Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Cartas boca arriba     
 
 ABC.    23/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

VIERNES 23-5-80

OPINION

ABC / 3

Escenas parlamentarias

Cartas boca arriba

Allí, en el hemiciclo, nadie hablaba de ETA, del terrorismo de ETA. Esa es una pústula que nadie se

atrevia a destapar. Todos pasaban junto a ese tema de puntillas. No sólo el Gobierno, sino también la

oposición.

El único diputado que hizo referencia al terrorismo fue precisamente el señor Bandrés, de Euzkadiko

Ezkerra. El señor Bandrés posee inteligencia, astucia, audacia y un enorme descaro. Administra

sabiamente una especie de terrorismo parlamentario. Dice disentir de los procedimientos de ETA, pero

confiesa que sus objetivos son idénticos a los de ETA. Envuelve sutilmente las repulsas a ETA en

acusaciones contra el terrorismo de Estado, las supuestas torturas de la Fuerza Pública, la postulación

constante de medidas políticas y la descalificación de las medidas policiales. Predica la reconciliación del

pueblo vasco mediante nuevas amnistías, y describe a los terroristas como seres que recurren a la

violencia como único remedio para recuperar lo que les fue quitado, también con violencia, hace no sé

cuántos lustros. Oyendo hablar al señor Bandrés parecería que los terroristas son soldados heroicos que

luchan con las armas en la mano por la sagrada libertad de su Patria. Odian la violencia más que nadie —

¿también más que las victimas, señor Bandrés?—, pero la usan. Y en eso es en lo que se equivocan.

Porque hay que buscar los mismos objetivos por otros caminos y con otros procedimientos. Por ejemplo,

ejercitando el terrorismo parlamentario, acusando de torturadores a los muertos y pidiendo perdón para

los asesinos. Los señores diputados ya se han acostumbrado a estas cosas del señor Bandrés y las

escuchan sin pestañear. La flema para escuchar al señor Bandrés sitúa a nuestra democracia por encima

de la británica. Hemos conseguido nuestro primer récord dçmocrático.

A la oposición tampoco parecía interesarle demasiado el tema. La oposición se interesaba más bien por lo

que llama «recortes de libertades». Es muy posible que eso de «El crimen de Cuenca» sea una

consecuencia de cierto desajuste legislativo y un inquietante contratiempo político. Y es natural que nos

produzca alarma —apenas conquistada la plena libertad de expresión— que a unos periodistas nos llame

la Justicia para pedirnos cuentas de lo que escribimos y que otros periodistas encontremos cerradas las

páginas de nuestro propio periódico y tengamos que Irnos con nuestra música a otra parte, que algo de las

dos cosas sabe uno. Pero no parece comparable el «recorte de libertades» por parte de algunas

instituciones del Estado y ese otro recorte de libertades en que se ejercita diariamente el terrorismo. El

uno —en el peor de los casos— te recorta la pluma, y el otro —con mucha suerte— te recorta tas piernas.

Con menos suerte, te entierran como a José María Portel. Una película secuestrada —aunque sea la

exhibición acongojante de unas torturas de la Guardia Civil, precisamente cuando las supuestas torturas

sirven de coartada moral al terrorismo— es, desde luego, un mal para la libertad Ilimitada de expresión.

Casi cuatrocientos asesinatos a sangre fría es una repetida hecatombe para el elemental derecho a la vida.

Además, tos muertos ya no se expresan.

O sea, que el Gobierno pasaba como un gato silencioso y cauto sobre el tema candente del terrorismo.

Don Santiago Carrillo —una oposición— reducía el tema a que alguien había entrado, no se sabe bien

para qué, en el piso de su secretarla. Y don Felipe González —otra oposición, con la responsabilidad de

alternativa— se recreaba en lo del «recorte de las libertades», como si de allí nos llegasen los tiros. Lo de

siempre: el país, en zozobra, y el Parlamento, en el Ateneo. En este punto, llegada ya la noche, cuando ya

sabíamos que también ese día había vertido sangre el terrorismo de ETA, el señor,Solchaga, socialista

vasco, acusó al Gobierno —con toda razón— de no haber tenido una palabra clara y precisa sobre las

graves tribulaciones del País Vasco. Era una perentoria Invitación al ministro del Interior para que

expusiera el plan o el programa del Gobierno para hacer frente al terrorismo. La herida, larga y profunda

herida, estaba al descubierto.

Don Juan José Rosón estrenó ante el Pleno su flamante cargo —su flamante carga— de ministro del

Interior. Su voz, por contundente y por enérgica, se hacia casi patética. En esta materia ya se sabe que las

palabras han terminado por casi carecer de valor. Vale más el tono de pronunciarlas, si denotan la

decisión firme de traducirlas en hechos. El señor ministro explicó las medidas de Gobierno t» \ ustedes ya

conocen. Seguramente alguna de ellas tenía que inquietar un tanto a la oposición, porque desde la

oposición se ha rozado y se roza en más de una ocasión esa figura de delito que se conoce con el nombre

de «apología del terrorismo». Aunque tímidamente, el comunista señor Solé Tura expresó después esa

inquietud. Y cuando el señor ministro se congratuló por la actitud clara ante el terrorismo que ahora

muestran los socialistas, y señaló que, si esa actitud se hubiese manifestado hace dos años, tal vez ahora

no estaríamos en la situación en que estamos, los socialistas se encresparon. Salló a relucir el nombre del

señor Benegas, consejero de Interior del preautonómlco Consejo General Vasco. Y el señor Rosón, tras

elogiar la arriesgada gallardía del señor Benegas en estos últimos meses, recordó que en tiempos

proponía, como solución al problema vasco, la negociación con ETA.

Las cartas estaban boca arriba. En el tema del terrorismo el Gobierno tiene responsabilidades. Muchas y

graves responsabilidades. Pero no son menos graves las de la oposición. Y el señor Rosón sólo había

usado un pequeño espejo para que las vieran. El espejo podría haber sido más grande, lo suficiente para

reflejar aquellas desgañitadas lamentaciones contra los «cuerpos represivos»; las presiones callejeras con

que se solicitaban sucesivas amnistías; la participación en huelgas de protesta contra la actuación de la

autoridad; el desgarramiento de vestiduras cuando los guardias no actuaban como petimetres áulicos; la

obstrucción parlamentaria por todos los medios a las medidas de eficacia; el empecinamiento en diluir el

terrorífico desafío de ETA en las rutinarias condenas contra la violencia de «todo signo»; las propuestas

de negociación con los asesinos que pueden ser halladas en palabras de políticos, quizás del propio señor

González. Los Plenos de este Congreso de la democracia comenzaron con una escandalosa sesión en que

los socialistas querían justificar que su diputado don Jaime Blanco se dedicara a arrancar detenidos —por

la fuerza física— de las manos de los agentes del Orden.

A nadie le gusta que le pongan frente a sus propias responsabilidades. Y menos si son tantas y tan

insistentes en el error. Es más fácil pedir a los demás las suyas. Pero una de las cosas buenas que tiene la

democracia es que cada palo tiene que aguantar su veja. Jaime CAMPMANY.

 

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