Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Las cartas boca arriba     
 
 Diario 16.    26/01/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Diario 16/26-enero-81

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ

Los cartas boca, arriba

A Suárez no le han movido sus propias convicciones, sino el temor a la capacidad de arrastre de las

convicciones de sus adversarios

NUNCA como esta semana, tras la rectificación política de Adolfo Suárez, habían aflorado tan

diáfanamente los síntomas de podredumbre que cuartean la democracia española. Destaca entre

todos ellos el impúdico conformismo del nuevo «stablishment» ante el «salto de la rana» del jefe del

Gobierno.

Han bastado cuatro años de balbuceos democráticos para perfilar un entramado de intereses tan ciego y

egoísta como el que arropaba al régimen anterior. En él se incardinan sectores muy concretos de la

oligarquía bancaria y financiera, los funcionarios de alta remuneración económica y política, las élites

directivas de partidos y centrales, algún que otro periódico con floreciente cuenta de resultados..., todos

aquellos, en suma, que han tenido la suerte o la pericia de ser capaces de prosperar, mientras la sociedad

en su conjunto navega entre el desmoronamiento y la atonía.

Más allá de las singulares coartadas ideológicas que ellos mismos se fabrican, la característica

fundamental que distingue a los miembros de esta minoría de privilegiados es, como siempre, su férreo

inmovilismo. De hacer caso a su discurso intelectual, los ciudadanos con convicciones democráticas

deberían aceptar el paro, la inflación, el terrorismo, la impericia gubernativa y el arbitrismo presidencial

con la fatal resignación de quien tiene que decidir si «lo toma o lo deja». Es evidente que nada puede

hacer tanto daño a las perspectivas de consolidación del actual sistema de convivencia en libertad, como

la asunción generalizada de que los males antedichos son consustanciales al mismo. Si al hombre de la

calle no se le demuestra con los hechos que las cosas pueden cambiar y mejorar, cada día serán más los

tentados por el planteamiento involucionista de una ultraderecha que empieza a generar subespecies

perversamente inteligentes.

Los regresivamente «progresistas»

El más nocivo de todos los estratos incorporados a ese convoy de los dichosamente instalados es, por la

esclerosis que proyecta, aquél en el que militan, quienes todo lo filtran a través de un código

standardizado de tabúes denominado «progresismo». Son los apóstoles del nuevo culto maniqueo que ha

venido a ocupar el mismo lugar que durante el franquismo llenaba la obsesión por «lo social». Como su

primordial preocupación es la caza del mosquito, poca o ninguna atención les merecen los elefantes que a

su alrededor van destrozando la hierba. Su esterilidad recuerda a la del hincha futbolístico que tras

derrochar su ímpetu en el estadio, se doblega sumisamente en el ámbito familiar y profesional.

No es de extrañar que haya sido este sector regresivamente «progresista» el que con mayor contundencia

haya fingido creerse la súbita conversión de Adolfo Suárez a las tesis democratizadoras, a pesar de que el

acto de fe incluyera no sólo aceptar, como decía el viejo Gil Robles, que el Yayo del cielo pueda

derribarle a uno dentro del coche oficial, sino también admitir que al cabo de casi medio lustro de

arbitrismo descarado, sea precisamente en vísperas del congreso cuando la providencia tenga a bien

situar al presidente en pleno camino de Damasco.

Es la democracia, el Estado, la Nación, el sistema lo que está en juego; no la palabra tercera de la línea

cuarta de la sección segunda del apartado b del artículo mil de la ley de divorcios rústicos. Y una de las

causas básicas de que lo fundamental esté todavía en el aire -hay que decir las cosas claras— es el

rotundo fracaso de la Unión de Centro Democrático a la hora de asumir sus responsabilidades de

liderazgo colectivo en el último tramo de su trayectoria.

El travestismo de Suárez

Las cosas están muy mal en España —o, al menos, como apuntaba Landelino Lavilla, existe la impresión

generalizada de que así es— y todo lo que sea proteger a quienes han gobernado durante los últimos años,

de la explicitación de sus culpas, significará avalar la teoría de que es el retablo institucional en su

conjunto el que no sirve para otorgarnos bienestar aquí y ahora. El congreso de UCD puede coger el toro

por los cuernos y forzar el golpe de timón que invocara Tarradellas —un desenlace regeneracionista

tendría efectos multiplicadores en el resto de la sociedad— o ceñir aún más la venda que oprime tantas

conciencias.

Alegar que si las cosas no cambian caminamos hacia el despeñadero, no es hacer catastrofismo. Ahí están

los datos que constatan el desenganche masivo de los ciudadanos que en Galicia, como en Cataluña,

Andalucía o Euskadi, vuelven desdeñosamente la espalda a cuanto les propone un poder central

desprestigiado por sus contradicciones, cambalaches y titubeos.

¿Cómo va a respetar el español de a pie a un Gobierno que continuamente da pruebas de no respetarse a sí

mismo, promoviendo hasta cargos de enorme responsabilidad a personas sin más calificación que el

servilismo y vulnerando sus propias resoluciones tantas veces como sea necesario, en función de la

comodidad política del último cuarto de hora?

¿Cómo va a regenerar nadie sus esperanzas en el partido del doble semicírculo, cuando se empieza a

configurar un escenario tediosamente repetitivo de aquellas encrucijadas en las que UCD ha cometido sus

más garrafales errores? ¿O es que acaso no sería legítimo interpretar un desenlace continuista del

congreso, alegando que si en Andalucía primero se defendió una cosa y luego la contraria, que si en

Galicia se apostó inicialmente de una manera, para hacerlo luego a la inversa, nada es tan

bochornosamente coherente como que el autoritario Suárez del 15 de enero se haya trasvertido en el

demócrata Suárez del 30 de enero?

Basta ya de barullos

Basta ya de barullos como el que se trae mi por tantas otras razones admirado Fernández Ordóñez, que no

cesa de reiterar que comparte los objetivos expresos del «sector crítico», mientras una y otra vez arropa

con su voto a quienes —y él tendría que saberlo mejor que nadie— tratarán, si triunfan, de hacer su

consecución imposible. Basta ya de trabalenguas sobre los sistemas de elección de los órganos del

partido, y vamos a destapar sobre la mesa algunas de las verdaderas cartas de la partida de Palma.

1º El presidente Suárez ha dado sobradas muestras de concebir el poder como un fin en sí mismo y

de afrontar, por tanto, su ejercicio como una mera aventura de auto conservación.

2º Consecuencia de la premisa anterior ha sido el aletargamiento del partido, al que no se le asigna otra

misión sino la de servir de plataforma electoral personal, cada vez que sea preciso. De ahí que primero se

marginara de la ejecutiva a las personas más capacitadas, luego se fuera tejiendo una maraña de órganos

—«ente coordinador», «consejo de las regiones», «comisión permanente»— que, funcionen o no, sirven

para neutralizarse entre sí, diluyendo a la vez la importancia del consejo político y la ejecutiva, y

finalmente, se haya desembocado en unos planteamientos estatutarios de índole casi patrimonial.

3º Esta inexistencia de mecanismos de deliberación y decisión colegiada, unida a la rampante ineptitud

del «staff» personal del presidente, no ha podido por menos que derivar en la descarada ausencia de un

proyecto político, coherentemente presentado al país y coherentemente desarrollado en el Parlamento.

4º Volviendo del revés su «slogan» electoral, la impresión más reciente es la de que «UCD nunca

cumple». Nadie espera ya que, con Suárez como presidente, España vaya, por ejemplo, a integrarse en las

instituciones occidentales, a establecer lazos diplomáticos con Israel, a dar cabida a la televisión privada.

5º Tal y como quedó explícitamente demostrado en las votaciones realizadas por la ejecutiva en

diciembre, Suárez pretendía que tras el congreso las cosas siguieran exactamente igual que hasta ahora.

Sólo cuando más de la tercera parte de los compromisarios han firmado el documento crítico, se produce

su aparatoso cambio de posición. No son sus propias convicciones las que le mueven a ello, sino el temor

a la capacidad de arrastre de las convicciones de sus adversarios.

6º Pese al protagonismo de algunas personalidades de origen democristiano, es tal la heterogeneidad final

de los firmantes del «manifiesto» que resulta imposible encontrar otro denominador común en los anhelos

de todos ellos, que no sea su ansia por democratizar el partido. La presencia en bloque de todas las

personas que rodearon a Joaquín Garrigues, junto a nombres como los de José Luis Leal, Manuel Villar

Arregui, Armando Benito o Manuel Jiménez de Parga, convierte la teoría de la «derechización» en una

acusación a la vez falsa y malévola.

7º O Entre los hombres que apoyan a Suárez aparecen una serie de personajes de similar talante y

peripecia democrática. Absolutamente todos ellos ocupan, sin embargo, cargos públicos o puestos de

relieve en el partido. Tras haberles escuchado reiteradamente, no me cabe ninguna duda de que Fernández

Ordóñez, Pérez Llorca, González Seara, García Diez o Punset hubieran firmado el «manifiesto» de no

estar condicionados por su presencia en el Gobierno.

8º Esta realidad imprime una enorme fragilidad al sector oficialista, pues cualquiera de los aludidos puede

cambiar de actitud tan pronto como varíen sus circunstancias personales. Incluso un rotundo triunfo de la

candidatura encabezada por el presidente debería ser contemplado desde esta perspectiva inestable.

9º La dialéctica interna en UCD no se agota con esta división entre «críticos» y «oficialistas». Cada

discusión de un proyecto de ley o una iniciativa de gobierno originará lógicamente nuevos alineamientos

y nuevos bandos y así, por ejemplo, los liberales apoyarán a los socialdemócratas en las discusiones sobre

derecho de familia. Lo importante es tener claro el rango subordinado y secundario de estas escaramuzas,

con relación a la gran batalla en la que se ventila la posibilidad de reanimar a nuestra asfixiada

democracia.

10º A quienes, aceptando la veracidad de todas estas premisas, alegan que un comportamiento

consecuente con las mismas podría desembocar en la defenestración de Suárez y el acceso al poder de

alguien tan etiquetado como Landelino Lavilla o tan falto de carisma en el sentido circense del término

como Calvo-Sotelo, es preciso replicarles que lo decisivo no es la identidad del primer ministro, sino la

forma en que se ejerce el poder desde la cúpula. Tan pronto como UCD se haya liberado del «diktat»

monclovita, tendrá la oportunidad de poner en marcha su propio Gobierno de coalición interna, en el que

todos los cargos y todos los puntos programáticos sean fruto de la negociación y no del sometimiento.

 

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