Autor: Sánchez Dragó, Fernando. 
   El poder y la gloria  :   
 Aquí ha llegado el desencanto porque nos falta la gloria. 
 Diario 16.    23/06/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

El poder y la gloría

Aquí ha llegado el desencanto porque nos falta la gloria

La copla de esta transición que no cesa —casi un lustro ya, hamletiano, entre el ser y no ser— tiene un

estribillo en forma de pregunta: ¿Por qué la democracia se ha convertido aquí (y en todo nuestro pequeño

mundo occidental) en sinónimo de desencanto y —lo que es peor— de aburrimiento, mientras en otras

partes no tan ubérrimas y bajo otros regímenes aparentemente menos ilustrados las masas cierran filas con

inequívoco acaloramiento en torno a los brujos, pontífices y ayatolás que los gobiernan?

La cuestión, al cabo de tanta política y de tanta historia como llevamos andadas, no me parece de difícil

respuesta: Sólo hay una cita posible entre el poder y el pueblo, y es la que se establece con audacia e

imaginación a la hora y en el lugar de la utopía. Allí citó Lenin a la santa Rusia de Bakunin y Cristo, y fue

el Soviet; allí citó Mussolini a sus frágiles compatriotas de entreguerras, y fue el Fascio; allí citó Hitler a

quienes aún no eran sus subditos ni sus víctimas, y fue el Tercer Reich; allí —con más prudencia y mejor

pulso— hincaron su banderín de enganche el primer Kennedy y el último De Gaulle, y fueron la New

Frontier y la Grandeur; allí lanzó su reclamo el mandarín Mao Tse-tung, y fue otra vez el Celeste Imperio;

allí convocó Hassan a los humillados y ofendidos del Mogreb, y fue la Marcha Verde; allí se pavonean

hoy Jomeini y Ghedaffi, y es la Guerra Santa, la civitas Dei y el quinto jinete del Apocalipsis.

Y si buscáramos casuística de lo mismo antes de lo actual o de lo muy reciente, para exponerla

necesitaríamos por lo menos todas las páginas de este periódico.

Una película de ursulinas y notarios

Creen los políticos de por aquí —esos señores tan abotonados y encorbatados, tan sensatos y pacatos—

que la democracia debe ser una película en blanco y negro interpretada por ursulinas y notarios,

quedándose el technicolor, el sensurround, los mares del sur y Marilyn Monroe para las

superproducciones de la Metro. Les pasa lo que al cine español, esa bazofia costumbrista en pantuflas y

batín.

Pero ojo, porque de igual forma que el cine no puede existir sin espectadores, tampoco puede haber

democracia sin ciudadanos que levanten su voz y depositen su voto. La quiebra fraudulenta de nuestros

líderes —que la abstención les valga de aviso— está a la vuelta de la esquina. Y lo está, aunque el asunto

les suene a chino, porque ninguno de ellos se atreve a jugar la carta de la utopía, esa zanahoria tras de la

cual camina el burro —y caminaría el hombre— precisamente por ser inalcanzable.

Asusta la radical y perentoria privación de ideas y de ideales que los políticos nos proponen: todo se les

vuelve —y se nos vuelve— cifra, salario, balanza, impuesto, norma, chequera y columna de contabilidad.

Discúlpenme el tópico, pero aquí nadie se preocupa del espíritu. Aquí no se hace política (o lo que hasta

el Renacimiento se entendió por tal), sino adminis´tración.

Aquí, caso de reaparecer por la Rábida un trotamundos llamado Cristóbal, se le despacharía con la excusa

de que en el presupuesto no hay doblones previstos para carabelas y con el clarividente pronóstico, a

guisa de consuelo, de que América no existe. Aquí se pretende que vegetemos, no que vivamos. Y aquí

—si no, al tiempo— los votantes están ya maduros para irse como corderitos encantados detrás del primer

orador que tenga el coraje y la vista de postular sueños, américas y navegaciones.

¿Otro Tirano Banderas?

¿Habrá suerte o nos tocará otro Tirano Banderas? Lo digo porque las utopías —ahí su único riesgo—

pueden ser bambolla escenográfica de cartón piedra (Hitler, Lenin, Mussolini, Franco) o aventura

espiritual de un pueblo proyectada hacia el futuro desde las raíces del pasado. Si hoy no nos dan esto,

pronto tendremos aquello.

Cierta vez, en Yanquilandia, alguien —un enteradillo de aula y diploma— se acercó al anciano jefe sioux

de no sé qué reserva india y le interpeló sobre las razones del descontento de sus paisanos. Tenéis —dijo

el gafotas— casa, campos, neveras, televisión y subvenciones. ¿ Qué os falta? Calló el guerrero,

contempló durante unos segundos la pradera infinita en la que alguna vez ramonearon bisontes y, por fin,

melancólicamente, contestó: Nos falta la gloria.

A nosotros, señorías, también.

 

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