Calvo-Sotelo, sube; UCD, baja     
 
 ABC.    31/05/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Calvo-Sotelo, sube; UCD, baja

Dos sondeos realizados casi en las mismas fechas por el mismo centro de investigaciones —el Instituto

Gallup— han venido a ofrecer dos series de resultados aparentemente contradictorios, pero quizá

complementarios.

Por un lado —como comentábamos hace dos semanas—, un sondeo demuestra la evidente crecida de

prestigio del presidente Calvo-Sotelo. De un casi total desconocimiento a finales de febrero (con sólo un

25 por 1OO de opiniones favorables) ascendía en sólo un mes nada menos que 16 puntos (hasta un 41 por

100 de españoles satisfechos de su gestión). Y todo hace pensar que ese porcentaje no haya dejado de

crecer, especialmente tras su última comparecencia en las Cortes que fue, para él, como una reválida de la

investidura.

Pero, al mismo tiempo, asistíamos a un vertiginoso hundimiento de su partido. Del 35 por 100 de votos

favorables obtenidos en marzo del 79, bajaba a 29 en marzo del 80 y se precipitaba en un 23 por 100 un

año más tarde. Simultáneamente crecía en proporción inversa el crédito del PSOE, que del 30 por 100

obtenido en marzo del 79 ascendía al 42 por 10O en marzo del 81. Si los votantes mantuvieran en una

votación real lo que muestran en los sondeos —cosa que no siempre es cierta—, hoy las elecciones las

ganaría de calle el Partido Socialista.

Parece importante meditar en estos datos. Que un partido en el poder se desgaste es un fenómeno

absolutamente normal. Ha ocurrido siempre y en estos momentos se redobla esa posibilidad. Crisis

económicas como la que atraviesa Occidente crean unos ni veles tales de malestar colectivo que son

capaces de hundir al Gobierno más afortunado. Las últimas elecciones en todos los países europeos

muestran que cae siempre el que gobierna, sea la que sea su ideología.

Ciertamente a UCD le tocó bailar con la más fea. Cualquier Gobierno hubiera tropezado en estos años

con el acoso de los terroristas, con el crecimiento del paro, con el encarecimiento de la bolsa de la

compra. Haber podido disfrutar en este tiempo el papel de la oposición es una pera en dulce para

cualquier político.

Pero, al margen de estas constantes, hay que reconocer que el juego realizado por el PSOE como

oposición ha sido más coherente que el llevado a cabo por UCD como Gobierno y como partido.

La crisis ha destrozado a UCD. Sus dimensiones internas, sus faltas de lógica y sentido común, han

colaborado profundamente con esa crisis.

Desgraciadamente para UCD no sólo asumió el poder en el peor momento, sino que, además, lo recibió

recién nacida. Ni estaba clara su ideología, ni tenía amasadas sus corrientes internas, ni habían logrado

muchos de sus líderes superar los viejos complejos de origen. Para colmo, las necesidades de la transición

la colocaban en una posición falsa: en lugar de presentarse como una derecha moderna, tenía que hacer

todos los días demostraciones de una progresía que una buena parte de sus votantes e incluso de sus

líderes no sentía. Había que asentarse y gobernar al mismo tiempo, tenía que aunar a sus hombres a la vez

que repartía entre ellos porciones de poder. Y, desgraciadamente —sobre todo en países como España—,

nada aúna tanto como oponerse a alguien y nada crea tantas divisiones como trabajar juntos. Si a ello se

añaden las funestas consecuencias del estilo maniobrero que fue propio de Suárez, se explica que UCD

llegara a su Congreso pasado como una bomba a punto de estallar.

De entonces acá el partido en el poder tuvo la fortuna de acertar en la elección de su presidente de

Gobierno, aun cuando su gestión se viera —y se siga viendo— lastrada por los restos de un Gobierno que

no es el suyo y que en algunos momentos más parece pesarle que sostenerle. Pero no ha conseguido

iguales resultados en el interior del partido. Si en los últimos meses han resultado menos evidentes las

luchas intestinas, no parece haberse registrado ningún avance ni en la clarificación ideológica, ni en su

resituación en el área de la política.

No son éstos, evidentemente, momentos como para anticipar elecciones, 1983 es el plazo que se le

concede a UCD para evitar una debacle dentro de dos años. Pensar que el solo prestigio del presidente

pudiera sostener el contrapeso de un partido desprestigiado es un sueño excesivo. El pueblo no vota a sólo

un hombre, apoya al partido que lo sostiene. Sería, por tanto, ingenuo y desolador para quienes antaño

votaron a UCD llegar al 83 sin un partido en quien confiar, viéndose forzados a un simple e inútil voto a

la contra.

Esta es la hora de la llamada a la responsabilidad. Si en 1977 valieron las improvisaciones, difícilmente

servirán en 1983. Si en este año hubiera de ganar el PSOE porque sus hombres se han demostrado los

mejores, sea, aunque nos cueste decirlo. Pero que no venzan, porque sus adversarios se enredaron en su

propia maraña. Téngase las ideas que se tengan es claro que España necesita que a las próximas

elecciones se presenten sus máximas corrientes con plenitud de fuerza, listas para ofrecer a los españoles

dos caminos seguros de futuro. Que venza a los puntos quien tenga más valor. No por descalificación o

auto descalificación de uno de los dos adversarios.

 

< Volver