Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Regenera nuestra democracia     
 
 Diario 16.    23/06/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

Diario 16/23-junio-80

OPINION

PEDRO J. RAMIREZ

Regenerar nuestra democracia

Quienes tanto hablan de la reforma de la Constitución, deberían preocuparse antes de cumplirla. La

regeneración de la democracia pasa en primer lugar por la defensa de nuestra ley de leyes. Dicen que la

Constitución es ambigua en cuanto al respeto a determinadas libertades. La ambigüedad está más bien en

el corazón de la mayoría de nuestros políticos, a quienes les resulta mucho más fácil apretar el botón en el

Congreso que actuar luego en consecuencia.

Por primera vez en siglo y medio España tiene una norma fundamental que no puede ser utilizada como

arma arrojadiza de una parte de la ciudadanía contra otra. No es hora de obsesionarse en sus

imperfecciones técnicas. Es hora de profundizar en sus posibilidades de saneamiento ambiental hasta

hacer más respirable nuestra atmósfera política.

Próximos ya al quinto aniversario de la muerte del general Franco, la estela con los aspectos más

negativos de su régimen todavía contamina nuestras aguas. La semana pasada nadie celebró el tercer

cumpleaños del espíritu del 15 de junio, por la sencilla razón de que no quedaba ilusión para encender

ninguna vela.

Imprudentemente conservadores

Entonces se optó por el «cambio sin riesgos». De un tiempo a esta parte proliferan las segundas, terceras

y cuartas lecturas que pasan de puntillas sobre el sustantivo, para instalarse cómodamente en la parte

adjetiva de la proposición.

Nuestros políticos se han vuelto imprudentemente conservadores. Parecen no darse cuenta de que la

ecuación funciona de tal forma, que en la España de 1980 cuanto menor sea el «cambio», mayores serán

los «riesgos».

Tenemos, eso sí, conservadores de distintas gamas, colores y especies. Carrillo es infinitamente más

conservador que Fraga y casi tanto como Sudret, Como no se espabile, Felipe González terminaré

convirtiéndose en uno de ellos.

«Conservan», claro está, cosas diferentes fundamentalmente sus posiciones relativas de poder—, pero es

el efecto acumulativo de sus actitudes lo que sanciona la pervivencia de unos hábitos sociales todavía más

aburridos que injustos. Se aforran a la idea de que la baraja quedó hace tres años repartida y por eso, entre

todos, han difuminado la significación del 1 de marzo del 79.

Ese día debió darse por terminada la cimentación de la democracia y debió comenzar la edificación de la

«Nación». La democracia es un entramado de mecanismos institucionales. La «Nación» —asi, entre

comillas y con mayúscula, como la escribe jacobinamente Xavier Domingo— es un código de señas de

identidad común, fruto del buen uso reiterado de tales mecanismos.

Adolfo Suárez pidió perdón en el último tramo del debate parlamentario por no haber desarrollado esa

«nueva manera de gobernar» prometida durante la campaña. Felípe González debería haber hecho otro

tanto, porque la acumulación dogmática de su partido no le ha permitido evolucionar lo suficientemente

deprisa hacia esa «nueva manera de ejercer la oposición» que el país necesitaba.

Y qué decir de fray Santiago, anclado en el más inmovilista de los liderazgos de la historia española del

siglo XXI Una vez acuñado el rótulo, una vez concluido el libro, el «eurocomunismo» se ha convertido en

simple coartada de acomodación personal en un «status» que el 20 de noviembre del 75 ni de lejos soñaba

poder alcanzar.

La decepción de los jóvenes

Comprendo bien la decepción de los jóvenes comunistas José María Mohedano es un buen ejemplo—

que, hartos ya de ascética y de mística, han buscado la liberación lejos de su iglesia. Tiene mucho que ver

con la decepción de muchos jóvenes centristas que escucharon que el suyo era el «partido de las

libertades» y han descubierto que es el partido que impide que dos seres adultos puedan deshacer de

mutuo acuerdo su unión matrimonial. Es decir, el partido de Díaz Pinés, matemático y célibe.

Nuestros políticos se han vuelto perezosos porque ganan más dinero y gozan de mayor respetabilidad

social de la que disfrutaban en sus actividades anteriores. Cobran por entender el lenguaje de los dedos

del portavoz situado en la primera fila del hemiciclo y sortean cuantos temes puedan acarrearles

dificultades. Nadie habla de los privilegios de determinadas castas funcionariales, ni del pésimo

funcionamiento de la administración de justicia, ni del caos urbanístico y circulatorio de las grandes

ciudades, ni de la posibilidad de abolir el servicio militar obligatorio.

Son temas prepolíticos,de sociedad civil, de calidad de vida democrática. Temas insertos en la

encrucijada de perplejidades y zozobras que para el mundo occidental constituye el arranque de la

presente década. Abordarlos requiere enormes dosis de creatividad e imaginación, porque sólo

«cambiando» podremos prosperar.

La mala uva colectiva

Pero en España se bosteza mucho y se piensa poco. Los defectos de los «padres de la Patria» no son sino

los de todos nosotros, subrayados por los espejos cóncavos y convexos de ese inmenso Callejón del Gato

que es la mala uva colectiva.

Sin concretar si su ocurrencia también le descalifica a él, Fernando Abril a veces comenta que el único

que en España cree en el «mercado» es uno de la UGT. Muchos de los empresarios que cada día pasan

por su despacho, en rosario de manos abiertas y extendidas, parecen desde luego calcomanías de aquel

personaje de «La.escopeta nacional» —menos mal, y hablo de Berlanga, que aún nos, quedan Valle

Inclanes— que implacablemente perseguía una «licencia», una «concesión», una «subvención», una

«ayuda», un «permiso» para instalar porteros automáticos.

Las centrales sindicales saludan, mientras tanto, el incremento del salario mínimo interprofesional con el

mismo entusiasmo con que lo hacían los verticales del franquismo, ignorando el enorme perjuicio que,

como demostraba ayer en el «ABC» mi amigo Pedro Schwartz, esta medida ocasiona a los jóvenes sin

empleo.

¿Puede haber regeneraciones sin Desastre? Ese es el reto que la historia plantea a quienes desde la política

y desde fuera de ella, son por su talante depositarios del legado de Feijoo y de Larra, de Ganivet y de

Ridruejo, del liberalismo de la escuela de Salamanca y el «krausismo» de la Institución Libre, esos

contados españoles capaces, como escribió Joaquín Costa, de «levantarse antes del amanecer».

No sé si puede baber regeneracionismo sin Desastre previo, pero intuyo que algún tipo de desastre nos

aguarda si no conseguimos pronto que nuestra democracia deje de ser le continuación —Luis Martín

Santos nos vigila, inquieto, «desde fuera» de aquel sórdido y lúgubre «Tiempo de Silencio» en el que

todo era siempre inevitablemente igual a sí mismo.

«... calcomanías de aquel personaje de ´ ´La escopeta nacional" que implacablemente perseguía una

"concesión", para instalar porteros automáticos.»

 

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