Autor: ;Morgan-Witts, Max. 
 El día en que murio Guernica. 
 50.000 kilos de bombas en el cielo     
 
 Informaciones.    26/04/1976.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 31. 

EL DÍA EN QUE MURIÓ GUERNICA

50.000 KILOS DE BOMBAS EN EL

por Cordón THOMAS y Max MORGAN-WITTS

POCO después del mediodía. Van Richtofen entró en el centro de operaciones, en el hotel Frontón, de Vitoria, y anunció: «El ataque está en marcha.» El jefe de Estado Mayor se acercó hasta la mesa de planificación, acompañado de Gauilits, Raunce y Asmus, y extendió un mapa en el que había señalados objetivos, y dijo: " Deben cerrarse el puente y las carreteras que conducen a la población.» Asmus recuerda: «En el mapa, Guernica te hallaba a unos trescientos metros del puente. Pero estábamos en guerra y nadie se detuvo a decir; "un momento, hay una ciudad cerca de ese puente." £´ puente Rentería se eligió como secundario.»

Van Richthofen comenzó a discutir a continuación el tipo y nunero de aviones que deberían emplearse en el ataque. Ordenó que tres escuadrillas de «Junker-52» atacasen " en una oleada perfectamente concertada»: 23 bombarderos pesados para atacar el objetivo, oleada tras oleada. Cuatro «Heinkel» actuarían como exploradores, volando primero sólo von Moreau, «estrella» de la Legión Cóndor, para probar la eficacia de la defensa antiaérea. Seis «Messerschmitt BF-109» protegerían a la fuerza cíe bombardeo de von Moreau; mas tarde también machacarían el objetivo. Una escuadrilla de diez «HE-51» volaría a baja altura bombardeando y ametrallando.

CINCUENTA MIL KILOS DE BOMBAS

Asmus recordarla que von Richthofen había dicho que las bombas debían ser «de mezcla normal, incluyendo incendiarias, ideales para provocar el pánico entre los enemigos en retirada».

Gautlitz podría encargarse de dar las instrucciones a los pilotos de caza en el campo de Vitoria. También había que informar al comandante Fuchs, en Burgos, para que transmitiera las órdenes a los pilotos de los bombarderos.

de`pues anuncio que iba a

subir al frente para ver como mo se desarrollaba el ataque».

Los jefes de escuadrilla de Vitoria no pusieron en tela de juicio la altura del bombardeo. Desde 1.800 metros, la experiencia había demostrado que las bombas arrojadas por los «Junkers» fallaban en el blanco en un alto porcentaje. A pesar del hecho de que no habría aviación enemiga y de que quiza no existiera fuego antiaéreo, nadie sugirió que sería mas seguro reducir la altura para mejorar los blancos. El capitán von Fratt recordaría que él se había opuesto al empleo de bombas incendiarias, ya que desde tal techo de vuelo las ligeras bombas «caerían incontroladas». Pero se trataba de órdenes.

Cada «JU-52» recibió una carga de bombas de alta potencia explosiva y por lo menos 110 bombas incendiarias. En total, las tres escuadrillas de «Junker» cargaban algo más de 2.500 bombas incendiarias, que al hacer ignición alcanzaban los 2.760 grados. En los campos de aviación de Burgos y Vitoria se hallaba dispuesta una fuerza aérea formada por 43 bombarderos y cazas. Entre todos transportarían unos 50.000 kilos de bombas explosivas, «shrapnel» e incendiarias, con objeto de, asi se aseguró más tarde, derribar un puente de piedra que medía 22,5 metros de longitud por nueve metros de anchura.

A las tres y cuarenta minutos, von Moreau despegaba de Burgos. Desde poco después de las tres, von Richthofen y Asmus se encontraban al pie del monte Oiz.

«¡BOMBAS DESCARGADAS!»

Von Moreau hizo dos pasadas sobre Guernica. Había comprobado la ausencia de fuego antiaéreo. El bombardero del «Heinkel» pidió ciertos cambios de rumbo. Von Moreau redujo su velocidad y se aproximó a Guernica.

" Bombas descargadas!»

Van Moreau y su bombardero, a pesar de su reputación de hombres seguros, hablan dejado caer las bombas a centenares de metros de distancia del puente Rentería, de hecho muy cerca de la plaza de la estación, en el centro de Guernica.

El monaguillo Juan Plaza, que se hallaba a medio kilómetro de distancia del punto de impacto, vio cómo se alzaba hacia el cielo una auténtica cortina de polvo, y a continuación se estremeció por lo que escuchó. «Fue el alarido de terror de muchas personas."

Una bomba de 250 kilos hizo saltar en pedazos la fachada del hotel Julián, situado al otro lado de la estación, y otra, sobre esta misma. Otras cayeron en la plaza, entre las 300 ó 400 personas allí congregadas. El bombero Juan Silliaco caminaba calle de la Estación arriba, a unos cien metros de la plaza, de camino al parque de bomberos, cuando las bombas le derribaron. Tendido, vio morir a las primeras personas de Guernica. «Era un grupo de mujeres y niños. Saltaron por los aires e inmediatamente comenzaron a desintegrarse.»

El panadero Antonio Arzanegui no recordaba cómo habla llegado a la plaza. Reconoció en el acto tres cadáveres que ayudó a sacar de un cráter cerca de la estación. Después se unió a los bomberos que entraban en el edificio.

Isidro Arrien, el propietario del restaurante, no se detuvo a pensar si podían caer más bombas. Ordenó a su esposa, e hijas que se fueran al refugio de Unceta, y a sus

hijos, al refugio situado en los sótanos de la escuela.

Francisco Lazcano intentaba inútilmente ponerse e n contacto con el despacho del Presidente Aguirre, en Bilbao. Ignoraba que una de las bombas había destrozado la linea con Bilbao, que pasaba por debajo de la plaza de la estación. Después abandonó el despacho del alcalde para ir a ver al jefe de la guarnición, capitán Beiztegui, que se encontraba en la Merced.

Liberado de su carga de bombas, superior a 1.350 kilos, el avión de von Moreau regresó a su punto de cita con los otros «Heinkel» y su escolta de seis «Misserschmitt BF-109».

La escena de la Taberna Vasca era caótica. Cuando tuvieron lugar las primeras explosiones, los pastores que comían allí salieron corriendo, volcando sillas, mesas y comida. Sólo quedó en el interior el hijo del propietario, Juan Arrien Monasterio. Sus padres- y los otros hijos habían corrido a refugiarse en la iglesia de Santa María. Al poco rato regresó su madre preguntando por su hijo Cipriano. Se dirigió a la calle Allende Salazar, lugar preferido para los juegos de los muchachos, cuando vio los tres bombarderos que se acercaban. Cipriano y otros muchachos se habían refugiado en unos grandes tubos destinados a obras. No sabían que las bombas son más destructoras cuando estallan cerca de un espacio cerrado.

«¡Bombas fuera!», dijo el navegante de uno de los «Heinkel». Once segundos después, su carga explosiva e incendiaria cayó sobre una zona que se extendía desde la fábrica de dulces, cercana al puente, hasta las proximidades del restaurante Arrien. Unas cuantas bombas incendiarias cayeron entre las cincuenta operarías de la fabrica de caramelos.

Antonio Arzanegui observó el número 29 de la calle Don Tello, donde por la mañana había regalado un pastel a Victoria, la hija de Lucita Bilbao, que cumplía ese día quince años. No quedaba nada. Sólo ocho cadáveres.

«Fue el alarido de terror de muchas personas»

En el mercado se incendiaron los puestos de venta, provocando un caos de hombres y animales. Una bomba cayó sobre el Banco de Vizcaya, derribando todo el edificio.

Cuando von Moreau regresaba a Burgos, en Vitoria, los diez- «HE-51», al mando del capitán von Lutzow, encendían motores. Poco después, en Burgos, 23 «Junker» estaban dispuestos a operar.

SEGUNDO ATAQUE

El teniente Candarías había logrado ponerse en contacto con el cuartel de Galdácano, pidiendo cazas y artillería. Le respondieron que estudiarían su petición. «Eso significa —dijo el capitán Beiztegui— que no harán nada.» Después ordenó a los dos mil hombres que había alrededor de Guernica, que procurasen camuflarse, para no centrar sobre la ciudad la atención del enemigo.

Al llegar al puente Rentería, Juan Plaza vio una masa de gente, mezclada con soldados, que huía. Algo le impulsó a unirse a ellos: los «HE-51» llegaban disponiéndose a atacar.

Junto a la puerta del «bunker» de Rufino Unceta, José Rodríguez vio cómo los cazas dejaban caer bombas incendiarias. Una de ellas inició un incendio en un ala de la fábrica. «Debe haber sido un error», comentó a su patrón. En el «bunker» se refugiaban unas 350 personas.

Lo» «Heinkel» ametrallaron la calle. Antonio el panadero vio cómo Jacinta Gómez y sus tres hijos caían. Juan Arrien Monasterio vio a los aviones dar varias pasadas sobre la plaza del mercado. Nadie pudo contar los muertos, pero los heridos ascendieron a cincuenta.

A 400 metros bajo e] puente Rentería, todavia intacto, ya que ni una ráfaga ni una bomba le habían alcanzado se refugiaba, entre otros, Francisco Lazcano. Cuando los aviones se marcharon, María Ortúzar entró en el refugio que había en los bajos del Ayuntamiento. El alcalde, Labauria, le hizo un sitio.

Unas 500 personas se habían refugiado en la iglesia de Santa María. El padre Iturrarán había abandonado la idea de dejar la iglesia. Carmen Batzar la abandonó, quizá para ver a su novio. Un caza la localizó. Fue ametrallada, como su novio, pero Carmen murió donde cayó.

Cuando se disipó el humo, Juan Arrien Monasterio no vio el viaducto, donde se había refugiado su hermano. Tampoco sabía que Cipriano estaba escondido allí. Lo descubrirían dos semanas mas tarde, cuando apareció su cadáver.

Pedro Arríen Guezuraga, dueño de la Taberna Vasca, recordaría: «No oímos mas que gritos, chillidos, explosiones de bombas y disparos... La gente se arrodillaba ante las imágenes rogando a Dios que los protegiese.

José Rodríguez vio cómo los cazas se alejaban de la villa. Habían pasado treinta minutos desde su llegada.

En el «bunker» del Ayuntamiento, María Ortúzar oyó a una madre que gritaba: «Aire para mi hijo!» Algunos soldados ofrecieron agua, pero el gesto no fue bien recibido. La gente pensaba que debían estar luchando fuera. Eran las seis de la tarde en Guernica, hora y media depues de que von Moreau hubiera sobrevolado por primera vez la ciudad.

(Copyright by Europa-Press-Editorial Plaza & Janes. Prohibida la reproducción total o parcial, aun citando la procedencia. Todos los derechos, reservados. Próximo y último capítulo: «Tres cuartas partes de la ciudad, destruida»).)

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26 de abril de 1976

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