Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   La náusea     
 
 Informaciones.    23/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 2. 

LA NAUSEA

Por Abel HERNÁNDEZ

DEJARON su cuerpo arriba, en el pinar, con dos tiros en la nuca. La lluvia había bajado a besar el ataúd de plástico. Estallaba la primavera en lo alto del monte. ¥ había flores y pájaros salmodiando paz, en un réquiem de infinita ternura. Los asesinos, de alma enferma, habían huido monte abajo. El rostro de Javier de Ybarra —ha dicho su hijo— revelaba una gran serenidad. Junto a su cuerpo estaban su rosario y su misal. Poco antes de morir había perdonado a sus verdugos. La Guardia Civil encontró los despojos. Los criminales, de alma enferma, habían enviado un plano, con trazos nerviosos. Y habían tenido la cínica ocurrencia de señalar el lugar, arriba, entre los pinos, con una cruz y un «R.I.P.». Sin quererlo, acertaron.

Un hombre bueno descansa efectivamente en paz, mientras ellos quizá no la recorbren ya nunca. Pobres seres huyendo siempre de sí mismos, aunque logren esquivar la Justicia o les den amnistía si cambian mucho los tiempos, que todo puede ocurrir.

No, no ha sido un crimen por motivos políticos. Javier de Ybarra tenía la política en la trastienda desde hace muchos años. Ha sido un crimen alevoso y frío. Los asesinos, de alma enferma, querían sólo una bolsa de oro. Los hijos han recogido el cadáver de su padre con infinita ternura. Se ha hecho el silencio en el pinar. Un escalofrío ha recorrido España de esquina a esquina. A todas las gargantas ha subido la náusea.

 

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