Autor: PUBLIUS. 
   La ETA, la OTAN, don Gromyko y el Joemini     
 
 ABC.    30/11/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. VIERNES, 30 DE NOVIEMBRE DE 1979

LA ETA, LA OTAN, DON GROMYKO Y EL JOMEINI

«Tinker», «Taylor», «Soldie», «Spy», eran los nombres en clave de los cuatro agentes del espionaje

soviético ínfiltrados en el Servicio Secreto británico en una de las más famosas novelas de John Le Carré,

a caballo entre la realidad y la ficción, como acaba de demostrar el caso Blunt. Con esas cuatro palabras,

el autor compuso un titulo tan aparentemente incoherente —«Calderero, sastre, soldado, espía» seria su

traducción literal— como el que encabeza este articulo. En ambos casos ocurre, sin embargo, lo mismo

que en aquella película de Jacques Tati, tan impregnada de causticidad y de ternura —«MI tío»—, en la

que todas las habitaciones de la casa comunicaban con el «living».

Podríamos navegar cómodamente en el ámbito de las relaciones presuntamente casuales y del simple

juego de paradojas. Paradoja es que don Gromyko haya dicho en Madrid, vicecapitai del experimento

eurocomunista, algo tan coránico, como que hay un solo marxismo verdadero y es el que tiene a Lenin

por profeta. Paradoja es también que el propio gerontócraïa kremliniita explicar», con la misma

impasibilidad metálica con que minutos antes había elogiado los lienzos de Goya, que no hacía

comentarlos sobre la crisis del Irán, de acuerdo con el principio de no interferencia en los asuntos ajenos:

al margen de que la flagrante violación del derecho internacional que supone la toma de rehenes tras el

asalto a una sede diplomática unlversaliza el tema, invocar ese principio cuando se acaba de aplicar una

intensa presión para evitar la entrada de España en la Alianza Atlántica, no pasa de ser un burdo

sarcasmo. Y paradoja hay —cómo no— en la última hazaña de Carrillo, sugiriendo implicaciones entre la

ETA y la CÍA en un momento en el que la presencia en España de don Gromyko traía a colación las

sospechas que vinculan a nuestros terroristas con otros servicios secretos, no precisamente

norteamericanos.

Pero es necesario profundizar más allá dé tos aspectos superficiales del argumento. Y es preciso hacerlo

porque al cabo de unas jornadas que han conmocionado al mundo y cuando la reacción de nuestro

Gobierno se ha reducido a una incolora, inodora e insípida nota de repulsa por el asalto a la Embajada

USA en Teherán, la visita de Gromyko y los elementos anejos en el título de este articulo han situado a

España en una posición secundaria, pero central, del teatro de la crisis.

Cuando soplan vientos de xenofobia sobre el solar ibérico puede resultar incómoda la Idea de nuestra

absoluta subordinación a la dinámica que dialécticamente generen las dos granes potencias que controlan

el mundo. Ignorar este principio seria, sin embargo, engañarse. La estabilidad de la democracia española

—como la de la teocracia jomeinita— no es sino una de las múltiples piezas de ajedrez puesta sobre el

tablero de la partida que enfrenta a los dos bloques.

¿Qué harán en el futuro próximo ambos contendientes? Los Estados Unidos, tras el desarme moral que

supuso el desdichado desenlace de la guerra de Vietnam, comienzan a tomar conciencia de su

vulnerabilidad y ello va a desembocar en un replanteamiento global de su presencia en el mundo. En este

contexto se percibe la gran tentación de desplazar el énfasis del esfuerzo politicoj económico y militar de

la nación norteamericana desde el entorno atlántico al ámbito del océano Pacífico. En la decisión final

jugarà un papel determinante la propia voluntad europea de contribuir o no a su autodefensa. Si la Europa

occidental opta por «finlandizarse» es posible que Washington la abandone a su destino y renuncie a

salvarla contra su voluntad.

Por lo que se reitere a tos rusos, en Moscú se detecta desde hace meses el desasosiego que antecede a todo

hecho sucesorio. En la pugna que se avecina enconada habrá, como de costumbre, • halcones y palomas.

Nada tendría de extraño que en la disyuntiva entre dar mantequilla o dar cañones terminara

prevaleciendo, por más operativa, esta segunda tesis y estuviéramos en puertas de una fase de aún mayor

expansionismo soviético.

Las primeras escaramuzas de lo que puede ser un dramático pulso global con amplias posibilidades de

derivar en guerra están ya en tas primeras páginas de los periódicos. Un miembro de Publius glosaba en

un reciente articulo la ya famosa frase de James Schlesinger: «Si... Jomeini estará loco, pero no se la ha

ocurrido acercarse por la Embajada soviética.»

En medio de este inquietante contorno la postura española resulta de una ingenuidad palmaria. Tanto por

parte de la oposición, cuyo neutralismo veteado de irisaciones tercermundistas puede llevarles a ganar un

lugar en el limbo, como del Gobierno, dilapidador de un tiempo precioso mientras deshoja la margarita de

la incorporación a la OTAN. Unos y otros confiando en un tratado bilateral con los Estados Unidos cuya

renovación ventajosa resultará mucho más problemática de lo que suponen.

El propio presidente Suárez ha explicado en más de una ocasión que la Incorporación de España al

sistema defensivo occidental .a través de sus órganos instituidos, es decir, el Consejo Atlántico y la

OTAN, requiere de la previa estabilidad de la democracia. Mucho nos tememos que mientras esa sea la

posición del Gobierno, la inestabilidad será poco menos que un factor garantizado. El miedo a que la

decisión de ingresar en la OTAN recrudeciese la virulencia de las acciones de ETA se ha convertido de

hecho en importante motor de un terrorismo permanente convertido en elemento disuasorio. Allí donde

hay un individuo acobardado, débü y pusilánime aparece siempre un chantajista. Y nuestro mayor

problema —el mayor problema de los españoles que creemos en la libertad y luchamos por la libertad—

es que al cabo de cuarenta años en los que tantos abusos se han cometido, teniendo por coartada ei

fantasma del comunismo, corremos ahora el peligro de pensar que el movimiento comunista es solo un

fantasma incorpóreo.—PUBLIUS.

 

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