como si la Justicia fuese una

carga pesa-da y terrible que nadie quiere cargar, un muerto maldito que nadie quiere echarse al hombro.

Han secuestrado al diputado centrista Javier Rupérez. Lo han secuestrado en Madrid, a la luz del sol. A

cambio de su libertad piden la libertad de los presos vascos. No de todos los presos, sino de los vascos. O

sea, de los presos que de-ben responder de ametralla miemos a man-salva, de tiros en la nuca, de asesina-

tos premeditados. Y todo esto sucede cuando un profesor socialista acaba de pedir lo mismo: la amnistia.

Todo esto su-cede cuando un diputado vasco como lo es don Juan María Bandrés acaba de po-ner su

atención exclusiva hacia el respe-to de los derechos humanos en la denun-cia pública de unas torturas que

nadie ha demostrado. Quien se desgarra las vesti-duras democráticas ante una foto de Mi-guel Amilibia

mostrando dos llaguitas en las piernas, justifica como lucha patriótica las escenas de los cuerpos

acribillados y de las cabezas voladas. Y todo esto suce-de cuando don Enrique Múglca, socialis-ta

moderado y también vasco, acaba de decir que «cuando la ETA se dé cuenta de que la sangre no ha

servido, sentirá escalofríos». La ETA no siente escalofríos. La ETA produce escalofríos. La ETA no sien-

te escalofríos ni ante la colina que ya for-man sus víctimas, ni ante la opinión pú-blica, ni ante los

Tribunales de Justicia, ni mucho menos ante los políticos que les condenan a una regañina y se ponen en

seguida a hablar de otra cosa.

En Salvatierra han ametrallado el cuar-tel de la Guardia Civil. Dos guardias civiles han resultado heridos

de gravedad. El te-rror se extiende también hacia Álava. Has-ta ahora, los diputados gozaban, al pare´ cer,

de un salvoconducto de ETA para andar por la vida. El atentado a Gabriel Cuneros y el secuestro de

Javier Rupérez hacen pensar que la guerrilla contra la Ley llega también al templo de las leyes y alcanza a

sus oficiantes. El terror, antes guarecido en las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya, se extiende ahora

hacia Nava-rra y Álava. En un control navarro ha muerto un concejal de Lacunza. Sería te-merario

intentar adivinar si ese concejal huía de la Guardia Civil, cometió la impru-dencia de saltarse el control, o

que ta Guardia Civil quien cometió una impru-dencia al disparar. Pero antes de que se-pamos nada sobre

ello, ya hay fuerzas políticas que convocan a huelga. Estamos, desde la política, discriminando a los

muertos.

En Santander han volado una nave de la empresa Equipos Nucleares. En Madrid han lanzado «goma-2»

contra las viviendas —viviendas, no cuarteles— de la Guardia Civil. En Barcelona, la Guardia Municipal

ha abatido a tiros a un delincuente habi-tual que huía en un coche robado. El al-calde de Barcelona, el

socialista Narciso Serra, ha suspendido en sus funciones a los que han perseguido al delincuente, an-tes

de que nadie investigue sí se excedie-ron o no en su misión. Los funcionarios de la prisión de Herrera de

la Mancha es-tán encerrados como protesta por las acu-saciones de que han sido objeto. Los d« Valencia

les han imitado. Los presos de Carabanchel preparaban una fuga espec-tacular, de la cual nadie daba

noticia pun-tual y cumplida horas después de que la noticia estuviese ya en manos de los pe-riodistas

sobre las mesas de las Redaccio-nes. En algún lugar del Norte, un guarda jurado ha sido muerto a tiros en

un bar.

Todo esto y más ha sucedido en pocas horas. Llegan noticias de que en las cár-celes impera la ley de los

violadores ho-mosexuales, de la mafia del crimen, de la rebeldía y de la droga. Los delincuentes se

insolentan ante sus jueces. Los ciudadanos presumen públicamente de violar las leyes penales y de matar

a los más indefensos seres de este mundo. Los funcionarios de la Justicia se van de huelga. El delito es

algo que «está ahí», que hay que aceptar, y la Ley y el orden son represiones odio-sas que hay que barrer.

Hay diputados que firman haber infringido el Código Pe-nal, en vez de debatir su reforma. Un juez,

también. Las calles españolas son la Ex-popomo-79. Los policías están desalenta-dos. Los jueces están

abrumados bajo los legajos. Los ciudadanos están a punto de ponerse una estrella de «sheriff» en la so-

lapa, o de recurrir a la ley de Lynch, o de quedarse quietos y acobardados.

Este país penetró ilusionadamente en la democracia en aquel referéndum de la re-forma política. Habrá

que decirle que todo parecido de la democracia con este cuadro es pura coincidencia.—Jaime

CAMPMANY.

 

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