Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¡Que viene!     
 
 ABC.    21/06/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 2. 

Pequeños relatos

¡Que viene!

Querido y admirado Ricardo de la Cierva: Hay frases que pasan a la Historia por extrañas consideraciones

no explicables, y tal vez porque conectan con serios vaticinios populares. Ortega dijo aquello de «No es

esto, no esto» sobre el modo de llevar la República, que tan decisivamente contribuyó a implantar. Y la

historia le dio la razón. Y tú escribiste aquello de «¡Qué error, qué "inmenso error!» en el nombramiento

de Suárez —la gran frase de la transición a la democracia— y te has cubierto de gloria. No importa que

después la rectificaras, cuando Suárez emprendía el camino del cambio, impulsado por el Rey, y se

desatara en tu vida la pasión política que te llevaría al Parlamento y al breve disfrute de una Cartera

ministerial. La frase era profètica. Ahí tienes la situación y el país. Adolfo Suárez era solamente una

pasión política, mientras que el tiempo era fundacional. Salíamos de un régimen sin parentesco político

con su contorno occidental. Nos metíamos en la cuarta experiencia democrática de sufragio universal,

pluralismo político y libertades. Había que abrir las puertas a una oposición desterrada o marginada (la

media España, y no echar a la otra media). Y había que construir un Estado de parentesco federal, sobre el

soporte de una Constitución original. Esta era la tremenda tarea para un estadista, que habría de tener

estas tres culturas básicas: la jurfdico-constitucionatista, la económica y social y la histórica. Adolfo

Suárez carecía de las tres; era solamente un hombre habilidoso, simpático, enredador, que son las

condiciones ínfimas de la política, y en algún caso interesante en la estabilidad y en los períodos

electorales. Lo que tenía el cambio de necesario, que era engañar y seducir, desde Carrillo a los capitanes

generales, lo hizo bien. Si se hubiera marchado después habría pasado a la Historia como el taumaturgo

del siglo. Pero Adolfo no se iría jamás de la política; habría que sacarle. Y fundó el partido desde el

Poder, un engendro de probeta. Fernandez-Miranda, catedrático de Derecho Político, liquidador de la

legalidad franquista, coautor de Suárez, se echó las manos a la cabeza. Aquel hombre, Suárez,

había sido inventado solamente para el cambio, y se disponía a hacer el Estado y la felicidad nacional. Y

como no sabía de esto, anduvo alejado de la redacción de la Constitución, y ahora estamos pagando el

laberinto y la irresponsabilidad del tema autonómico; y se desentendió de la Economía, que es la gran

palanca del bienestar; y estuvo ausente del mundo social, que es el mecanismo de la justicia; y en política

exterior era una especie de Madre Teresa de Calcuta, en avidez de homenajes, .desde la señora Thatcher a

Fidel, Los datos están a la vista: crisis económica grave; dos millones de parados; explosión autonómica

con salida muy difícil y su ingrediente de provocación de la tensión militar, y aniquilación de su propio

partido en Cataluña, en el País Vasco, y ya doblando las campanas en Andalucía y en Galicia. Por todo

esto, cuando dices, Ricardo de la Cierva, «que viene Suárez», presumo que tus fecundos insomnios de

elaboración o de cronista brillante de la Historia te hacen ver visiones y nos las transmites a los demás, no

se sabe bien si porque estás asustado o por asustarnos. No obstante, quede claro, por mi parte, que este

país es proclive a Visiones, a sueños, a utopías y a mamarrachos. De no ser así, don Ramón María del

Valle-lnclán no habría pasado a la historia literaría como el. máximo creador del esperpento.

Anda, anímate, Ricardo, y cuéntanos la historia de ese regreso y de los arcángeles paragozar de la fábula,

y, por si acaso, poner nuestra alma al amparo de Dios Padre. Adolfo Suárez fue un presidente sin noticia

del Estado. Ahora es el titular de un bufete, sin noticia del Derecho. Nos anuncias que vuelve, rodeado de

arcángeles, a la manera de Yahvé, para destruir la herejía y resucitar la ilusión de una Moncloa eterna y

en los momentos en que un cardenal destierra a un ministro en un balcón. ¡Ay, Ricardo! Nos pierde a los

dos el siglo XIX. Tú quieres volverlo a escribir magistralmente, y a mí no se me va de la cabeza viendo lo

que pasa. Si Suárez regresa, resucita Pavía. Así y todo, no las tengo todas conmigo.—Emilio ROMERO

 

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