Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Solanesco     
 
 ABC.    26/05/1981.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 2. 

4* ABC

OPINION

MARTES 26-5-81

Solanesco

Se hace necesario escribir abochornado por lo del Central de Barcelona. Hace muchos años se acuñó

aquella frase sobre «el orgullo (de ser español». Se refería a un orgullo exhibible ante los demás. Ahora

no podernos mostrar ese orgullo de otra manera que si se refiere a que no queremos ser otra cosa que

españoles, pero con la obligada actitud de asumir toda la Historia. Este siglo XX es un poco

abochornante, puesto que al fin y al cabo el movedizo y atroz siglo XIX fue la necesaria plataforma de los

dos grandes movimientos que conformarían la época actual —el liberalismo y el socialismo— sobre el

impulso regeneracionísta de la Enciclopedia y la Ilustración, en la segunda mitad del XVIII. Sin el

colonialismo de América y con la acción residual en África teníamos derecho a haber cerrado el proceso

constituyente —abierto en Cádiz—, consumar la reforma social, integrar todas las diferencias en un

Estado de Derecho representativo de la vofuntad nacional, dejar de ser ilusos para ser prácticos y aislar a

los locos en reservas no agresivas de loquerías. No fue posible. Hemos pasado en este siglo por dos

dictaduras, el movimiento revolucionario y sangriento anarquista, otra República, una guerra civil, un

despectivo alejamiento internacional de nosotros en los extramuros de Europa y una segunda

Restauración monárquico-democrática en la que no se entierran las viejas querellas, luce espléndidamente

el siglo XIX en sus manifestaciones más desmoralizantes y no se vislumbra un horizonte de soluciones

estables. Laclase política del 77 no ha alcanzado todavía a ser integradora de diferencias, sino que va

tirando mediante habilidades, y a veces chantajes o amenazas. Ni ha estado dispuesta a olvidar el pasado,

ni ha descubierto todavía una federalización del país que no se lleve por delante la nación española; asiste

impotente a un terrorismo creciente, distribuye pánico social y ha quebrantado seriamente la esperanza.

Las consecuencias son ese decimonónico 23 de febrero, y ese espectáculo deprimente de ácratas y

delincuentes del 23 de mayo, de tan cercano recuerdo en el primer tercio de este siglo, y lo más triste es

que este proceso parece no terminar nunca, porque no hay a la vista «un modelo de sociedad española»

que se corresponda con estas postrimerías del siglo XX, sino que proseguimos haciendo las cosas a la

manera tercermundista o bananera de la improvisación, el ajuste de cuentas, las floraciones de integristas

y anarcoides, la democracia obsoleta de aherrojados y marginados, y la dictadura de los salvadores y

providencialistas. No salimos de nuestro anacronismo político. El mundo vio asombrado las imágenes de

los diputados de un Parlamento en el suelo, y ahora la ocupación y secuestro en un Banco, de clara factura

terrorista a la manera de la semana trágica de Barcelona entre modos palestinos y resurrectas pistolas

ácratas. Esa España resonante, que está en todas las enciclopedias del mundo, y cuya aportación al

pensamiento, al arte y a la literatura universales es tan evidente, ofrece ahora mismo una imagen horrenda

de país mínimo, que llena sus cárceles, organiza o no aisla a sus locos, ínstala a mediocres, convoca a sus

espíritus del pasado y vive entre el desprecio solapado o encubierto de Europa y la hostilidad de sus

vecinos.

Este retrato que hago es un poco solanesco, pero tengo en la cabeza aquel retrato de Unamuno pintado por

Solana, que tenía mi viejo amigo y maestro Víctor de la Serna padre, que podría ser exagerado de

facciones, y de expresión perpleja e impactante, pero era el Unamuno más auténtico de todos. Nuestro

país empieza a tener necesidad de ser contado, para el retrato fiel, a la manera como fue pintado por Goya

y por Solana.—Emilio ROMERO.

 

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