Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Programa extraordinario     
 
 ABC.    26/05/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MARTES 26-5-81

OPINION

Planetario

Programa extraordinario

La rocambolesca jornada del domingo anulaba prácticamente, dejaba sin interés, a todos los programas de

radío y televisión del país que no fueran el entrecortado, muy a lo Orson Welles de aquella famosa

versión de «La guerra de los mundos», del drama de la plaza de Cataluña.

Allí, encapuchada y siniestra, una representación de esa pugnaz minoría dispuesta a cerrarle por todos los

caminos, incluso los del crimen, el paso a la democracia y la libertad a los españoles, ejercitaba una vez

más ese derecho al "chantaje» por la máxima violencia, concedido por la renuncia del Estado a la máxima

violencia frente al crimen.

España, y podría añadirse que todo el mundo civilizado, han presenciado, empavorizados, incapaces de

comprender, un número cuidadosamente montado, cuya finalidad más evidente, pues tienen que existir

otras ocultas, era socavar un poco más los cimientos del Estado. No era una chapucería el asalto y toma

de cientos de rehenes al Banco Central y la solución, feliz, pues no hubo víctimas inocentes, a mí quizá

deformado por decenios y decenios de ver teatro, no pudo dejar de recordarme el jocoso desenlace de la

comedia de Jean Poíret «La jaula de las locas», cuya versión cinematográfica veo estos días anunciada en

la cartelera madrileña. En la comedia, como único medio de escapar huyendo hacia adelante, todos tos

personajes, los «travestís» y lo honorables metidos en apuros, acaban por disfrazarse de bailarinas, a fin

de escapar por el escenario disfrazados los «que no son», de los qué «lo son». Final de comedia, más

exactamente, final de farsa lanzada al disparate. Si en el teatro, para hacer reír locamente. Si en la vida,

para hacer llorar.

Bueno: volvamos a la plaza de Cataluña. En la confusión de la muy larga tarde dominical", llena de

imágenes parciales, interrumpidas, de informaciones contradictorias, a última hora de conversaciones

grabadas entre periodistas radiofónicos y un supuesto «número uno» de los asaltantes, cuyo léxico y tono

daban la impresión de no llegar a ser ni «número diez», dos imágenes, al menos, parecieron claras: la

capacidad operativa de los GEOS, mostrada como en un ejercicio teórico, y la presencia activa, decisiva,

indiscutida, del Estado en la plaza de Cataluña.

Los hombres allí decisivos eran el delegado del Gobierno español, señor Rovira Tarazona, y el jefe

superior de la Policía española. Al fondo, desde la Moncloa, el jefe del Gobierno español, señor Calvo-

Sotelo. Cataluña en aquella plaza era una plaza de España y lo que allí se ventilaba era la supervivencia,

el triunfo, de la democracia española. Entretanto, en otro lugar de Cataluña, miles y miles de catalanes

subrayaban el gran espectáculo musical del Ejército de España, el famoso pasodoble del «Soldadito

español». En ese aplauso estallaba una verdad. La verdad que se abre paso entre encapuchados y rabiosas

minorías criminales e intransigentes: el pueblo se siente español y quiere a España y a su paz.—Lorenzo

LÓPEZ SANCHO.

 

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