Autor: Díaz González, Enrique. 
   La crisis de Suárez     
 
 Diario 16.    04/09/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

4-septiembre-80/Diario16

«ENRIQUE DÍAZ GONZÁLEZ»

La crisis de Suárez

Las crisis de los Gobiernos de Adolfo Suárez se parecen cada vez más a los lanzamientos de naves

espaciales, sólo que al revés. Aquí, en lugar de cuenta atrás y objetivo matemáticamente calculado, la

cuenta va siempre hacia adelante y el objetivo se adivina meses después, cuando se constata que se ha

errado el tiro.

Aún con la clara evidencia de que el presidente Suárez vuelve a estar hecho un lío, todo« los augurios

coinciden en señalar el próximo lunes como la fecha mágica en que quedará resuelta la crisis. Queda por

ver si se trata de un pronóstico cierto o si, una vez más, estamos confundiendo los deseos con la realidad.

A estas alturas del preotoño, tras el relajo veraniego, la reflexión y la posterior rentrée, el presidente

Suárez sigue deshojando la margarita de una crisis que, por larga, casi aburre. El jefe sigue inmerso en su

soliloquio suicida de la Moncloa, analizando la estrategia para traspasar el Estrecho de las Conspiraciones

y manteniendo al país en el más absoluto de los desgobiernos. Es una situación esencialmente absurda, en

la que los despropósitos son llamados declaraciones, el cinismo se viste de teoría política y la incapacidad

de tomar decisiones pretende pasar por prudente estrategia.

Nombres con recelo

Sobre la mesa del presidente del Gobierno no se amontonan alternativas políticas, ni modelos de gestión,

ni siquiera biografías más o menos valiosas. La retorta de la crisis está simplemente integrada por una

lista de nombres, cargada de recelo, susceptibilidad y desconfianzas.

La crisis, que empezó siendo simplemente de abril —en su doble significado de mes del año y

vicepresidente económico— se ha transformado ya en la del propio presidente. No es una determinada

composición del Gabinete lo que está en cuestión. De lo que se trata es de hallar esa nueva forma de

gobernar que la situación demanda y la gran mayoría del país solicita.

Este lunes, o cualquier otro, éstos y otros ministros, éste u otro presidente, éste u otro partido, deberán

decidirse a afrontar uno por uno los problemas reales que ahora mismo tiene planteados el país. Esos

asuntos que preocupan efectivamente al ciudadano y constituyen elemento de conversación o tertulia a

todo lo ancho y largo del país.

Afirmar que desatender esos problemas es ignorar de hecho a la sociedad entera no es un invento de

periodistas. Es lo que piensan quienes año tras año deciden adoptar una postura de inhibición ante las

convocatorias electorales. Y el que no logre ser sensible a estos matices debiera replantearse su actividad

política y pasar a la cría de champiñones.

Nadie oculta que el momento actual es difícil, pero dista de ser desesperado.

Nuevo estilo de gobernar

Lo que el país necesita es un nuevo estilo de gobernar. Y nunca, nadie, lo ha tenido tan fácil como ahora

mismo Adolfo Suárez.

Las minorías nacional derechistas están más que dispuestas a pactar lo que sea con tal de salir del

atolladero. El Partido Socialista ha tendido la mano, en una de las mejores jugadas políticas de Felipe

González desde el inicio de la transición. Los comunistas se recluyen en un piadoso silencio, atenazados

por graves problemas internos y no pocas contradicciones externas.

Los grupos de presión rechazan en principio el relevo del presidente, siempre que éste sea capaz de

gobernar. Y hasta el país real, un tanto hastiado y decepcionado, estaría medianamente dispuesto a

prestar credibilidad a cualquiera que le hable de sus problemas, en su propio lenguaje, y posteriormente

emprenda el camino de las realidades.

No puede tolerarse por más tiempo la imagen falaz de un presidente acorralado y acosado,

artificiosamente exportada por los sicarios del lugar.

Desde las elecciones generales de 1979, la gestión gubernamental de Adolfo Suárez ha dejado mucho que

desear. Ello es tan real como su incuestionable acierto durante las dos primeras etapas de la transición.

Reconocerlo es la única posibilidad de la que arrancar, por más que los habituales del botafumeiro se

empeñen en mantener o mejorar la sopa-boba, a base de alabar eternamente, fomentando de paso ese

habitual sentimiento político de estar rodeado de ingratitud e incomprensiones, «con lo mucho que yo he

hecho».

La responsabilidad es de Suárez

La responsabilidad de ese nuevo estilo es directa del presidente y probablemente indelegable. Pero es

cierto que los puestos clave de su equipo de Gobierno deberán sintonizar perfectamente con las

«innovaciones».

Y ya que algunos sugieren que el «atasco» proviene de la dificultad para hallar un candidato idóneo para

cubrir la vicepresidencia Económica, digamos lo que, a nuestro entender, hace falta:

1) Despertar confianza, dando la cara y exponiendo lisa y llanamente cómo y dónde estamos, y

hacia dónde y de qué modo debemos ir.

2) Formar y dirigir un equipo de ministros competentes, delegando responsabilidades y exigiendo el

cumplimiento de los objetivos trazados. En los casos de incumplimiento, el cese automático es la mejor

profilaxis, una vez desdramatizado el hecho y resuelto con rapidez y buen criterio.

3) Capacidad de ejecución y decisión. Hay que superar viejas experiencias de teoricismo

grandilocuente y ausencia de decisión ante los problemas cotidianos.

Se trata, en suma, de tener ideas claras, decisión para ponerlas en práctica y capacidad de comunicación

para que mayoritariamente se comprendan y pueda uno identificarse con ellas. Y, finalmente, se trata de

hacer cosas concretas, comprensibles, que se puedan explicar y entender por todos los ciudadanos.

 

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