Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   El tinglado de la farsa     
 
 Ya.    07/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La Columna

EL TINGLADO DE LA FARSA

LA vuelta de Santiago Carrillo a la Moncloa, tras un largo período de incomunicación con el poder,

demuestra, en primer lugar, que la vida política da muchas vueltas y en segundo lugar, que está

cambiando vertiginosamente el estilo de gobernar, retornando a los hábitos del principio de la transición.

Los comunistas no se han conformado con las explicaciones del activo Martín Villa y han exigido, para

colaborar, entrar en el despacho presidencial y salir en el telediario. Ya no cabe duda de que se busca el

gran pacto autonómico y de que el ámbito parlamentario sólo sirve para poner en escena la comedia

escrita en otra parte. Al final no acaba uno de estar seguro, de si lo que se pretende es lograr un bingo

para Andalucía entre todos con los artículos de la Constitución, mejorar cada cual su imagen o tratar de

resolver los principales problemas del país.

A primera vista, lo que Suárez vino a decir en su conferencia de prensa —en la que intentó, sobre todo,

responder a Felipe González— es que no piensa marcharse y que resistirá, si puede, hasta 1983, que es

cuando tocan las elecciones, sin alianzas de gobierno con los socialistas. Le entendí también que en Ucd

no había tendencias organizadas, y aquí fue cuando por primera vez el presidente me pareció un candido

palomo o un zorro redomado. El mismo día el jefe de la oposición venía a declarar que el tinglado no

resiste hasta 1983 y que los socialistas confían en gobernar antes en coalicón con Ucd, pero sin Suárez.

En el Psoe tampoco hay —faltaría más— tendencias organizadas y, como demostración de que todo es

armonía, ahí está la caída del presidente de la Diputación de Madrid, señor Revilla. Es decir, Suárez no

quiere dejar el despacho y los socialistas se muestran ansiosos de habitarlo cuanto antes, todo envuelto en

altisonantes razones de Estado. Como la vida política da muchas vueltas, parece que las dos salidas más

probables, dada la situación nacional y la peligrosa dinámica en que nos encontramos, son: elecciones

anticipadas o Gobierno de coalición.

Las preguntas verdaderas que están sobre eí tapete hoy son: ¿Cuántos muertos a la semana a manos de

Eta puede tolerar el mecanismo de seguridad del Estado sin que suenen los timbre de alarma? ¿Cuántos

parados más al mes soporta la frágil sociedad española? ¿Cuántos cambios bruscos de rumbo y de

dirección por parte de las ejecutivas respectivas son capaces de tolerar los débiles y endeudados partidos

políticos españoles? ¿Los hambrientos de Marinaleda se han muerto de hambre o tienen ya comida? ¿Qué

fue de ellos tras tanto alboroto? ¿Cómo se va a gobernar si la máquina de la Administración Pública, a

pesar del último apaño, no funciona? ¿Hasta cuándo puede mantenerse la farsa de unos políticos que

dicen actuar en nombre del pueblo, mientras el pueblo está cada vez más desinteresado de los tejemanejes

de los políticos? ¿Está Suárez cautivo de los nacionalistas vascos y catalanes? ¿Lleva Eta la iniciativa

política en este país? ¿Cómo puede convencerse el hombre de la calle de que no son los que más chillan

los que se llevan las alforjas llenas? ¿Es o no cierto que Garaicoechea ha exigido varios cientos de miles

de millones de pesetas en concepto de «reparación de guerra»? ¿Cuántas «lecturas» de la Constitución

faltan todavía? Preguntas que no salieron a relucir en la rueda de prensa.

Pero, en fin, lo que interesa por lo visto es si va a haber o no pronto un Gobierno de coalición en España

que facilite el triunfo de los inexpertos socialistas en las próximas elecciones generales. Ahora mismo se

hacen apuestas . (Lo del partido-bisagra de Antonio Garrigues no se lo cree ni él.)

La fragilidad del actual Gobierno, a mi juicio, no está tanto fuera como dentro de sí mismo y de su

partido. Probablemente los nacionalistas catalanes no rompan la baraja en primavera, porque no les

interesa. Pero no está tan claro que en los próximos meses las actuales tensiones en el seno de Ucd no

acaben con el Invento, sobre todo si, como parece, están reponiéndose cuidadosamente los mecanismos

de poder del antiguo Movimiento Nacional, ahogando las discrepancias en provincias y homogeneizando

las tendencias. Un día de estos seguiremos con el sugestivo tema, aportando algunas pruebas. Por lo

pronto, las peleas de gallos en el grupo parlamentario centrista tras la marcha de Jiménez Blanco pueden

ser las primeras escaramuzas de cara al congreso de enero.

Mientras tanto, sigue la «feria de la Moncloa». El sector más crítico de la Banca ha colocado a sus

hombres en el Gobierno, y el sector más crítico de la clase política —comunistas y socialistas— ya ha

acudido dócilmente al despacho presidencial. Suárez ha dado la vuelta a la situación como a un calcetín.

Y es que habilidad y audacia no le faltan. Si acaso, lo que se echa de menos en la clase política ahora

mismo son los principios democráticos y la grandeza moral.

Abel HERNÁNDEZ

 

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