Autor: Dávila, Carlos. 
 Se agotan las siglas UCD. 
 "Nueva mayoría", una operación a la derecha     
 
 ABC.    31/05/1981.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DOMINGO 31-5-81

ABC/9

NACIONAL

Se agotan las siglas UCD

«Nueva mayoría», una operación a la derecha

Por Carlos DAVILA

A Agustín Rodríguez Sahagún, sentado en la primera fila del caduco Siglo XXI, se le agudizaron los tics

faciales con que suele acompañar sus gestos expresivos. Sólo unos minutos antes había dicho a Oscar

Alzaga:

«Verás que he venido.» Ahora oía, con evidente disgusto, las palabras de Alzaga, que relataban la

historia, la proeza mejor, del barón de Munchhausen, virtuoso en el arte de elevarse hacia las alturas

tirando de sus propios cabellos. Sahagún se pasó una sola vez la mano derecha por su pelo cortado

impecablemente al cepillo y escuchó: «UCD, en el estado en que se encuentra, sólo podría ir hacia arriba

mediante un acto de magia», y más tarde: «Se encuentra (UCD) casi a la deriva, sin liderazgo personal ni

colectivo». Era demasiado.

La propuesta de Alzaga tuvo esta semana una sola virtud: aminorar la resaca de acto terrofascista de

Barcelona. Ha sido tanta la polémica que se ha volcado sobre un tema ya sabido que nadie comprende, a

estas alturas, el porqué de tanto ruido. Desde Calvo-Sotelo al último militante de UCD, reclutado

últimamente en los caminos aldeanos, conocen ya que el rosco ingenioso verdinaranja que ha ganado dos

elecciones tiene pocas probabilidades de triunfar en unas terceras, si por fin este país desventurado se

permite el lujo democrático de celebrarlas. «La fórmula está gastada», según los más conspicuos

centristas; los que, naturalmente, no se han dejado contagiar por la irreal filosofía de los ejecutivos que

todavía «andan vendiendo ilusiones» por los cenáculos del partido.

Se trata, pues, de constituir una nueva mayoría, y esto sobre tres supuestos: reformar cuanto antes la ley

Electoral, constituir una plataforma de cuadros ajena quizá al «aparato» de UCD y, si llega el caso,

componer una coalición electoral que puede frenar el impulso irresistible de los socialistas, de un partido

alternativa que puede, sin embargo, quedarse «conscientemente», otra vez más, a las puertas del Poder. Y

es que, en definitiva, «domesticar» al PSOE es condición indispensable para que la «operación 82» pueda

tener visos de éxito. Algunos socialistas, por otra parte, ya han empezado a pensar que «a lo peor, lo

mejor es perder otra vez» con tal de que, antes de que se consumase el nuevo fiasco, la derecha histórica y

liberal conceda a la oposición la posibilidad de participar en el Poder, en un Gobierno de pacto en el que

puedan conseguir carteras como la Seguridad Social, reino de taifas donde —como decía un antiguo

ministro— «cada vez que levantas un papel, te atufa».

En la quiniela ya se está trabajando y la conferencia de Alzaga es sólo el primer acto, el de presentación

de la jugada electoral. Pero tiene, naturalmente, algún sacrificado, unas víctimas que curiosamente

dominan gran parte del entramado del Estado y ocupan puestos de trascendente poder y responsabilidad.

Desde la presidencia del INI (Carlos Bustelo) a dos o tres Ministerios claves (Hacienda y Justicia), los

socialdemócratas dirigen la política del país. Ahora, aunque no lo digan, los democristianos pretenden lisa

y llanamente su exclusión: «Hay que empalmar sin reservas con la mejor tradición liberal y con las ´viejas

verdades del humanismo cristiano», ha dicho Alzaga sin nombrar para nada a los descafeinados

socialdemócratas que aún siguen al ministro Ordóñez, un político singularmente capaz, que no se quedará

quieto: «Yo, en elecciones, soy un follón», dice el diputado por Zaragoza.

Pero aunque las intenciones están claras, no lo está tanto el «cómo se hace» la operación. Por lo pronto,

parece difícil que otro de los llamados a colaborar, el liberal Antonio Garrigues, se avenga a investir de

progresismo una coalición claramente derechista, a la diestra de la cual sólo quedarían los neofascistas de

Blas Pinar, aupados quizá a mayores cotas de representación, gracias, entre otras cosas, al indudable éxito

informativo de determinados medios, gozosos por la impunidad que les ofrece la debilidad ejecutiva. Los

gestores piensan, por decirlo gráficamente, que «todos si, en la misma casa; pero no en la misma cama», y

debajo de esta metáfora hogareña-erótica, se esconde la intención de no pactar «más que lo

indispensable» con los negociadores de Alianza Popular (Coalición Democrática, no nos engañemos, no

existe) para que éstos convengan en devolver a UCD el cuatro o cinco por ciento que el partido

gubernamental ha perdido desde el 79 merced a sus desmanes, su impotencia y los nefastos liderazgos.

A esta operación, que Alzaga llama la «nueva mayoría» y que Fraga continúa denominando la «mayoría

natural», ya se le están adjudicando nuevas siglas: Unión por la Democracia es el nombre que patrocina

un Eduardo Merigó, desacorde en tirar por la borda la molesta e insegura compañía de los

socialdemócratas. Los democristianos quisieran incidir con ventaja en la propiedad del término mayoría,

quizá por su capacidad de influencia subliminal en el electorado; quizá porque, como dice Miguel

Herrero, tránsfuga del primer liberalismo de la democracia, «hay mayorías más naturales que otras». Pero

todo es discutible, salvo, en estos momentos, la cabecera de cartel: Leopoldo Calvo-Sotelo.

Calvo-Sotelo, que llamó a la Moncloa al «crítico de los críticos», Osear Alzaga (atención, que Landelino

puede quedarse en el segundo puesto), apenas hizo otra cosa en aquella entrevista que preguntar «cómo

ves tú todo esto». En la clase política centrista ha cundido ya un pequeño pánico porque —quizá con

evidente apresuramiento— juzgan que el presidente del Gobierno carece en estos precisos momentos de

un esquema de trabajo y que está siendo arrastrado por la desgracia del incalificable suceso de Almería o

el inexplicable asalto al Banco barcelonés.

En el particular calendario de los nuevos conspiradores se han preparado dos batallas: la reforma de la ley

Electoral y la televisión privada. La primera tiene por objeto conseguir el desbloqueo de las listas para

patrocinar un modelo proporcional y abierto del que, evidentemente, no puedan beneficiarse los políticos

de escaso pelaje colgados en la bicoca de un sistema de elección colectiva que no repara en las

inconveniencias individuales. La segunda, favorecida ya por el grupo de los cincuenta centristas que

juzgan, con toda la razón, imprescindible la apertura de canales privados (la Constitución es

absolutamente inequívoca a este respecto), es una batalla singular en la que ya ha quedado patente la

incoherencia e incluso estolidez política de algunos ministros que se han atrevido a presionar {Pío

Cabanillas lo sabe) para imponer silencio a los impulsores de la justísima propuesta.

Estamos asistiendo, pues, a los prolegómenos de la gran operación «Elecciones 82». En ella pueden estar

implicados, si se modifican sustancialmente algunos supuestos excesivamente conservadores de estos

inicios, todos los que a la derecha de la vida política apuestan por la libertad y contra el miedo. La clave

del éxito radica en un triple control: terrorista, autonómico y del paro.

 

< Volver