UCD, entre el miedo y la responsabilidad     
 
 ABC.    17/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

UCD, entre el miedo y la responsabilidad

Unión de Centro Democrático, que es todavía formalmente el primer partido de la nación, atraviesa una

difícil circunstancia, preocupante para cualquiera que —perteneciendo o no a él— ame la democracia y la

estabilidad política de España.

No son historias de hoy. Surgido como una amalgama electoral de corrientes muy diversas recogió, sin

embargo, amplios segmentos de votantes españoles que coincidían en querer, dentro de lo posible, una

renovación sin rupturas, una apertura sin desgarrones, un progreso sin traumas. Desgraciadamente, la

común voluntad existente en las bases no alcanzó a sus dirigentes. Y ahí estuvo una de las razones

fundamentales del fracaso de Suárez, fracaso que le costó la pérdida de las dos presidencias, la del

Gobierno y la del partido. A pesar de sus iniciales éxitos políticos y su casi infinita capacidad de

maniobra no supo, en absoluto, «presidir». Fue incapaz de construir la base política e ideológica

suficiente para cobijar las diversas corrientes y permitió, en cambio, que el juego de los intereses

personales y de grupo aplastara y cercenara todo brote de ideas e ideales. Y sabido es que, a la larga,

ningún partido se sostiene sin ellos.

De este cáncer, que desde el pasado Congreso de Mallorca no ha cesado de extenderse incontenible, ha

surgido sin duda toda la tristísima exhibición de despropósitos, marginaciones, tráficos de votos, que

hemos visto brotar en las semanas pasadas a nivel provincial.

Por encima de lo anecdótico, esta marea ha mostrado dos hechos que pueden poner en peligro la misma

existencia del partido como tal: el primero es el creciente alejamiento del partido respecto a sus votantes,

que en muchos casos se han sentido estafados, utilizados, no servidos, por aquellos a quienes eligieron; y

el segundo es la casi palpable sensación de miedo que rige las acciones de la mayoría de los hombres de

UCD.

Miedo en el interior. Todo e1 mundo se teme en UCD. Socialdemócratas miran a democratacristianos

como su mayores enemigos. Liberales se preguntan a qué juegan los suaristas o los martinvillistas. Y

éstos, tal vez, recelan de la ineficacia o inexperiencia de muchos miembros del partido. Nadie parece

plantearse la necesidad de un diálogo profundo, caballeroso, que descubra las raíces comunes y las

hondas coincidencias. Se acude al mercadeo de votos, a las «alianzas secretas» o a los comités de

disciplina que no dejan de dar palos de ciego. La amistad, el diálogo, el encuentro se pudren y corrompen.

Y miedo en el exterior. Muchos hombres de UCD han cantado ya el «réquiem» a su partido; dan por

supuesta la victoria socialista y comienzan a buscar sus futuras alineaciones. No falta, incluso, quienes,

con evidente ingenuidad, comienzan a maniobrar soñando un anticipo de elecciones con una

reorganización de las fuerzas políticas en la que los «restos» progresistas de UCD colaborarían con el

PSOE.

Pero, ¿qué se haría, mientras tanto, con todos aquellos votantes que aspiraban a una renovación sin

violencias? ¿Serán empujados hacia otros grupos más conservadores con los que no coincidirían? ¿Se les

arrojará al partido de los votantes en blanco por esta «dimisión» de los hombres de UCD cuyo programa o

el rechazo de los demás les incitó al voto hace años?

Desgraciadamente el panorama desintegrador de UCD no ha dejado de acentuarse en los últimos meses.

Del Congreso de Mallorca —que no se planteó con criterios de integración— salió una directiva que

consideramos bienintencionada, pero cuyos resultados han sido muy poco convincentes. Al margen de sus

valores personales, el remedio de esta situación no puede retrasarse cuando nos acercamos

inexorablemente a los arrecifes electorales.

No es menos considerable el factor de confusión que aporta el ex presidente Suárez. Frente a una lógica

aceptación transitoria de la sombra, que le preparase para un regreso futuro, aspiración legítima y lógica

en un político, el ex presidente parece permisivo ante muchos de sus alfiles deseosos de una rápida

reconquista de fuerzas que podrían minar y desalentar la esperanza que en este momento tiene UCD para

su regeneración: agruparse en torno a la única personalidad que hoy posee el apoyo unánime del partido y

la confianza de anchísimos sectores del electorado nacional. No es necesario dar el nombre del señor

Calvo-Sotelo.

Creemos que sería suicida si UCD desperdiciara el acierto cosechado en la elección del presidente del

Gobierno y gallardamente sostenido por él. Sería suicida que se boicoteara ahora al hombre que Suárez

presentó generosamente en Mallorca como su sucesor.

Y sería ridículo e incomprensible que el primer partido del país tirase la toalla un año antes de las

elecciones, vencido por ese doble miedo que le divide en su interior y que sirve, en el exterior, para que se

difunda ese clima de «pretriunfo» que se está regalando a los socialistas y que ha llegado a calar en la

propia Administración e incluso en los ejecutivos de muchas de las grades empresas.

Todo ello exige una clara toma de conciencia para volver a recobrar el timón cuanto antes y arrojar las

rencillas por la borda cuando aún es tiempo de ofrecer a los españoles una alternativa política amplia que

recoja lo esencial de unos ideales y unos valores capaces de movilizar decisivamente a muchos sectores

del electorado nacional. No es momento de beatíficas declaraciones ni de optimismos voluntaristas.

Tampoco es hora de sentirse maniatados por el miedo. Es hora de decisiones que han de tomarse ahora,

porque dentro un año sería ya demasiado tarde.

 

< Volver