Editoriales de la prensa de Bilbao     
 
 ABC.    23/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC. JUEVES, 28 DE JUNIO DE 1977.

EDITORIALES DE LA PRENSA DE BILBAO

El atroz asesinato de don Javier de Ybarra y Bergé, tras un mes de secuestro, ha conmovido la conciencia honrada de España y, dentro de ella, del País Vasco. El estremecimiento de horror que sacude a los compatriotas del señor Ybarra tiene una plasmación pública en los siguientes editoriales de hoy de la Prensa vizcaína que, por su interés y desgraciada actualidad, reproducimos aquí. El primero de ellos, de «El Correo Español-El Pueblo Vasco», lo suscribe toda la Prensa del País Vasco.

UN HOMBRE BUENO

Jamás pudimos creer que esta página de nuestro periódico tuviera que abrirse con la increíble noticia del asesinato de Javier de Ybarra y Bergé. Jamás pudimos creer que cuando un país se abre con tanta esperanza a la tolerancia, al respeto mutuo y a la libertad, este periódico tuviera que ofrecer a los lectores la trágica noticia de la muerte de su presidente: un vasco ejemplar.

Nunca jamás —pese a la creciente angustia de los últimos días que hemos compartido con zozobra y con obligados silencios-- podíamos creer que la respuesta al general clamor nacido de todo el Pueblo Vasco, de toda España, y de señaladas personalidades y organismos de rango internacional fuera el asesinato de uno de los hombres más buenos, más nobles v más rectos que hemos conocido.

Ayer mismo, angustiado por la suerte de Javier, Mr. Fedeau, presidente de los Tribunales de Menores de Francia, definía a Ybarra (presidente de la Asociación Internacional de Magistrados de la Juventud) con estas palabras: «Es un hombre bondadoso e impecable; un santo varón.»

El hombre bondadoso e impecable, cuyas fuerzas y cuyo corazón estuvieron siempre abiertos a todos, ha sido fríamente asesinado.

Bendito sea el Señor si ha querido, en sus designios providentes, que sea Javier de Ybarra la última víctima de la violencia y de la locura.

Sabemos por sus cartas que ha muerto perdonando y ofreciendo su vida por la paz de su patria y la felicidad de su pueblo, al que amaba entrañablemente y al que sirvió siempre con su mejor y más eficaz esfuerzo.

Porque le conocíamos bien, sabemos también que Javier de Ybarra, en los trances amargos, lo dejaba todo en las manos de Dios El le habrá acogido ya en la paz que reserva a los justos y a los elegidos.

Anonadados por la noticia de su muerte, pero confortados por la nobleza y serenidad de sus últimas palabras, palabras de perdón para sus secuestradores, nos atrevemos a señalar lo que Javier de Ybarra aun a costa de sacrificio de su vida, quiso siempre para España y para el Pueblo Vasco, que era el suyo, paz, paz a toda costa. Que los hombres no sean fieras para los hombres, sino hermanos unidos firmemente en el amor a Dios.

Transidos por el dolor, hacemos un llamamiento a todos los hombres d« buena voluntad: Que la muerte «le Javier de Ybarra nos una a todos en el dolor, pero también en la concordia y en la voluntad de lograr una patria justa, en la que nadie, absolutamente nadie, pueda sufrir y morir como ha sufrido v muerto nuestro querido Javier.»

(«EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO»)

INCREÍBLE ATROCIDAD

Entre ai boscaje de una de las zonas montañosas de mayor belleza ds nuestra tierra, ha sido encontrado e! cadáver de Javier de Ybarra y Bergé al Cumplirse el mes del secuestro en su casa y ante e! asombro y la impotencia de varios de sus once hijos. Nada, una vez más, ha detenido la mano alevosa y asesina de un grupo de criminales que han sacrificado, en inútil inmolación, una vida humana que en este caso era la de un hombre honesto, entregado a su trabajo, a su numerosa familia —todavía llorosa por !a reciente muerte de aquella gran dama que fue Teresa de Ybarra-— amante de la tierra suya y de sus mayores, continuador entusiasta de ia gran obra emprendida por su padre en favor de los jóvenes, cuyo reconocimiento internacional le llevó a la presidencia de los magistrados de la juventud, t investigador de la historia y tradición de Vizcaya, que deja abundantes testimonios de su fecunda tarea.

Si estupor e indignación suscitó su secuestro, su muerte rebasa todo término condenatorio para ser calificado y, nuevamente, da medida de la ralea de los sujetos que han sido capaces de engendrar esta atrocidad. Atrocidad increíble que acontece después de una etapa en la que podíamos pensar que habían quedado atrás si crimen y la violencia con pretextos políticos, para dar paso a una convivencia civilizada en cuyo seno pudieran lograrse objetivos y -aspiraciones razonables de vida en común para nuestro pueblo.

Este sacrificio absurdo, inhumano y fuera de cualquier explicación, debe llamar a la meditación profunda y serena a muchos. Porque no sólo debe recaer la condena sobre un grupo que se llama político, sino sobre otros más que, por acción u omisión, por aplauso o connivencia culpables, han posibilitado que sobre nuestra tierra se derrame sangre y segado vidas con supuestos propósitos y aspiraciones políticas. Tal vez si en otros momentos se hubiesen oído voces que ahora han sonado para, censurar e! secuestro, y confiamos en que sigan oyéndose más fuertes aún ante la muerte de Javier de Ybarra, este y otros casos no hubieran sido posibles.

Ante la consumación del horrendo crimen tenemos que reiterar lo que hemos denunciado tantas veces, ahora con especia! énfasis, cuando yace sin vida un hombre de bien, un buen padre de familia, un caballero generoso y esforzado por el bien de sus semejantes. Dios le habrá acogido en su seno. A nosotros todos debe quedarnos en el hondón del alma profundo dolor y el amargo sentimiento de una gran injusticia.

(«LA GACETA DEL NORTE»)

 

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