Suprimido el "pacto de silencio". 
 Landelino Lavilla consiguió respeto para las minorías     
 
 ABC.    26/09/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

SÁBADO 26-9-81

ABC/5

NACIONAL

Suprimido el «pacto de silencio»

Landelino Lavilla consiguió respeto para las minorías

MADRID (Carlos Dávila).

Leopoldo Calvo-Sotelo, en una intervención de urgencia, casi fulgurante, consiguió introducir en el

documento del compromiso centrista una enmienda por la cual UCD invita a todas las personas afines a

su amplia ideología a que colaboren con el partido. Este fue, quizá, el primer y más importante logro,

suscrito por unanimidad, que UCD acuerda desde hace muchos meses. El Comité Ejecutivo de ayer, salvo

la salida imprevista de Fernández Ordóñez, se movió así en un clima de relativa templanza, distinto al

espeso y tenso que ha sido común desde que este órgano se constituyó tras el Congreso de Palma.

El documento de Sahagún fue, en síntesis, sustancialmente modificado. Esto permitió que fuera votado

por unanimidad, aunque algunos consejeros como Landelino Lavilla —que quiere recobrar protagonismo

a pasos de gigante— se reserven algunas reticencias para exponerlas en el Consejo Político de pasado

mañana. La opinión coincidente es, en cualquier caso, que el «heptálogo» preparado por la dirección es

inocuo y sirve solamente para una cosa: para dar constancia en las bases provinciales de que los notables

del partido son capaces de entenderse aunque sea una sola vez. Algo es algo, pero, desde luego, no

suficiente. El texto resulta así escasamente parecido al leído por Rodríguez Sahagún hace siete días.

El Comité Ejecutivo, huérfano de ausencias significativas, redactó un preámbulo corto que tiene una

fuerte carga ideológica, analizó mínimamente el dilema mayoría-minorías y abrió los brazos de la

organización al posible ingreso de políticos hasta ahora independientes, cuando no singularmente

opuestos a UCD.

ROTO EL SILENCIO

Pero hay algo más. El pacto de silencio que pretendía imponer la dirección, con un lenguaje admonitorio

e infantil, ha quedado prácticamente suprimido. Los críticos del Comité, representados en esta ocasión

por Joaquín Satrústegui, hicieron cuestión de gabinete de la supresión de este punto que ya había sido

protestado pública y privadamente por casi todos los principales líderes centristas. UCD, pues, a partir de

ahora, será un partido discreto, pero no secreto. La diferencia justa entre una institución política

autoritaria y dictatorial y otra que hace de la democracia y de la libertad sus características más

irrenunciables. También en este punto el documento presidencial ha salido ganando, aunque sigo

pensando que el escrito no servirá ni siquiera como base de partida para un entendimiento posterior.

Es posible, sin embargo, que gracias a diversos factores, entre los cuales no debe olvidarse el miedo a los

fracasos electorales y la debilidad individual de_ cada sector, UCD pueda recuperar su espíritu unitario,

su voluntad de permanencia como tal organización partidaria. El peligro de ruptura se está desvaneciendo

a medida que proliferan los pactos, y se deriva en el convencimiento de que la «voladura controlada» es,

en estos momentos ya claramente preelectorales, una operación arriesgada de consecuencias negativas en

las urnas.

Ayer en la reunión del Comité Ejecutivo se «oyó» el silencio espectacular de Adolfo Suárez y sonaron

con fuerza las palabras de tres líderes casi históricos: Calvo-Sotelo, Landelino Lavilla y Fernández

Ordóñez. Por empezar por el último —siempre sus actitudes son las más inexplicables— hay que destacar

su insistencia en introducir en el preámbulo una referencia expresa al carácter progresista de UCD, una

referencia que curiosamente ni siquiera fue contestada por el presidente del Congreso de los Diputados,

personaje más conservador y reticente a reconocer las veleidades modernistas del partido que él fundó.

Ordóñez debe estar contento por ello, y los progresistas de este país agradecidos. Lo malo es que sus

actitudes testimoniales y su contribución a la pureza natural de UCD tienen muy poco que ver con sus

turbias maniobras de pasillo y sus devaneos politiqueros.

El ex ministro se ocupa ahora mismo, al tiempo que prepara el documento («el que va a enfadar»)

Socialdemócrata, de entenderse con el liberal más solitario de UCD, con un Ignacio Camuñas persistente,

que ha vuelto en Roma a pedir ficha a cualquiera que circule por los aledaños del poder gubernamental.

Ordóñez, siempre sorprenderá con estrategias mercantiles y esta querencia le resta credibilidad.

«¿Cuántas veces me has traicionado hoy?», le preguntaba Joaquín Garrigues.

RESPETO A LAS MINORÍAS

La aportación de Lavilla ha sido también importante, y ha sido, al mismo tiempo, estrictamente

estatutaria, algo que se echaba en falta en el documento que fue base del aprobado ayer por unanimidad.

Lavilla insistió en una referencia expresa al respeto a las minorías, al reconocimiento literal de unas

fuerzas que dentro del partido han tenido hasta ahora que constituirse en plataformas para no ser

aplastadas por la potencia de los votos provinciales. UCD —y ésta es la clave para entender las diferentes

concepciones del partido— se entiende desde el «aparato» que ha venido predominando desde su

creación, como una organización de masas en la cual la mayoría impone invariablemente sus criterios por

mucha que sea la presencia cualitativa de los cuadros políticamente mejor dispuestos.

Esta concepción, que parece un error en un partido de centro, ha sido la culpable de que las tendencias —

que pronto pueden tener una articulación más cómoda que la simple clandestinidad— hayan sido

sistemáticamente silenciadas y hasta, en muchas ocasiones, denostadas, injuriadas y laminadas. Tras este

Comité Ejecutivo y después del Consejo Político del lunes, las tornas pueden variar sensiblemente. Este

ha sido el gran tanto de Landelino Lavilla, que ha vuelto a escena cumplidos unos meses de estricta

observancia parlamentaria, alejado de cualquier protagonismo partidario.

Leopoldo Calvo-Sotelo, por su parte y a pesar del ambiente distendido y del acercamiento entre Calvo-

Sotelo y Suárez, Fernández Ordóñez desconfía del resurgimiento de Lavilla como decía al principio, ha

conseguido abrir expectativas para nuevas incorporaciones. Una cuestión imprescindible que hasta ahora

ha encontrado en la dirección de UCD y en un sector concreto —el suarista— más dificultades que

alientos. De aquí su triunfo. Es de suponer que Adolfo Suárez, con quien el presidente ha comenzado a

negociar, haya exigido contraprestaciones para tanta comprensión. «¿Qué quieren los suaristas —se

preguntaba ayer un consejero—, que no han hecho más que ceder y ceder? Los suaristas, a mi juicio y en

una prueba más de una capacidad para avizorar el futuro político y para desdeñar lo accesorio en favor de

lo fundamental, se han reservado para batallas posteriores, las batallas que se van a plantear apenas

terminen las elecciones gallegas y se inicie la lucha por el reparto de poder en tres frentes: el Gobierno, la

dirección del partido y la composición del Comité de Acción Electoral.

Los tres frentes tendrán que abordarse al mismo tiempo. Además, la negociación será conjunta, lo que

garantiza una operación de reparto con mejores y mayores regalías para contentar a unos y a otros. Es

pronto para iniciar las cábalas sobre los probables y los posibles, pero puede aventurarse que Leopoldo

Calvo-Sotelo podrá formar un Gobierno de prestigio, a su imagen y semejanza, sólo si sus oponentes

dentro del partido conservan el poder interno. En suma y como afirmaba uno de los estrategas que en julio

prepararon el frustrado desembarco de Calvo-Sotelo en las cumbres de UCD: «Fracasada esta operación,

soto cabe negociar las tablas». Un símil ajedrecista que indica, como ningún otro, lo que ha comenzado a

suceder en el partido gubernamental.

Las candidaturas de UCD en las próximas elecciones estarán formadas por afiliados del partido.

 

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