Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   El debate  :   
 Primera parte. 
 ABC.    23/05/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

4 / ABC OPINION VIERNES

23-5-80

Pequeños relatos EL DEBATE

(Primera parte)

Todo comenzó por un despliegue fulgurante del «cuarto poder». Los estrategas de la Moncloa pusieron en

línea de ataque a Luis María Anson y a José Ramón Alonso. Fuera de esa estrategia, y por libre,

aparecieron como ráfagas Juan Luis Cebrián y Emilio Romero. Era el prólogo del gran debate en el

Parlamento.

Confieso mí petrificación muscular después de leer la más desahogada invectiva de Luis María Anson

contra todos nuestros políticos, a excepción de uno, el presidente del Gobierno —una especie de moderno

Flaminio—, que ya era un panorama atroz. El texto decía esto: «Ahí están (se refería a los políticos).

Hablan como loros. Avanzan como tortugas. Saltan como patos. Atacan como gallinas. Se defienden

como peces, escurriendo el bulto. Muestran con entusiasmo la popa, al gusto de sus depredadores. Balan,

en fin, igual que tiernos corderos. Es gente temblorosa y lanar. Es nuestra clase política.» Mi

confrontación con la memoria se fue a los grandes personajes de nuestra democracia, y resultaba que los

más célebres, para el director de la agencia Efe, eran loros, tortugas, patos, gallinas, peces y corderos

lanares, en su sentido más despectivo. Todavía más: «España es el pesebre de Troya, al que acuden,

nerviosos, los políticos para recibir su ración de pienso." Solamente se salvaba a Suárez. ¡Menos mal! La

democracia solamente tenía un ciudadano ejemplar, ajeno a una clase política zoológica. Luego todo sería

diferente. Por primera vez en la historia de la democracia nueva había un debate parlamentario. Pero el

articulista fue implacable: «¡Ay —decía— la política española, esa ramera de pelo teñido y postizas

pestañas que hace la calle a la espera de que salgan de su cripta los cadáveres del Parlamento!»

Más vale que no salieran los cadáveres del Parlamento. Sería atroz ver emerger, gloriosamente, a Suárez,

del brazo de Anson (y con versos parecidos a aquellos de Núñez de Arce, cuando Amadeo se cansó de

nosotros), sobre los loros, las tortugas, las gallinas, los peces y los borregos, mientras el país clamaba por

su desencanto: Luis María Anson no había bebido de Aristóteles, ni de Darwin, para referirse a los

animales, sino exclusivamente del Parlamento español, al que da origen la Constitución de 1978.

Aristóteles y yo estamos tristes. Los animales no pueden ser tratados así.

Alégrense los demócratas europeos; que renazcan las esperanzas de los demócratas desilusionados. Está

teniendo lugar un debate. El presidente hacia más de cien días que no Iba al Parlamento, los diputados se

morían de impaciencia por pasillos y restaurantes, Montesquieu se revolvía en la Historia, y Ruiz Zorrilla

nos insultaba desde el siglo XIX. Habíamos traído la democracia y los «tres poderes» estaban en las

cuerdas. El «cuarto poder» estaba procesado. ¿Y qué pasó? Lo contaré en partes. Lo más sobresaliente del

comienzo fue una frase del diputado Rojas Marcos, cuando tras unas desaprobaciones ruidosas a fo que

decía, se dirigió al presidente del Congreso y le pidió con lógica cartesiana: «¿Podría el señor presidente

orientar a los señores diputados a que expresen sus pensamientos de otro modo que no con las

extremidades?» ¡Ah! El Parlamento podía resultar.—FOUCHE,

 

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