Autor: Baró Quesada, José. 
   España en la calle     
 
 ABC.    18/12/1970.  Página: 29. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA JORNADA DE AYER

ESPARA EN LA CALLE

He aquí la respuesta a los enemigos interiores y externos de nuestra paz y nuestras leyes. España, simbolizada en Madrid, se echó ayer a la calle para aclamar al Jefe del Estado y al Ejército y para repudiar con toda su alma, como el 18 de julio de 1936, al marxismo, al separatismo, a las actividades terroristas.

Millares de personas se manifestaron decididas a no dejarse arrebatar el orden público imperante desde el 1 de abril de 1939 ni a consentir que los extranjeros se inmiscuyan en nuestros asuntos. Oí decir a mucha gente: «Aquí administramos justicia y nos gobernamos como queremos. no como quieran los demás». Hermosa expresión multitudinaria de nuestra soberanía política y jurídica. Me recordaba otra en parecida situación y en el mismo escenario majestuoso de la plaza de Oriente, también ante el Caudillo. Fue el 9 de diciembre de 1946.

Don Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura, era uno de los manifestantes. Entonces, como ahora, España desdeñó la gritería extranjera. Y siguió haciendo su voluntad.

En el balcón del Palacio Real, con Franco y su esposa, los Principes Don Juan Carlos y Doña Sofía. En medio del borbónico recinto, la estatua ecuestre de Felipe IV, él Rey poeta. A los costados de la plaza, los monarcas medievales. Y, desbordándolo todo, fiel al pasado, al presente y al futuro, el valiente,

insobornable y leal pueblo español.

Emoción del reencuentro de viejos camaradas de armas de África, de Brúñete, de las estepas rusas. Sacerdotes con sotana y hombres con camisas azules, boinas rojas y uniformes militares. Incalculables jóvenes de uno y otro sexo vitoreando a España, al Ejército, al Generalísimo, al Príncipe.

La verdadera Patria, la trascendente y eterna, estaba allí, bajo el sol, a la luz del día, al pie de unos muros augustos que son pedazos entrañables de nuestra Historia. Y ondeando, gloriosa, la bandera bicolor, la santa bandera de la indestructible unidad nacional. ¿Qué importaban ante eso los ladridos de la jauría? España, dueña y señora de sus propíos destinos, continuaba cabalgando. Los ladridos de allende las fronteras daban de ello buena fe.

Horas después, por plazas y avenidas, había aún manifestaciones de patriótica afirmación. Una vino hasta la puerta de esta Casa. Madrid era un hervidero de entusiasmo y enérgicas actitudes. Todo correcto. Todo en orden. Ese orden que los españoles no querernos perder. Un millón de muertos nos costó conseguirlo.—José BARO QUESADA.

 

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