Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Sobre el asalto al Banco y otros dos atentados     
 
 Diario 16.    25/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 25. 

Diario16/25-mayo-81

PEDRO J. RAMIREZ

Sobre el asalto al Banco y otros dos atentados

SEAN guardias civiles o no sus prota-gonistas, el asalto al Banco Central de Barcelona es el primer

resultado tangible de la política pusilánime y débil desarrollada por el Gobierno con respec-to a los

implicados en los sucesos del 23 de febrero. Desde la rápida exculpación de todos los números que

secundaron a Tejero -incluidos aquellos que llegaron a disparar en el interior del Parlamento-, hasta el

benevolente trato dispensado en materia de confort y comunicaciones con el exterior a los líderes de la

conjura, todo el retablo de gestos relacionados con el tema ha contribuido a envalentonar a la ullraderecha

golpista que tiene la per-cepción de que iniciativas de esa natura-leza pueden desarrollarse con un coste

comparativamente bajo.

La misma sensación de impunidad que durante toda la transición ha impulsado el deterioro de la segridad

ciudadana tanto en el frente del terrorismo como en el de la delincuencia común se ha hecho extensiva

durante los últimos meses a los afanes de quienes tratan de subvertir vio-lentamente el orden

constitucional. ¿Si un crimen da lesa patria coma asaltar el , Congreso de los Diputados queda saldado

con veinte días de arresto, por qué no rizar el rizo de lo rocambolesco y vivir la experiencia de un plan tan

descabellado y absurdo como el que transcurrió en la barcelonesa plaza de Cataluña? Cual-quier

aventurero, medianamente motiva-do ideológicamente, puede plantearse las cosas de este modo y obrar

en consecuen-cia.

Triste y precario consuelo es el que puede extraerse del hecho de que las ins-tituciones del Estado .-desde:

el propio Gobierno a la Policia, pasando por la prensa y los partidos- hayan reacciona-do con especial

destreza y sentido de la responsabilidad desde el mismo momen-to en que este duro envite se produjo.

Quiera el destino que no sea esta vez cuando se desencadena la tragedia, pero el cántaro terminará por

romperse si consentimos que viaje tan a menudo a la fuente. ´

El asalto al Banco Central puede cons-tituir, de hecho, el primer acto de esa escalada de terrorismo

negro» que según todos los manuales de la desestabiliza-ción tendría que desencadenarse en España, para

completar junto con la vio-lencia revolucionaria de ETA y GRAPO una tenaza implacable de la que

difícil-mente podríamos salir con bien. Quien es capaz de movilizar a veintitantos hom-bres armados y

sometidos a férrea desci-plina militar en el centro de Barcelona, puede igualmente ordenar todo tipo de

desmanes sangrientos.

Si este nuevo componente termina por perfilarse, entraríamos en un genuino proceso «a la turca» en el

que crecientes sectores de la población empezarían a ver en las Fuerzas Armadas no tanto una amenaza

ínvolucionista como una espe-ranza de pacificación y normalidad. Des-de ese momento la batalla por la

consoli dación de un régimen de libertades en España estaría poco menos que definiti-vamente perdida.

Aun es tiempo de cambiar el curso de los acontecimientos en vez de ir perma-nentemente a remolque de

ellos. Para conseguirlo se precisa un Gobierno con raudales de autoridad, y la más firme decisión de

aplicar unas leyes hasta aho-ra sólo muy tibiamente utilizadas. La tambaleante experiencia de estos tres

meses transcurridos desde el 23 –F demuestra que ese Gobierno no puede ser un gabinete monocolor.

Leopoldo Calvo-Sotelo debe pues reconsiderar su negati va al pacto de amplia mayoría propuesto por los

socialistas.

Jiménez Losantos y los mandarines

Dos días antes del asalto al Banco Cen-tral, Barcelona había sido escenario de otro atentado de

consecuencias limita-das, pero onda expansiva muy amplia. Más grave que la propia herida en la rodilla

de Federico Jiménez Losantes ha sido aún la reacción entre despectiva y perdonavidas de quienes en

Barcelona y en Madrid tienen hace tiempo decidido que la defensa de la cultura castellana en Cataluna no

figura entre su repertorio de guisos «democráticos».

Algunos han hablado, torpemente de. «piernicioso», otros de la «megalomanía» del agredido. Un

periódico de Madrid con propositos de expansión en Cataluña, para el que la noticia del ataque de Jimé-

nez, Losantos mereció tratamiento infor-mativo de pelea entre navajeros, tiene incluso el cinismo de

invocar ahora la «dignidad intelectual» de aquellos a quie-nes tan sistemáticamente ha cubierto de

improperios.

Este periódico nos llama «prensa ama-rilla» por publicar el «Manifiesto de los 2,300», Este periódico nos

llama «tontos» por recoger, puntual y textualmente, las palabras sinceras vertidas por Jiménez Losantes a

un redactor de la agencia Efe. Fue este misma periódico el que achacó a los intelectuales que,

encabezados por Amando de Miguel, se pronunciaron en favor de la igualdad de derechos lingüís-ticos en

Cataluña, un comportamiento desestabilizador del sistema democráti-co, Abera los reprende

jesusticamente al tener noticias de la decisión de varios de ellos de abandonar los dominios de la

Generalitat.

Uno ya no sabe si pensar que la sober-bia intelectual de los nuevos mandari-nes es infinita o si creer que

la agresión editorial contra los firmantes del mani-fiesto formaba parte destacada de los mencionados

planes de expansión perio-dística y sus promotores temen quedarse sin el muñeco del pim-pam-pum ante

el que acreditar su patente de catalanidad de nuevo cuño.

La irresponsabilidad de quienes desde enmoquetados despachos decidieron que mientras el vasquismo y

el catalanismo eran expresiones progresistas, el nava-rrismo y el valencianismo —por poner dos ejemplos

de sentimientos regionales inti-mamente entroncados con la idea de España- constituían modelos de

compor-tamiento reaccionario y fascistoide, ha terminado preñando de grandes dosis de crispación

adicional algunos de los pun-tos calientes de la geografia autonómica.

Aún escribo bajo el efecto de la inquie-tud que me produjo la visceral reacción de .buena parte del

público cuándo durante la conferencia qué pronuncié el viernes en el Teatro Talia, de. Valencia, tuve la

osadía de argumentar que nunca" debe quemarse ninguna bandera. «¡La catalana si la catalana sí », me

replica-ron desde el anfíteatro en medio de gran-des aplausos dirigidos al espontáneo. Mi discrepancia,

demandando respeto a cualquier enseña que represente algo para cualquier convecino, me valió un gran

abucheo y una ingenua alusión posterior al «País Valenciano» -allí insisten en que hay que hablar de

«Reino de Valencia para eludir la dialéctica de los «Paises Catalanes- desencadeno- una bronca

monumental.

De la misma forma que esta expresión de fanatismo engarza directamente con Terra Lliure o Herri

Batasuna no veo razón para negar el pan y la sal de la democracia a quienes desde plantea-mientos

moderados defienden las señas de identidad valenciana como algo espe-cíficamente diferenciado del

pancatala-: nismo de Pujol.

Castedo debe irse

Setenta y dos horas después de haber cesado a Iñaki Gabilondo. Fernando Cas-tedo aún tiene la

desvergüenza de conti-nuar usurpando la Dirección General de RTVE. Su salida del ente público es un

imperativo de profilaxis democrática, porque en toda la historia del tránsito político no se había producido

una trai-ción tan flagrante de la confianza deposi-tada por el pueblo en un alto funcionario.

A medida que el transcurso del tiempo va proporcionando nuevos datos sobre lo ocurrido, más

inconcebible me parece la canallada urdida contra un periodista que ponía toda su alma en el acertado

cumplimiento de su función social, Gabi-londo ha sido el chivo expiatorio de las frustaciones de un

Gobierno que reitera-damente viene aprovechándose del temor que todos sentimos a un nuevo gol pe de

Estado, para vulnerar impunemen-te los derechos ciudadanos.

Más allá de su inocuo aspecto de Woody Alien de tercera, Castedo ha exhibido una inesperada capacidad

de despo tismo que ni de lejos pudo achacarse a sus denostados antecesores en el cargo. Rafael Ansón

estuvo siempre del lado de los profesionales y Fernando Arías-Salga-do supo comportarse como un

caballero, aguantando el tipo hasta el mismo día de su marcha.

¿Qué se puede decir de la catadura de un individuo que se ampara en la noctur-nidad de la madrugada y la

alevosía del golpe de teléfono para anunciar a uno de sus más directos colaboradores que ha decidido

endosarle su propio fracaso? Si alguien tenía que haber hecho las male-tas era el señor Castedo. cuyo

sueldo archimillonario, superior al del propio jefe del Gobierno, no le ha inspirado lo suficiente para

aquilatar cuál era su ver-dadero margen de autonomía.

Alegar que Gabilondo estaba apartán-dose de los objetivos trazados es un sub-terfugio de bellacos. En los

informativos de televisión Gabilondo venia haciendo lo mismo que ha hecho toda su vida, lo úni co que

sabe hacer: trabajar catorce horas diarias con el permanente afán de contri-buir a una mejor satisfacción

del derecho de todos a estar bien informados. Y eso, sin ningún carnet en el bolsillo, con muy pocos

prejuicios en la cabeza y con bas-tante más serenidad y sentido común de lo que a menudo se estila entre

nosotros. Gabilondo no era una incógnita. Tras de él había ya una estela de casi veinte años de

profesionalidad y quien le con-trataba debía saber a qué atenerse. En lugar de cesarle, Castedo tendría que

haberle pedido perdón por desplazarle de su fantástica trayectoria en la cadena SER con el engaño de un

techo informati-vo que luego iba a ser incapaz de mante-ner.

Pero la ocultación de la verdad es, al parecer, recurso habitual del señor Castedo. Nadie puede creerse su

candida versión de que no han existido presiones políticas detrás de la brusca defenestra-ción del

periodista; ¿A quién trata de tapar el señor Castedo prestándose al triste rol de mamporrero? ¿Oni ¿Quizá

a ése sinuoso mentor politico suyo que, almorzando en un restaurante de nombre náutico le exigió el otro

ía la cabeza de Gabilondo? . .

Sea como fuera, Castedo se ha demos-trado indigno de la confianza pública. Su permanencia en el cargo

supone una afrenta a la profesión periodística y de rebote a toda la sociedad española. Nin-gún partido

democrático que se precie como tal puede seguir sentado ni un minuto más en un consejo de administra-

ción con semejante individuo en la cabe-cera".

Soy consciente de que en determina-dos despachos de Prado del Rey estas lineas serán acogidas con

despectivo escepticismo. El insuficiente nivel de soli-daridad hasta ahora generado en torno a Gabilondo

es una nueva muestra de los tupidos intereses allí creados a base de ordeñar inmoralmente la vaca del

dinero público. ¿Llegará a solidarizarse con Gabilondo quien aprovecha su elevado rango para aupar a su

amante mucho más allá de su obvio nivel de incompeten-cia? ¿Lo hará ese tímido muchachito que, a la

chita callando, ha llegado a simulta-near su condición de jefe de prensa de un destacado ministro con la

de director de un programa informativo en el que lógi-camente ha de hablarse de ese destacado ministro?

De momento ambos -además de seres de carne y hueso, son también prototipos- se han callado como

puxas.

Leopoldo Calvo-Sotelo.

Tras la tambaleante experiencia de los últimos tres meses, Calvo-Sotelo debe reconsiderar su negativa al

Gobierno de amplia mayoría prepuesto por los socialistas

 

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