Autor: Ortí Bordás, José Miguel. 
   Llueve hacia arriba     
 
 Ya.    03/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Llueve hacia arriba

COMPARTO la opinión del admirable maestro y consecuente demócrata Augusto Assía: en España

comienza a llover hacia arriba. La tormenta desatada en torno al casi plácido desenlace del asalto al

Banco Central de Barcelona así lo demuestra. Lo normal es rendirse ante los hechos antes de proponerse

saltárselos. Pero la naturalidad está absolutamente reñida con determinada clase de política, más

aficionada al artificio, la elucubración y el misterio, que a cualquier otra cosa. No, éste no es el país de

Descartes. Puedo asegurarlo. Y la lógica, si no estuviera ausente y pudiese hablar, lo certificaría.

.Los desengaños políticos son terribles. La ira que engendran supera en mucho a la del marido burlado. Se

esperaba un número impresionante de asaltantes, y éstos se pueden contar con los dedos de una mano

incapaz de convertirse en puño; se tenía la convicción de que los secuestradores se encontraban en

posesión de un auténtico arsenal, y sólo ban sido halladas unas pocas y oxidadas armas; se especulaba con

una muy concreta identidad de los autores, y resulta que entre ellos únicamente cabe mostrar a

delincuentes y anarquistas. ¡Tremenda desilusión! No hay duda. Por este camino no va a ser posible

salvar nada, cuando de lo que precisamente se trata es de salvar algo. Lo que sea.

No se gobierna con sospechas, ni se ejerce la oposición a base de meras insinuaciones. Por eso, somos los

primeros en unirnos a la clamorosa petición de que se descubra cnanto antes quién está detrás del suceso

de Barcelona, lo que, en su caso, no tendría inconveniente, dada la probada integridad del ministro del

Interior, señor Rosón. Mas con esto no basta. Hay que desvelar también quién está detrás del 23 de

febrero, empezando, naturalmente, por los nombres que figuraban en la famosa y todavía desconocida

lista de gobierno que se pretendió formar. Es preciso saber a ciencia cierta quién está detrás de la entrega

de Televisión Española y de Radio Nacional de España a las izquierdas. Resalta imprescindible conocer

exactamente quién está detras de los GRAPO, que asesinan en medio de la calle y a plena luz del sol, a

pesar de los sucesivos y notables éxitos conseguidos por la Policía en relación con este grupo terrorista. Y

tenemos los españoles perfecto derecho a que se nos diga, por último, quién está detrás, y basta quiénes

están delante, de los crímenes y extorsiones de la ETA.

En cualquier caso, soy de los que piensan que sucesos como el de Barcelona no debieran seguir sirviendo

de pretexto a ninguna fuerza política española, sea cual fuere su color, para deducir inoportunas, y ya

aburridas, demandas de pretendidos gobiernos de coalición o de hipotéticos gabinetes de amplia base

parlamentaria. En toda democracia digna de este nombre los hechos de semejante naturaleza sirven para

patentizar la solidaridad de los partidos con el ejecutivo, para evidenciar el ánimo de colaboración de las

formaciones políticas y para coadyuvar a la superación de las dificultades en presencia. Nunca para

erigirse en fiscales de un poder acosado por las circunstancias, anteponer las conveniencias partidistas al

inmediato interés comunitario o sumar obstáculos a los impedimentos ya existentes.

Sólo la claridad puede salvarnos. Cierto. Desde este punto de vista, tan ampliamente compartido, se

comprende muy bien el compromiso tanto del Gobierno centrista como de la oposición socialista de

aprestarse a defender la democracia. La cuestión es la de saber en qué estriba tal defensa. Porque hay un

medio muy sencillo de salvanguardarla. Consiste en gobernar y dejar gobernar, en solucionar la crisis

económica y acabar con la lacra del paro, en extirpar el cáncer terrorista y poner freno a los separatismos,

en reforzar la convivencia y establecer la concordia, en elevar culturalmente al pueblo y no en esforzarse

por degradarlo.

Si todo esto se hiciera, no habría puntos oscuros que aclarar. Ni amenazas. Ni tan siquiera sobresaltos.

José Miguel ORTI BORDAS

 

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