Autor: Rodríguez, Pedro. 
   Tres presidentes son     
 
 ABC.    19/04/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Jornada de reflexión

Pedro RODRÍGUEZ

Tres presidentes son

Bueno, verás: Aurelio Delgado, fino estilista, .llamado en el siglo «Lito», coge, llama a los periodistas y

les tira suavemente de las orejas. Les dice, oye, «El presidente no está en este momento, oye», «El

presidente hablará contigo», «El presidente está lleno de moral». Oye. Luego, los fontaneros de

Rodríguez Sahagún cogen, llaman a los periodistas, escucha, «El presidente te rogaría que», «Al

presidente le gustaría que», «El presidente espera de ti que». Escucha. Y, por supuesto, la voz de la

Moncloa informa que «El presidente va», fíjate, «El presidente viene», «El presidente cree». Fíjale. Este

es el único país del mundo con tres presidentes, sus cohortes y sus mesnadas actuando, al mismo tiempo,

sólo en Madrid. Esto es el Cisma de Avignon, Peníscola, La Escopeta Nacional. El presidente jurídico

vende fe, gestos, politesse. Sahagún vende caridad, echa arengas, trata a sus militantes como a negritos

del Domund camino de la catequesis. El duque vende esperanza y/o carne congelada de Sudamérica y/o

petróleo de Guinea y/o futuras carteras.en el Gobierno del 83. Para ninguna de las tres cosas necesita

saber idiomas. Cuando le vieron llegar a su isla con moqueta de «Antonio Maura», los grandes bufetes de

Madrid, Armero, Garrigues, Pedrol, enarcaron !as cejas. La ruta de los grandes bufetes en Madrid es un

club «priveé». Engrasado, implacable, mágico. No estaban preparados para un «parvenu», para un duque

cuyo capital ingresado en el Banco era exclusivamente El video de Tejero. Los grandes clientes quieren

hablar siempre con el jefe de! bufete, y si liega un alemán a vender misiles, oye, ¿en qué idioma se

entiende con Herr Suárez? Y lo que es peor, ¿a qué ministro puede llamar Herr Suárez para colocarle los

misiles? De pronto, los grandes bufetes se dieron cuenta que lo que instalaba el duque de Suárez no era un

«Consulting», sino un picadero político, una Sierra Maestra, una sala de espera, «un despacho de

influencias» donde escuchar la más bella palabra del idioma castellano: presidente, presidente, presidente.

El propio jefe del bufete se ha dado cuenta en quince días que con el video de Tejero, ay de los vencidos,

no le llega para reconquistar la Moncloa por su cara norte. Que el señor que tenga la Banca, el Ejército y

el «BOE» es el que hace las listas electorales y ése se llama Calvo-Sotelo. Los tres presidentes sólo se

saludan libiamente en los pasillos de las Cortes. Un futuro cuarto presidente se ha asomado al balcón, ha

oteado el clima y ha pronunciado esta frase digna del mármol:

i —No hay que darse prisa. En \ste país vale más no tener ningún

carné de partido en el bolsillo. En este país va a haber muchas elecciones en los próximos años.

Se sienten, cono.Las grandes maniobras

Subes a las lomas, escuchas el fragor horrísono, toma ya, de la batalla, et vivaqueo, el cruce de líneas, tas

emboscadas. El viejo «skaylab» de Ucedé está a punto de estrellarse, agotadas sus baterías del 76, y el

Poder en España, abril del 81, es un perro suelto, sin collar, esperando el estacazo del Consejo de Guerra.

Así, anotadas, en cosa de grandes maniobras finas de Semana Santa, tengo yo, 1), el inmediato

acoplamiento de dos grandes plataformas espaciales, «Vitrubio» y «Santa Casa». O sea, Democracia

Cristiana oficial y Opus Dei. Alfonso Osorio dirige la delicadísima operación, que debe estar felizmente

terminada para la visita del Papa. Capitalizar a Wojtyla como capitalizar al Mundial, es el objetivo de

cincuenta diputados cristianos que están a punto de disparar, en unos días, una pastoral política sobre la

opinión pública. Cuando la Operación Vitrubio/Santa Casa fue comunicada a Pío Cabanillas, .jefe, como

se sabe, de la División de Operaciones Especiales desde el año 57. una cadavérica palidez, cuentan

testigos presenciales, cubrió las ilustres y sonrosadas mejillas de mi paisano. Luego está, 2), la fascinante

y delicadísima operación de meter un Garrigues en Ucedé, vieja aspiración de la cirugía política «ex

vitro». José Miguel Garrigues, jovencísimo banquero, servirá de cobaya, dándose de alta en Ucedé

Murcia, para actuar de niño-probeta. Mientras, Antonio Garrigues Walker pasea, envuelto en su túnica de

«tuareg», frente a ta fachada de la Moncloa voceando, dicen, los cuarenta toneles de sus cuarenta clubs

para cuando Ucedé estalle como una breva madura. Pero en operaciones exóticas, 3), nada comparable a

la Semana Santa de Fraga, que se ha ido a un sitio tan recoleto y piadoso como Taiwan. Fraga habla con

Calvo-Sotelo, pero por teléfono y de la marcha de la literatura gallega. A la hora del festín de la

concertación lo han dejado en el portal, como lo dejaron en el atrio del consenso. Fraga, pues, brama, pero

cuando se tienen nueve escaños el güsqui que te echan en la Moncloa es siempre nacional. Lo que pasa es

que Fraga («e il suo complesso») es el único político español que tiene ya preparado y a punto el

dispositivo para unas elecciones. Es lo mismo que se decía de Meliá, el hotelero, que en cuanto

autorizaran el juego, no tenía más que retirar las lonas que cubrían las ruletas. Fraga va a por veinte

escaños y tiene, como quien dice, los carteles hechos. Se está rearmando —de grandes periodistas, por

ejemplo— y se ha ido, ya digo, a Taiwan, donde casualmente estaba Miguel Herrero de Miñón. Como se

sabe, Taiwan es que viene siendo como el bar del «Palace» para los políticos españoles que quieren

hablar tranquilamente. Van allí a echar la parrafada, como los amantes de los años cincuenta iban a los

moteles de las afueras. Una vez, «in ¡lio tempore», Solis metió a Fraga, creyendo que era mozuelo, en una

lancha de Barreiros en La Toja y le hizo proposiciones deshonestas para pasarse al asociacionismo del

Movimiento. Fraga se resistió como María Goretti y se volvió a Londres, intacto. Juraría que estos días en

Taiwan, Herrero de Miñón, el «enfant» terrible de Ucedé, acabará cediendo y cruzará las líneas una noche

cualquiera, la terrible «zona de nadie», pantanosa, que separaba a Ucedé de la alianza fraguista. Pero ya.

en maniobras sofisticadas de Semana Santa, está, 4), Rodolfo, que va ajustándose las gafas, «a ver si

quedamos y hablamos", ofreciendo la más bella, deliciosa, maquiavélica y sugerente operación: crear un

nuevo grupo, oye, con la única finalidad de-evitar-la-creación-de-grupos...

Y bien, ¿Leopoldo? comienzan a caerse las primeras losetas de su «Columbia». La política de los gestos

se agota. El maravilloso truco de hacer las maravillosas cosas que Suárez no hizo pierde efecto. La luna

de miel cede, comienza un lejano Capri, «c´est fini». Pero aún tiene los dos cheques en blanco que pocos

presidentes han tenido el mismo tiempo en la historia de España: el del Ejército y el de la Banca. (El

Ejército no vigila al Gobierno. Mentira podrida. El Ejército vigila a Ucedé desde hace tiempo. El maestro

Ricardo de la Cierva ha descubierto que el Congreso de Mallorca estuvo infestado de espías de Miláns del

Bosch. En los cuarteles no gusta, por ejemplo, lo que ellos llaman «Radio Nacional del Pesoe». Ni los

cuatro mil millones de descubierto en Ucedé. Ni el «revival de Suárez. Ni que Sahagún no oliese el golpe

y que vaya de incidente en incidente, «es que estoy muy nervioso». Ucedé se dispone a volver del revés,

como un calcetín, el Congreso de Mallorca, montado por Suárez, en cuanto Calvo-Sotelo quiera.) Lo que

pasa es que Calvo-Sotelo está haciendo derecha con ministros que no creen en eso. Lo que pasa es que a

Calvo-Sotelo se le reprocha ya gobernar casi exclusivamente con «La Banda de los Seis». Lo que pasa es

que Calvo-Sotelo juzga a sus ministros casi bancariamente: por las cifras y los resultados. Y desde hace

una semana él ha comenzado a ser juzgado por las dos diabólicas, malditas, irreparables cifras que la

zarpa de la Historia escribe sobre la contabilidad de la Democracia: número de parados número de

asesinados, los viejos números rojos de ta política española.

Ese hombre que hace «jogging»

Pasan, parachoques con parachoques, fontaneros, cristos, críticos, vírgenes, turcos, sayones,

subsecretarios, y pasa, mirad esa foto camino de su tercer golpe, en «chandal», haciendo «jogging»,

Antonio Tejero Molina, él mito que durante cinco años soñó la otra España, que también «ha de helarte el

corazón». Este es —también— el único país del mundo donde a los mitos se les alimenta con centollos y

jamones. El único país donde un militar será juzgado por golpista por segunda vez. A Tejero han querido

meterle en el bolsillo de su «chandal» «el honor nacional». La Grandeur. Hay millones en circulación

para tejerizar la vida española. El dudoso honor de Tejero, como representante de esa España, está en

haber mentido paladinamente, bajo juramento, ¿recordáis?, en la «Galaxia» negando haber visto al

coronel Quintero. En tirarse fría y despiadadamente; ¿recordáis?, bajo los doscientos argumentos de sus

«cetmes». Pero es el mito que con más fuerza ha brotado en este país en medio siglo. No podernos seguir

acostándonos entre sábanas cada noche bajo e! temor del que viene Tejero. Hay que destejerizar España.

Este es un país demasiado serio, demasiado importante para que la vida se haya parado un 23 de febrero

como en Brigadoon. Para que tengamos que seguir viviendo entre la espada de Tejero y la pared de ETA.

Además, nadie puede monopolizar el pasado, cuando todos sabemos que don Francisco, que no era un

sanguinario, sino un militar serio, hubiera ordenado, en el acto, sin duda, la ejecución de un militar que

atentase contra el orden legal. «¿Cómo quiere usted privar a este hombre de honor de reparar su falta con

el paredón?», que le dijo a un ministro del Ejército ante el caso de un militar levemente sublevado. Ni un

~día más podemos seguir como pajaritos ante la serpiente del mito. El 23 de febrero, un par de horas

después que Tejero entrase en el Congreso, mis paisanos gallegos se tiraron a la carretera. Enormes colas

se formaron en la nueva autopista gallega. No huían. Intentaban solamente entrar en el casino de La Toja,

inaugurado hace tres años. Se batieron todas las marcas, hubo agolpamientos, puertas cerradas, kilómetros

de colas. Miles y miles de gallegos con el dinero en la mano, poseídos del «efecto Tejero», intentaron

hasta el amanecer apostar por una bola blanca,, mientras aquel señor de los bigotes nos tenía a todos

cogidos por el cuello. Camino de lo que todos sabemos es el tercer intento: el asalto político de La

Zarzuela.—Pedro RODRÍGUEZ.

 

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