La presidencia de UCD     
 
 Diario 16.    22/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La presidencia de UCD

Durante la tormentosa noche que siguió a su espantada, Adolfo Suárez nombró sucesores con la misma

discrecionalidad con que durante cuatro años había pastoreado el centrismo. A Calvo-Sotelo le

encomendó el Gobierno de la nación; a Rodríguez Sahagún, el gobierno del partido.

Tan acostumbrados estábamos a que el poder emanaba de Suárez que más que a un cambio en toda regla

muchos creyeron asistir al comienzo de una sustitución interina. Máxime cuando pocos días después el

congreso de Palma sancionaba el apaño, proporcionando al duque su primera victoria después de muerto.

En apenas quince semanas Calvo-Sotelo ha demostrado a todo el mundo —empezando por los nueve

«críticos» que tan airadamente abandonaron aquella velada monclovita— que no se siente ni heredero ni

mucho menos feudatario del pasado inmediato. Su manera de gobernar y el propio contenido de su

política cada vez le distancian más, por el contrario, de lo que su antecesor representaba.

No puede decirse lo mismo de Agustín Rodríguez Sahagún. En parte, por su mayor proximidad personal a

la figura de su concuñado, pero sobre todo por su falta de poder real con el que establecer una dinámica

política y una relación de fuerzas diferentes a las sancionadas por el congreso. Las únicas figuras

relevantes de UCD marginadas hoy por hoy del ejecutivo, y refugiadas, por tanto, en el protagonismo

partidista, son de hecho los puntales de la célebre «empresa» monclovea: Rafael Arias, Rafael Calvo,

Fernando Abril.

Ellos habían sido los principales responsables de la pérdida de credibilidad de UCD, y era prácticamente

imposible que al comienzo de esta nueva etapa pudieran también ser quienes invirtieran el sesgo de las

cosas. Entre otras razones porque, como era de esperar, han seguido perseverando en el error. Desde el

lamentable discurso de clausura del congreso, Rodríguez Sahagún se ha visto envuelto en un sinfín de

despropósitos, el último de los cuales ha sido la triste «verbena» del 15-J. Con o sin su venia, las

estructuras del partido han extremado aún más su celo inquisitorial contra la heterodoxia, convirtiendo la

militancia centrista poco menos que en un acto de masoquismo.

En estos momentos hay dos ideas que unen a todos los «barones» de UCD, desde Miguel Herrero hasta

Fernández Ordóñez. Primera, Calvo-Sotelo es el hombre adecuado para encabezar la próxima oferta

electoral. Segunda, aunque nuestro digno presidente tuviera el talento de Adenauer y el carisma de Jack

Kennedy, la aventura terminará en el más estrepitoso fracaso si el tándem nombrado por Suárez no es

relevado por otros «mánagers» electorales. La caída de Rodríguez Sahagún —un hombre muy

aprovechable para otros menesteres— y Calvo Ortega implicaría posiblemente el final del barniz de

populismo descamisado con que UCD ha cubierto hasta ahora su falta de definición y el inicio de una

etapa en la que sus millones de electores conservadores se sentirían más recompensados por las

manifestaciones externas del partido.

Es probable que de esa manera se desvíe de la utopía del centro, pero hay que reconocer que la única

UCD medianamente viable de cara a 1983 es la de Leopoldo Calvo-Sotelo y no la de Adolfo-Sahagún-

Martorell.

 

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