Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El diálogo Norte-Sur     
 
 ABC.    22/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Fuente: ABC MADRID Fecha: 22-05-1980 Página 19

OPINION

ABC / 3

Escenas parlamentarias

El diálogo Norte-Sur

A las cinco y veinticinco de la tarde estalló la bomba. No se asuste el lector descuidado hacia la

información de actualidad. La bomba que estalló en el Congreso fue una bomba parlamentaria y

constitucional, una bomba decente, como Dios manda y como el derecho penal permite. Estalló una

bomba llamada «moción de censura».. Por primera vez en esta democracia en pañales, un partido político

ejercía ese derecho constitucional que consiste en intentar derribar al Gobierno y presentar un cadidato

nuevo a! cargo de presidente. Naturalmente, ese candidato se llama don Felipe González, el mismo que,

antes de que las urnas le negaran la victoria electoral, anunciaba que ya podían ir encalando las paredes de

la Moncloa.

En esta ocasión, la candidatura a la Moncloa ha sido presentada con más seriedad, aunque con menos

salero. Durante tres cuartos de hora, don Felipe González ha pronunciado el discurso más serlo, más

eficaz, más contenido y más brillante de todos cuantos.se habían pronunciado hasta entonces en el «gran

débale». Había huido de la tentación de la anécdota, quizá aleccionado por el mal ejemplo, de don

Santiago Carrillo. Había rechazado la tentación de leer su discurso, quizá escarmentado por la larga

lectura que de su discurso hizo don Adolfo Suárez. Había escapado a la tentación del tono apocalíptico y

acalorado, quizá para alejarse del ejemplo de don Manuel Fraga. Sus acusaciones eran duras. pero

respetuosas, serenas, cast cordiales. Tomaba apoyo para sus argumentos en cifras y datos, pero

manejándolos con soltura y sin fatiga. Se excedía del tiempo reglamentario, pero pidiendo perdón,

seguramente a sabiendas de que el señor presidente del Congreso no iba a cometer la torpeza de

comportarse con severidad. Quedaba lejos en el recuerdo aquel muchacho vehemente, con camisa a

cuadros, de los actos electorales. Palabra medida y traje bien cortado. O sea, elocuencia digna y sastrería

buena. Dos sorpresas: la moción de censura y el sujetador de la corbata. Iba a ser el protagonista de la.

primera moción de censura bajo la Constitución. del 78. Algo asi como una primera comunión

parlamentaria. Dejó caer la bomba con la elegancia de quien cumple un deber moral e irremediable, casi

pidiendo excusas, como hicieron los americanos cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima.

Seguramente, el sefior González sabe muy bien que lo más probable es que no gane la moción de censura.

Para ganarla no sólo habría que alcanzar una mayoría contra et Gobierno del señor Suárez —cosa posible

y aún probable—, sino una mayoría que le dejaría investido como presidente del Gobierno —cosa

posible, pera absolutamente improbable—. Una cosa es decir que no se está de acuerdo con Suárez y otra

muy distinta votar a Felipe. Eso ya es harina de otro costal. Pero el país atraviesa por el más difícil

momento desde la transición, y don Felipe González, jefe del más importante partido de la oposición,

aprovecha la circunstancia para apretarte al Gobierno todas las tuercas constitucionales. Hace bien. Está

en su derecho y en su papel. Aunque pierda la votación. O sea, 1 aunque todavía no vayan a encalar las

paredes de la Moncloa.

Mientras hablaba don Felipe González, el presidente del Gobierno tomaba notas. Adolfo miraba a Felipe

con visible admiración. Parecía decirse a sí mismo: «Este muchacho ha progresado mucho en el arte

parlamentario». Y tal vez por eso el señor presidente del Gobierno pensó que había que echar sobre el

discurso y sobre la Cámara unas sombras oscurecedoras. Habia que traer al debate alguna tenebrosidad.

Cerca de él tenfa al mejor especialista en estos menesteres. Y se levantó a hablar el señor Abril Martorell.

Confieso una vez más mi incapacidad para resumir en unas notas inteligibles los discursos de don

Femando el Caótico. Pero es que el señor Abril estuvo ayer más caótico que nunca. Lo único que logré

anolar —eso sí, hasta cuarenta y cuatro veces— es que el señor Abril propugnaba un diálogo Norte-Sur.

Don Felipe González se había referido, de pasada, a una Conferencia Norte-Sur. Y el señor Abril orientó

hacia allí su brújula. No preguntarme. No esperéis que yo logre explicar para qué demonios quería don

Fernando Abril que se estableciese un diálogo Norte-Sur. A los pocos minutos de discurso, uno no sabía

si ese diálogo Norte-Sur se refería a un diálogo entre empresarios y trabajadores, enfre empresas y

sindicatos, entre la Administración Pública y los entes autonómicos y locates, entre el País Vasco y

Andalucía, entre don Pelayo y los majos de Cádiz, ´entre et socialismo sueco y el racismo sudafricano,

entre la Policía Montada del Canadá y los habitantes de la Patagonia, entre el Gobierno y la oposición,

entre los países petrolíferos y los países subdesarrollados. entre la industria y la agricultura, o sea. entre

los altos hornos y los pepinos, o entre la Estrella Polar y la Pirámide. Lo juro por mis antepasados y por

mis descendientes. No lo sé.

Me consoló comprobar que tampoco don Felipe González había desentrañado la extraña metáfora. Y me

confortó comprobar que, a falta de la virtud de la claridad, el discurso de don Femando Abril tenía casi

prodigiosas virtudes de eficacia hilarante. En el Congreso está prohibido hacer ninguna clase de

manifestaciones desde la tribuna de Prensa y desde los palcos del público. Pero las risas contenidas

estallaban y salian de los rostros morados por el esfuerzo de contener la carcajada. Los señores diputados

.sufrían el mismo trance. Unos, más discretos o voluntariosos, se llevaban la mano a la boca para sujetar

la catarata de risa, otros, más sensibles al ataque, como don Antonio de Senillosa, daban saltos en su

escaño. Hasta me pareció ver que don Adolfo Suárez escondía la sonrisa. Don Landelino La vil la,

escrupuloso poslulador del silencio en las tribunas, esta vez no se atrevió a pedirlo. Debió de comprender

que hay en el ser humano impulsos insuperables, necesidades e imposiciones de la naturaleza humana

absolutamente invencibles.

Lo que le sucedió después al señor Jiménez Blanco es que llevaba el discurso escrito y que lo habla

escrito, lógicamente, antes de la bomba. Y, claro, sus señorías fueron escurriéndose hacia el bar para

poder hablar del suceso. Lo que había escrito el señor Jiménez Blanco ya no le interesaba a nadie. Era

como si hubiese seguido tocando el violin en medio del incendio del teatro.

Todavía quedaba por estallar otra bomba parlamentaria. El socialista vasco ceñar Solchaga echó sobre el

tapete el tema del terrorismo de ETA. Y pidió la palabra el señor ministro del Interior. No está

acostumbrado este Parlamento a enfrentarse con las verdades desnudas. SÍ el debate que anoche se

produjo sobre el terrorismo se hubiese mantenido hace dos años quizá no estaríamos enterrando víctimas

todos los días. Pero eso ya lo contaré mañana.—Jaime CAMPMANY.

 

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