Autor: Armero, José Mario. 
   10 de Abril de 1980     
 
 ABC.    11/04/1980.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

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10 DE ABRIL DE 1980

CUANDO ayer asistí a la constitución del Parlamento de Cataluña, tuve la sensación de estar presente en

el acto histórico que cerraba la última de tres fundamentales operaciones de Estado: la primera fue, hace

ahora tres años, la legalización del Partido Comunista; la segunda, muy reciente, el acto constitutivo del

Parlamento vasco y, finalmente, casi de inmediato, del Parlamento catalán. Otras grandes cuestiones de la

transición, aun dándoles un valor relevante, quedan en un segundo plano, más propias de política

cotidiana, que a partir de ahora habrá que aplicar taxativamente, dentro de lo constitucional, para cortar

cualquier desviacionismo por el principio de autoridad.

Las tres operaciones de Estado, me atrevería a decir de la Corona, comienzan con el reconocimiento de

los comunistas para poder estructurar una democracia válida y homologable con el mundo occidental;

Joaquín Bardavio, en su último libro «Sábado Santo rojo», narra ese proceso que responde a la realidad y

al realismo. A la realidad plural de España y al realismo del hombre de Estado que sabe comprenderla.

Los comunistas se han reducido a su parcela en la sociedad española y desde ella luchan, dentro de la

Constitución, con armas que podrán ser más o menos discutibles. Pero en política todas las armas son

discutibles.

Tema difícil ha sido también el de los vascos, su Estatuto, y la constitución del Parlamento de Guernica.

Ha sido un ejemplo de talante democrático el demostrado por el Estado para reconocer las aspiraciones de

Euzkadi y encauzarlas constitución alíñente para crear un ente autonómico que armonice el ser vasco y el

ser español. El clima de violencia, por desgracia, no ha terminado. El terrorismo salta por encima del

Estatuto y continúa su irracional actividad para teñir de sangre el nuevo camino que se abre en Euzkadi,

libremente elegido en las urnas. Pero se abre un panorama lleno de posibilidades constructivas. No podrá

decirse, a partir de ahora, que el Estado español no ha hecho lo que estaba en su mano para recoger los

anhelos de la mayoría de los vascos. Con su autonomía, tienen ahora su responsabilidad.

Y ayer, en el Palacio de la Ciudadela, al ver al honorable Josep Tarradellas presidiendo el Parlamento de

Cataluña, recordé su primera llegada a Madrid desde el exilio, para recibir del Rey de España la

credencial que le restablecía como presidente de la Generalidad. En Madrid, en aquellos momentos, casi

no se sabía quién era ni qué quería. Y era un hombre de Estado que conectó muy pronto con quienes

tienen hechuras de estadistas. Tarradellas jugaría en Cataluña un papel decisivo, de estabilidad y firmeza,

que merece el agradecimiento de todos los españoles. Anciano, ligeramente encorvado, rebosando

«seny», ayer Josep Tarradellas era consciente que terminaba una importante etapa de la transición, la

verdaderamente básica, que él había dirigido desde la Generalidad provisional, apurando años y

esfuerzos.

Con el solemne acto de ayer en Barcelona, creo que la transición puede darse por terminada, a falta del

desarrollo autonómico de otras partes de España que no presentan las dificultades que configuraban

Cataluña y, sobre todo, Euzkadi. Han sido casi cuatro años en los que se han mezclado errores y aciertos,

quizá más de los últimos que de los primeros. A nivel de Estado, han culminado las tres grandes

operaciones del cambio político, que exigieron sigilo, confidencialidad y hombres fuera de la política para

enlazar y negociar. No pudo haber transparencia informativa y creo que esta actitud estaba justificada.

Aunque no lo estará en el futuro. De ahora en adelante tas operaciones políticas habrán de ser realizadas a

la luz y por hombres dedicados a la política, elegidos por voluntad popular.

Los españoles hemos culminado una trascendental etapa histórica. Y culminar es empezar con nuevos

planteamientos. Ha nacido y crecido, un nuevo estilo político de convicencia nacional. Y terminó de

inaugurarse ayer, 10 de abril.—José Mario ARMERO.

 

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